Clásico piquetero: jefes, partido, clase, masa – V.I. Lenin

Vlenin1. I. Lenin*

(1870-1924)

Los comunistas alemanes, de quienes debemos hablar ahora, no se llaman “izquierdistas”, sino “oposición de principio”, si no me equivoco. Pero que tienen todos los síntomas de la “enfermedad infantil del izquierdismo”, se verá por lo que sigue.

El folleto titulado “Una escisión en el Partido Comunista de Alemania (Liga de los espartaquistas)”, que refleja el punto de vista de esta oposición y ha sido editado por el “Grupo local de Francfort del Meno”, expone con sumo relieve, exactitud, claridad y concisión la esencia de los puntos de vista de esta oposición. Algunas citas serán suficientes para dar a conocer al lector dicha esencia:

“Se plantea la cuestión: ¿quién debe ejercer la dictadura, el Partido Comunista o la clase proletaria? . . . En principio ¿debe tenderse a la dictadura del Partido Comunista o a la dictadura de la clase proletaria?” (Las palabras subrayadas lo están también en el original).

Más adelante, el Comité Central del Partido Comunista de Alemania es acusado por el autor del folleto de buscar una coalición con el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, de que “la cuestión del reconocimiento, en principio, de todos los medios políticos” de lucha, entre ellos el parlamentarismo, ha sido planteada por este Comité Central solo para ocultar sus intenciones verdaderas y esenciales de realizar una coalición con los independientes. Y el folleto continúa:

“Hay, por consiguiente, ahora, dos partidos comunistas, uno enfrente de otro: Uno, el partido de los jefes, que quiere organizar y dirigir la lucha revolucionaria desde arriba aceptando los compromisos y el parlamentarismo, con el fin de crear situaciones que permitan a estos jefes entrar en un gobierno de coalición en cuyas manos se halle la dictadura. ‘¡De un lado la dictadura de los jefes, de otro la dictadura de las masas! Tal es nuestra consigna’.”

Tales son las tesis esenciales que caracterizan el punto de vista de la oposición en el Partido Comunista Alemán. Todo bolchevique que haya contribuido conscientemente al desarrollo del bolchevismo desde 1903 o lo haya observado de cerca, no podrá menos de exclamar, inmediatamente después de haber leído estos razonamientos: “¡Qué antiguallas tan conocidas! ¡Qué infantilismo de ‘izquierda’!”

Pero examinemos más de cerca estos razonamientos. El solo hecho de preguntar: “¿dictadura del partido o bien dictadura de clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o bien dictadura (partido) de las masas?” acredita la más increíble e irremediable confusión de ideas. Hay gentes que se esfuerzan por inventar algo enteramente original y no consiguen más, en su afán de sabiduría, que caer en el ridículo. De todos es sabido que las masas se dividen en clases, que oponer las masas a las clases no puede permitirse más que en un sentido, si se opone una mayoría aplastante, en su totalidad, sin distinguirse las posiciones ocupadas con relación al régimen social de la producción, a categorías que ocupan una posición especial en este régimen; que las clases están generalmente, en la mayoría de los casos, por lo menos en los países civilizados modernos, dirigidas por partidos políticos; que los partidos políticos están dirigidos, por regla general, por grupos más o menos estables de las personas más autorizadas, influyentes, expertas, elegidas para los cargos más responsables y que se llaman jefes. Todo esto es el abecé, todo esto es sencillo y claro. ¿Qué necesidad había de poner en su lugar no sé qué galimatías, no sé qué nuevo “volapuk”1?

Por un lado, estas gentes, por lo visto, se han desorientado, cayendo en una situación difícil, cuando la sucesión rápida de la vida legal e ilegal del partido altera las relaciones ordinarias, normales y simples entre los jefes, los partidos y las clases. En Alemania, como en los demás países europeos, se está excesivamente habituado a la legalidad, a la elección libre y regular de los “jefes” por los congresos reglamentarios del Partido, a la comprobación cómoda de la composición de clase de este último por medio de elecciones al parlamento, los mítines, la prensa, el estado de espíritu de los sindicatos y otras asociaciones, etc. Cuando ha sido preciso, en virtud de la marcha borrascosa de la revolución y el desenvolvimiento de la guerra civil, pasar rápidamente de esta rutina a la sucesión, a la combinación de la legalidad y la ilegalidad, a los procedimientos “poco cómodos”, “no democráticos”, para designar, formar o conservar los “grupos de dirigentes”, la gente ha perdido la cabeza y ha empezado a inventar un monstruoso absurdo.

Por otra parte, salta a la vista el uso irreflexivo y arbitrario de algunas palabras “de moda” en nuestra época, como “la masa”, “los jefes”. La gente ha oído muchos ataques contra los “jefes” y se los ha aprendido de memoria, ha oído cómo les oponían a la “masa”, pero no se ha tomado el trabajo de reflexionar acerca del sentido de todo esto.

Al final de la guerra imperialista y después de ella, es cuando con más vivacidad y relieve se ha manifestado el divorcio entre “los jefes” y “la masa” en todos los países. La causa principal de este fenómeno ha sido explicada muchas veces por Marx y Engels, de 1852 a 1892, tomando el ejemplo de Inglaterra. La situación monopolista de dicho país dio origen al nacimiento de una “aristocracia obrera” oportunista, semi pequeñoburguesa, salida de la “masa”. Los jefes de esta aristocracia obrera se pasaban constantemente al campo de la burguesía y eran mantenidos por ella directa o indirectamente. Marx mereció el odio, que le honra, de estos canallas, porque les tildó públicamente de traidores. El imperialismo moderno (del siglo XX) ha creado también en favor de algunos países adelantados una situación privilegiada, monopolista, y sobre este terreno ha surgido en todas partes, dentro de la II Internacional, ese tipo de jefes traidores, oportunistas, social chovinistas, que defienden los intereses de su corporación, de su reducida capa de aristocracia obrera. Estos partidos oportunistas se han separado de las “masas”, es decir, de los sectores más vastos de trabajadores, de la mayoría de los mismos, de los obreros peor retribuidos. La victoria del proletariado revolucionario es imposible si no se lucha contra semejante mal, si no se desenmascara, si no se afrenta, si no se expulsa a los jefes oportunistas social traidores; tal es la política que ha llevado a la práctica la III Internacional.

Pero llegar con este pretexto a contraponer, en términos generales, la dictadura de las masas a la dictadura de los jefes, es un absurdo ridículo y una imbecilidad. Lo más divertido es que, de hecho, en el lugar de los antiguos jefes que se atenían a las ideas comunes sobre las cosas simples, se destacan (encubriéndolo con la consigna de “abajo los jefes”) jefes nuevos que dicen tonterías y disparates que escapan a todo calificativo. Tales son, en Alemania: Laufenberg, Wolf Heim, Horner, Karl Schroder, Friedrich Wendell, Karl Erler. Las tentativas de este último para “profundizar” la cuestión y proclamar de un modo general la inutilidad y el “burguesismo” de los partidos políticos son tales columnas de Hércules de la estupidez, que le dejan a uno patidifuso. Cuán cierto es que de un pequeño error se puede siempre hacer uno monstruosamente grande, si se insiste sobre él, si se profundiza para encontrarle razones y si se quiere “llevarlo hasta las últimas consecuencias”.

Negar la necesidad del partido y de la disciplina del partido, he aquí el resultado a que ha llegado la oposición. Y esto equivale a desarmar completamente al proletariado en provecho de la burguesía. Esto da por resultado los vicios pequeñoburgueses: dispersión, inconstancia, falta de capacidad para el dominio de sí mismo, para la unión de los esfuerzos, para la acción organizada que producen inevitablemente, si se es indulgente con ellos, la ruina de todo movimiento revolucionario del proletariado.

Las clases han quedado y subsistirán en todas partes durante años después de la conquista del Poder por el proletariado. Suprimir las clases no consiste únicamente en expulsar a los terratenientes y a los capitalistas -esto lo hemos hecho nosotros con relativa facilidad-, sino también en suprimir los pequeños productores de mercancías. Estos pequeños productores cercan al proletariado por todas partes del elemento pequeñoburgués, lo impregnan de este elemento, lo desmoralizan con él, provocan constantemente en el seno del proletariado recaídas de pusilanimidad pequeñoburguesa, de atomización, de individualismo, de oscilaciones entre la exaltación y el abatimiento. Son necesarias una centralización y una disciplina severísimas en el partido político del proletariado para hacer frente a eso, para permitir que el proletariado ejerza acertada, eficaz y victoriosamente su función organizadora (que es su función principal). La dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y decenas de millones de hombres, es la fuerza más terrible. Sin un partido férreo y templado en la lucha, sin un partido que goce de la confianza de todo lo que haya de honrado dentro de la clase, sin un partido que sepa pulsar el estado de espíritu de las masas e influir sobre él, es imposible llevar a cabo con éxito esta lucha. Es mil veces más fácil vencer a la gran burguesía centralizada, que “vencer” a millones y millones de pequeños patronos, estos últimos, con su actividad corruptora invisible, inaprehensible, de todos los días, producen los mismos resultados que la burguesía necesita, que determinan la restauración de la misma. El que debilita, por poco que sea, la disciplina férrea del partido del proletariado (sobre todo en la época de su dictadura) ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado.

Notas

*Extracto de La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Cap. V.

1Idioma creado por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer en 1879.

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