Clásico piquetero – Política y clase

En enero de este año falleció la filósofa canadiense Ellen Meiksins Wood. Meiksins se hizo conocida dentro de la élite marxista europeo-norteamericana en los años ’90, como principal defensora de Edward Thompson frente a las críticas althusseriano-estructuralistas. Fue en esa tarea que terminó dando forma a una corriente, el marxismo “político”, cuyo sello distintivo consiste en el rechazo del reduccionismo economicista y en el énfasis en la lucha de clases como motor de la historia. Junto con el historiador norteamericano Robert Brenner, enfrentó, desde comienzos de los ’80, el ascenso del estructuralismo, el post-marxismo, el marxismo analítico y otras corrientes dentro y fuera del continente creado por el autor de El Capital, cuya característica común era la negación de la posibilidad de la política revolucionaria. Lo peculiar de su perspectiva teórica es su anclaje en el análisis histórico, que contrasta abruptamente con el conjunto de abordajes reunidos bajo el rótulo de “marxismo occidental”, que dominaron la escena intelectual de la izquierda revolucionaria por lo menos hasta los años ’70.

Meiksins Wood califica al conjunto de intelectuales que critica en este libro como “socialistas verdaderos”. En su opinión, forman parte de un movimiento de fuga de los intelectuales ex marxistas que abandonan la política de clase cuya ideología constituye una renovación de aquello que Marx ya criticara en El Manifiesto Comunista. De allí que se los denomine como “Nuevo Socialismo Verdadero” (NSV). El “socialismo verdadero” (y por supuesto, el NSV) es clasificado dentro la categoría “reaccionaria”, con lo que ya se puede adivinar el carácter agresivamente polémico del texto de Meiksins. Lo que está retratando es una oleada temprana de pasaje de intelectuales marxistas al campo de la burguesía, cuya piedra de toque es la eliminación del concepto de clase. Este fenómeno sucede con frecuencia después de cada derrota del proletariado. Aquellos intelectuales que habían acompañado de alguna manera la experiencia revolucionaria vuelven a la clase de la que salieron y siguen su evolución.


Ellen Meikins Wood

Si se pretende redefinir el proyecto socialista de manera convincente, es preciso responder varias preguntas importantes en cuanto a sus objetivos, sus principios motivadores y sus agentes. La concepción marxista de este proyecto, al igual que la abolición de las clases a llevarse a cabo por medio de la lucha de clases y la autoemancipación de la clase obrera, aportó una base sistemática y coherente para los objetivos socialistas que se cimentaron en una teoría del movimiento histórico y el proceso social.

No es posible hacer una revisión del proyecto socialista que mantenga la misma fuerza sin tener en cuenta un concepto orgánico y coherente similar en cuanto a fines, medios, procesos sociales y posibilidades históricas. No sirve como sustituto un proyecto socialista basado en la autonomía de la política. No aporta una respuesta, sino que suscita una pregunta. A fin de cuentas, implica que todo, y también nada, es posible.

La pregunta puede formularse así: si no es la abolición de las clases, ¿entonces cuál es el objetivo? Si no es el interés de clase, ¿entonces cuál es la fuerza motivadora? Si no es la cohesión y la identidad de clase, ¿entonces cuál es la identidad colectiva o el principio de unidad?

Laclau y Mouffe, y Hindess y Hirst, ya nos han planteado que los intereses de clase no preceden a su expresión política o “construcción discursiva”. Veamos ahora qué significan estas propuestas. Supongamos, por caso (aunque ni Stedman Jones ni Laclau y Mouffe, y ni siquiera Paul Hirst, han llegado a negarlo), que existe una clase sin propiedad ni derecho de posesión sobre los medios de producción, que debe vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, etc…. y que existe, también, otra clase que se apropia del trabajo excedente de la primera. Podríamos aceptar que esta relación es necesariamente, en diverso grado, una relación conflictiva. O al menos que hay un antagonismo inevitable en su esencia, al punto de que los esfuerzos de una clase por maximizar el valor que obtiene del trabajo de la otra se dan en función de la relativa desventaja de la última en cuanto a salarios, condiciones de trabajo, seguridad, control del proceso de trabajo y otras actividades, y en función de sus posibilidades de autorrealización. Si esta relación de conflicto y explotación es un fenómeno “económico”, ¿qué podemos decir de sus implicancias para la política?

En primer lugar, es evidente que no podemos afirmar la existencia de una transposición empírica directa de estos conflictos desde el plano económico al político-partidario. La oposición entre el Partido Conservador y el Partido Laborista, por ejemplo, no coincide directamente con los conflictos que se dan entre los capitalistas y sus asalariados, ya sea en el sentido de la correspondencia entre el personal político y la clase, o en el sentido de que los programas políticos de cada parte coexisten y son compatibles con las necesidades y los propósitos de uno de los protagonistas del conflicto “económico” al punto de la exclusión o a costa de la otra parte. Esta propuesta resulta demasiado trivial para ser siquiera afirmada; no obstante, no queda del todo claro que el principio teórico fundamental del NSV (Nuevo Socialismo Verdadero) sea muy superior a esto.

Resulta evidente, también, que los sujetos toman sus decisiones político-partidarias por una variedad de razones que no siempre pueden relacionarse con sus necesidades y propósitos como actores en la esfera “económica”, sobre todo porque rara vez se les ofrece una opción política clara que se corresponda con estos propósitos y necesidades. También es cierto que los sujetos participan de otras identidades colectivas además de la clase (como hombres y mujeres, como miembros de grupos raciales o étnicos, como residentes de cierta localidad, etc.) y que estas identidades influyen en sus elecciones político-partidarias. Resulta igualmente claro que aun cuando pretendan basar sus decisiones en motivos relacionados de manera directa con sus necesidades y propósitos como agentes “económicos”, pueden variar sus percepciones respecto de lo que implica dicha correspondencia y cuáles de las opciones disponibles responden mejor a estas necesidades y propósitos. Es posible, incluso, que puedan estar equivocados en cuanto a sus percepciones al respecto. Por último, las opciones políticas disponibles son fenómenos obligadamente históricos, que nunca surgen prístinos y maduros de las condiciones sociales vigentes, sino que se construyen sobre legados históricos y se articulan con lenguajes históricos. De igual modo, los sujetos que hacen elecciones políticas no son pizarras en blanco ni recipientes vacíos, sino entes históricos que poseen lenguajes y expectativas definidos en términos históricos. Es evidente, por tanto, que incluso cuando las elecciones políticas reflejan propósitos y conflictos de carácter “económico”, la forma específica que adopta la respuesta política no puede predecirse a partir de la estructura de la esfera “económica”.

En todos estos sentidos, la no correspondencia entre lo económico y lo político resulta más o menos poco controvertida. Además, estas proposiciones no conllevan implicancias fundamentales para la concepción marxista del proyecto socialista.

Volvamos a las dos clases de las que hablábamos anteriormente: los apropiadores capitalistas y los trabajadores cuyo trabajo excedente es apropiado. Imaginemos que no existe ningún tipo de ideología, programa o lenguaje político, ni siquiera categorías conceptuales, que puedan articular con claridad los intereses de los trabajadores como objetos de la extracción de plusvalor respecto de los intereses de los capitalistas que se apropian de él. ¿Cambiaría en algo la naturaleza explotadora de la relación o su carácter antagonista? ¿Cambiaría el hecho de que es mejor no ser explotados que serlo? ¿Cambiarían las ventajas y desventajas relativas que obtienen las dos partes de la relación? ¿Se negaría el poder y la dominación que ejercen unos sobre otros? ¿Cambiaría el hecho de que en esta relación “económica” de poder y dominación yace una estructura completa de poder social y político? Si la proposición de que los “intereses” no existen en forma independiente de sus modos de representación implica una respuesta afirmativa a alguna o a todas estas preguntas, nos encontramos en el plano del idealismo, donde nada existe excepto las Ideas. Pero si no significa ninguna de estas cosas, ¿entonces qué puede llegar a significar el que no existan intereses materiales “con anterioridad al discurso donde se formulan y se articulan”?

Si los intereses materiales “existen”, queda el problema de cómo pueden traducirse en términos políticos, si es que pueden hacerlo. Surgen, entonces, varios interrogantes: ¿los intereses materiales tienden y han tendido históricamente a producir fuerzas políticas?

El NSV parece señalar que ha habido una escasa conexión histórica entre las condiciones materiales y las fuerzas políticas, y que de haber existido alguna conexión, esta ha sido en gran medida “coyuntural”.

A lo largo de la historia, los conflictos clasistas han estructurado fuerzas políticas sin generar necesariamente organizaciones que se correspondan de manera directa con formaciones de clase. Debiera ser innecesario aclarar que los trabajadores tienen un interés por no ser explotados, que este interés entra en conflicto con los intereses de aquellos que los explotan, que se han librado muchas luchas históricas sobre este conflicto de intereses y que estas luchas han dado forma a la “esfera” política. La ausencia de “discursos” de clase explícitos no es la prueba de una ausencia de realidades clasistas y sus efectos en la formación de las condiciones de vida y la conciencia de estos sujetos que entran en su “campo de fuerza”. Resulta difícil concluir que los sujetos no tienen intereses de clase, o incluso que han elegido no expresarlos en términos políticos, por el hecho de que estos conflictos y estas oposiciones clasistas no se hayan reflejado directamente en el terreno político. Sobre todo, es peligroso generalizar sobre la relación entre “economía” y “política”, o la ausencia de ella, o sobre las condiciones de la lucha socialista, como suele hacer el NSV, partiendo de los mecanismos por los cuales se forman partidos políticos o de los patrones de comportamiento en las elecciones.

En un extremo, el principio de no correspondencia da cuenta de la propuesta más bien trivial de que las condiciones económicas o sociales no producen mecánicamente ningún tipo de fuerza política correspondiente. En el otro extremo, el principio implica que un movimiento político que tiene como objeto una transformación social fundamental no necesariamente debe estar enraizado en condiciones materiales.

Si del principio de no correspondencia surgen preguntas serias, estas recaen en un punto intermedio entre la vacuidad de su significado trivial y el idealismo solipsista de sus implicancias más extremas. Las preguntas críticas tienen que ver con las dificultades y modalidades que entraña la movilización de los intereses de clase y la organización de fuerzas clasistas en un movimiento político efectivo. Pero esta ha sido siempre la pregunta del marxismo. ¿Qué marxista serio, empezando por el propio Marx, ha concluido alguna vez que no se necesitan esfuerzos de organización y educación política para transformar el potencial revolucionario de la clase obrera en un hecho? ¿Quién podría negar que han existido siempre divisiones dentro de la clase obrera, que el desarrollo del capitalismo ha ocasionado nuevas divisiones que requieren nuevos avances teóricos para poder entenderlas, así como nuevos medios prácticos para poder superarlas; que la clase capitalista ha buscado siempre, con diferentes grados de éxito, exacerbar dichas divisiones e imponer otras; que los logros materiales del capitalismo, los cambios en su estructura y los esfuerzos ideológicos de sus acólitos han afectado el proceso de formación clasista; y que la primera tarea del movimiento socialista es superar estas divisiones y estos obstáculos?”

Notas

*Extracto de: ¿Una política sin clases? El post-marxismo y su legado, Ediciones ryr, 2012, Cap. VI.

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