Clásico piquetero. La agonía de la cultura burguesa

Christopher Caudwell,
1907-1937*

Como ya lo explicó Marx, las características de la economía burguesa son que el burgués, subyugado y mutilado en la producción por el sistema feudal, ve la libertad y el crecimiento productivo en la ausencia de organización social, en que cada uno administre sus propios asuntos en beneficio propio al máximo de su aptitud y deseos, todo lo cual viene expresado en el carácter absoluto de la propiedad burguesa junto con su completa enajenabilidad. Su lucha por asegurar este derecho le aseguró su mayor libertad y su mayor poder productivo en comparación con su posición en el sistema feudal. Las circunstancias de la lucha y su resultado motivaron el sueño burgués de la libertad como eliminación absoluta de las relaciones sociales. Pero semejante programa, en caso de llevarlo a efecto, significaría el fin de la sociedad y el derrumbamiento de la producción económica. Cada individuo lucharía por si mismo, y si viera a otro con algo que él quisiera, se lo quitaría, dado que, según el supuesto, no existirían relaciones sociales tales como la cooperación. El ahorro y la previsión que hacen posible la producción económica, dejarían de existir. El hombre se convertiría en un bruto. El burgués, sin embargo, no deseaba tal mundo. Vivía del comercio y del banco, del capital, por oposición a la tierra, que constituía la base de la explotación feudal. Por eso, por “ausencia de coerciones sociales” quería decir la ausencia de toda coerción a su propiedad, a la libre enajenación o adquisición del capital de que vive. La propiedad privada es una “coerción” social, pues quienes no la poseen son obstaculizados, por fuerza o por fraude, de hacerse con ella, cosa que sí harían en un “estado de naturaleza”. Mas el burgués nunca incluyó la propiedad del capital como una de las restricciones sociales que debieran abolirse, por la sencilla razón de que para él no era ninguna restricción en absoluto. De ahí que jamás se le ocurriera considerarlo como tal, ni viera contradicción alguna en exigir la abolición del privilegio, del monopolio, etc., mientras seguía aferrado a su capital. Mas bien tenía un argumento convincente que podía usar cuando devino más consciente de sí misino. Una limitación social es una relación social; esto es, una relación entre hombres. La relación entre amo y esclavo es una relación social y por tanto una restricción a la libertad de un hombre por otro. De la misma manera la relación señor y siervo es una relación entre hombres y una limitación a la libertad humana. Pero la relación entre un hombre y su propiedad es una relación entre hombre y una cosa, y no es, por lo tanto ninguna limitación a la libertad de otros hombres. Este argumento era, por supuesto, falaz, pues relaciones de este tipo no pueden constituir la urdimbre de la sociedad.

Únicamente puede haber relaciones entre hombres disfrazadas de relaciones entre cosas. La defensa burguesa de la propiedad privada sólo tiene aplicación si voy al bosque y recojo una vara para pasear con ella; o me hago un objeto ornamental para mi propio embellecimiento. Se aplica a la posesión de las bagatelas sin importancia social o a los objetos de consumo inmediato. En el momento en que la posesión burguesa se extiende al capital de la comunidad, esto es, a los productos de la comunidad, puestos a un lado para producir bienes en el futuro (al principio de la civilización burguesa, grano, vestidos, simiente y materias primas para abastecer a los obreros de mañana, y maquinaria e instalaciones para el mismo propósito hoy), en ese momento esta relación con una cosa deviene una relación entre hombres, pues lo que controla ahora el burgués es el trabajo de la comunidad. El derecho burgués de la propiedad privada lleva a que, de un lado, el mundo y todo lo que la sociedad ha creado en él pertenezca al burgués, y, de otro, tenemos al obrero desnudo, a quien las necesidades corporales obligan a vender su fuerza de trabajo al burgués a fin de poder sustentarse a sí mismo y a su dueño. El burgués comprará solamente su fuerza de trabajo si saca provecho de ella. Esta relación social sólo es posible gracias a –depende de- la propiedad burguesa del capital. Así, tal como en la civilización esclavista o feudal; existe una relación entre hombres que es la relación entre una clase dominante y otra dominada, o entre explotadores y explotados. Pero mientras en las civilizaciones anteriores esta relación entre hombres es consciente y clara, en la cultura burguesa aparece disfrazada como un sistema libre de relaciones obligatoriamente dominantes entre hombres y como conteniendo tan sólo inocentes relaciones entre los hombres y una cosa. Por tal motivo, al arrojar toda restricción social, al burgués le pareció justificado retener esta única limitación de la propiedad privada, pues no le parecía restricción alguna, sino derecho inalienable del hombre, el derecho natural fundamental. Desgraciadamente, para esta teoría no hay derechos naturales, únicamente situaciones dadas en la naturaleza, y la propiedad privada protegida para un hombre por otros no es ninguna de ellas. La propiedad privada burguesa sólo podía protegerse mediante coerción; después de todo los poseedores tenían que coercionar a los desposeídos, igual que en la sociedad feudal. Surgió así una relación dominante tan violenta como en las civilizaciones esclavistas, bien manifiesta en la policía, la legislación, el ejército permanente y todo el aparato legal del Estado burgués. Todo el estado burgués gira en torno a la protección coercitiva de la propiedad privada, enajenable y asequible por el comercio para el beneficio privado, y considerada como un derecho natural. Pero un derecho que, cosa extraña, sólo puede protegerse mediante la coerción, porque envuelve en su esencia el derecho a disponer y extraer beneficio de la fuerza de trabajo de otros y, de esa manera, a administrar sus vidas. Así que, después de todo, no puede realizarse el sueño burgués de la libertad. Hay que crear restricciones sociales a fin de proteger esta única cosa que hace de él un burgués. Esta “libertad” para poseer propiedad privada le parece involucrar, inexplicablemente, más y más restricciones sociales, leyes, tarifas y legislación laboral. Y esta “sociedad” que sólo permite las relaciones con una cosa deviene cada vez más una sociedad en la que las relaciones entre hombres son elaboradas y crueles. Cuanto más aspira a la libertad burguesa, más restricciones burguesas recibe, pues la libertad burguesa no es sino una ilusión. De este modo, igual que en la sociedad esclavista, la burguesa resulta ser una sociedad basada en la coerción violenta de unos hombres por otros, e incluso más violenta porque, mientras el amo tiene que alimentar y proteger a su esclavo, trabaje o no, el patrono burgués no tiene obligación ninguna respecto del obrero libre, ni siquiera la de buscarle trabajo. Todo el sueño burgués estalla en la práctica, y el estado burgués deviene el teatro de la sumisión violenta y coercitiva del hombre por el hombre para los fines de la producción económica. Para los fines de la producción económica, en contraste con la violencia del ratero, la del burgués, aunque de modo semejante, desempeña un papel social. Es la relación por la que se asegura la producción social en la sociedad burguesa, lo mismo que la relación amo-esclavo asegura la producción en la sociedad esclavista. Es, para su época, el mejor método de asegurar la producción, y es mejor ser un esclavo que una bestia de la selva, mejor ser un obrero explotado que un esclavo, no porque el patrón burgués sea “más amable” que el propietario de esclavos (a menudo es mucho más cruel), sino porque la riqueza de la sociedad toda es mayor en las relaciones burguesas que en las esclavistas.

(…)

Si no hubiera sido necesario para la existencia de toda la clase burguesa protegerse contra la toma de la propiedad por los explotados, jamás se habría creado la ley contra la aprehensión forzada de la propiedad privada, obtenida por la fuerza y presentada a los explotados como una ley “necesaria” de la sociedad. La naturaleza individualista, competitiva, del comercio burgués (que cada cual “saque lo mejor” del otro) es tal que ningún burgués ve nada falso en empobrecer a otro burgués. Si es “golpeado” o “machacado”, bueno, es la suerte del juego. Pero todos se unen en cuanto clase contra los explotados, ya que la existencia de la clase depende de ello. Tratándose de un combate dentro de la clase burguesa todo burgués cree, por naturaleza y educación, que, en igualdad de condiciones, vencerá al otro. Este eterno optimismo del burgués se ve en los históricos llamamientos burgueses al “juego limpio”, “campo limpio y nada de favores” y todos los demás gritos de combate burgueses que expresan la moral del caballero “deportista” inglés.

(…).

Éste es, pues, el análisis de la violencia burguesa. No es nada que desciende temporalmente del cielo para enloquecer al género humano. Va implícito en la ilusión burguesa. Toda la economía burguesa está construida sobre la dominación violenta de unos hombres por otros mediante la posesión privada del capital social. Esta ahí siempre dispuesta a inflamarse a cada momento y convertirse en un Peterloo o un Amritzari dentro del estado burgués; o una guerra boer o una Guerra Mundial fuera de él. En tanto que la economía burguesa es una fuerza constructiva positiva, esa violencia permanece oculta. La sociedad no contiene una poderosa presión interna hasta que las fuerzas productivas han superado el sistema de relaciones productivas. Una vez que la presión revolucionaria se desarrolla, la coerción se manifiesta de una forma sangrienta o a una escala amplia. Cuando la economía burguesa se resquebraja por sus propias contradicciones, cuando el beneficio privado se ve como un perjuicio público, cuando la pobreza y el desempleo aumentan ante los medios para crear la abundancia, la violencia burguesa sale más al descubierto.


Notas

* Caudwell es miembro de una generación de brillantes marxistas ingleses, críticos y especialistas de los más diversos campos de la cultura y académicos de Oxford y Cambridge, que llevaron a denominar la década de 1930 como Década roja. En éste capítulo, “Pacifismo y violencia: crítica de la moral burguesa”, expone la necesidad estructural de recurrir a la violencia en el surgimiento y subsistencia de la sociedad capitalista.

i Peterloo es una masacre perpetrada por la caballería británica en Manchester en 1819 contra una multitud de varias decenas de miles que reclamaba una reforma de la representación parlamentaria, Amritzar es una matanza ocurrida un siglo más tarde, en 1919, en la India en una reunión multitudinaria de Año Nuevo prohibida por una legislación antisubversiva.

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