Clásico piquetero: “Ciencia y política: un ejemplo moderno” – Benjamin Farrington

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Benjamin Farrington
(1891-1974)

Entre los defensores de la teoría biolgica de la evolución, que tantas discusiones produjo, no sólo en los círculos científicos, sino en la sociedad en general, uno de los más relevantes y apasionados fue, en las últimas décadas del siglo XIX, Ernst Haeckel. En torno a él surgió el torbellino más violento de la discusión. Haeckel formaba parte de las clases superiores y nunca había experimentado un especial interés por los problemas sociales. Solo la experiencia le reveló, y la revelación le dejó perplejo hasta el día de su muerte, que una defensa pública y comprometida de sus puntos de vista científicos era una forma de acción política que daba lugar a enconadas controversias y que esto lo convirtió en un héroe de un partido político y en objeto de sospecha por parte de otro.
Darwin, cuando publicó El origen de las especies, en 1859, disimuló cautelosamente la aplicación de su teoría al origen del hombre. Dio a su obra una conclusión deísta e indicó simplemente en passant, como uno de los posibles resultados de su teoría de la selección natural, que “arrojaría luz sobre el origen y la historia de la humanidad”. Su traductor alemán, Bronn, cuya versión apareció en 1860, mucho más timorato que Darwin, pensó que era mejor no traducir el pasaje completo. Y, con toda tranquilidad, omitió tan peligrosa opinión.
Pero en un congreso científico celebrado en Stettin, en 1863, Haeckel, que era el primer orador, subrayó vigorosamente las implicaciones que debían desarrollarse lógicamente a partir de la teoría de Darwin sobre la historia natural del hombre. Por ello, recibió la aprobación general por parte de sus colegas, entre ellos de Virchow. Pero Virchow tenía un sentido de las implicaciones sociales de la ciencia del que Haeckel, en su inocencia, carecía por completo. En la última etapa de dicho congreso, procedió a limitar el campo de acción de la ciencia en un sentido cuya plena significación solo vino a estar clara después de muchos años. “Es la misión del científico -decía Virchow- establecer los hechos, pero no filosofar acerca de ellos. En el dominio de los hechos, la ciencia es la máxima autoridad. Si se estableciera como un hecho que el hombre desciende del mono, no habría tradición en el mundo que pudiera suprimir este hecho. La supremacía de la ciencia en el dominio de los hechos debe ser respetada más allá de cualquier frontera. Iglesia y Estado han de inclinarse ante la ciencia en el terreno de los hechos”. “Pero, al mismo tiempo -continúa-, la ciencia no debe proponerse ir más allá de sus fronteras”. Y, al definir estas misteriosas fronteras, Virchow mostró un deseo de comprometerse con las pretensiones del Gobierno previsor y de la Iglesia tolerante, lo que luego sirvió para provocar una divergencia más grave entre él y Haeckel.
En el congreso de Stettin, Virchow no dejó clara la naturaleza del compromiso que buscaba con el Gobierno. Sus concesiones estaban hechas en favor de la Iglesia, pero era realmente extraña la línea que trazó entre las esferas de la ciencia y de la religión […] La posición de Virchow no estaba del todo clara, pero sí lo bastante como para resultar inaceptable para Haeckel. “El científico puede recoger los hechos, pero no sacar conclusiones, al menos en la esfera de la conciencia”. Imponerle un compromiso así a Haeckel sería como prohibirle pensar. Se trataba de ser libre para trazar la evolución de la estructura fí­sica de los seres vivos desde el protozoo hasta el hombre, pero no de serlo para relacionarla con unas conclusiones sobre la evolución de las actividades psíquicas que dependen de la estructura física. Vesalio había protestado contra las mismas restricciones trescientos años antes. Por su parte, Haeckel continuó investigando, especulando, publicando. Virchow, afirmando ahora abiertamente que la necesidad es más importante que la verdad, comenzó a actuar de forma totalmente opuesta. En el congreso de 1870, no intentó establecer un compromiso con la Iglesia (cuyo poder había declinado a la sazón en Alemania), sino con el Gobierno, que entonces era más fuerte. En este momento, lo que definía los límites de las actividades de los científicos no era la preocupación por el mantenimiento de la fe, sino los intereses del Estado. El darwinismo, por su ligazón con la socialdemocracia, se oponía a ellos. La ciencia había de ver limitado su terreno porque el pueblo estaba empezando a interesarse por sus conclusiones. La necesidad política, y no la verdad, había de ser el móvil de control sobre el desarrollo de la ciencia.
Haeckel se sentía entre la espada y la pared. Siempre había temido la ignorancia de la multitud; ahora comenzaba a descubrir que, en Alemania, su peor enemigo era la alianza de la Iglesia con el partido polí­tico reaccionario. La ignorancia, pensaba, puede curarse; dirigirse a los intereses, en cambio, es como llamar a los sordos. Siempre se había preocupado por extender sus conclusiones entre las personas cultas no especialistas; ahora buscaría un auditorio más amplio. Trataría, si pudiese, de iluminar a la multitud. Este camino al menos podría hacer concebir una esperanza para el futuro de la Humanidad. Haeckel se hizo político, pero sin abandonar la ciencia; se limitó a comprobar que ser un cientí­fico firme y valiente era ser político en el más alto grado. Con la publicación deWelträtsel (Los enemigos del mundo) se volvió hacia el hombre de la calle. De este libro, traducido a catorce idiomas, se vendieron centenares de miles de ejemplares. El profesor de Jena, cuya débil voz apenas se oía en el aula, habló al mundo entero. Su decisión de no limitarse a investigar, sino de divulgar también los resultados de sus investigaciones, transformó la verdadera naturaleza de sus actividades. Sus opiniones dejaron de tener una simple trascendencia académica; tales opiniones, y el derecho a expresarlas, se transformaron en un símbolo de la lucha del pueblo por su emancipación. […] Tales fueron las repercusiones, en la Iglesia y el Estado, de la defensa del darwinismo llevada a cabo a finales del siglo XIX. Si se observó con alarma que lo leían obreros y pescadores, si se consideró en su propio país que sus obras eran “una oleada de vergüenza para el prestigio de Alemania”, “Un ataque a los fundamentos de la religión y de la moralidad”, y el impecable autor, en Glasgow, era considerado como “un hombre de vida notoriamente licenciosa”, estos fenómenos tienen, como se verá, sus analogías en la historia de la ciencia del mundo antiguo.

*Tomado de Farrington, Benjamin: Ciencia y política en el mundo antiguo, Editorial Ayuso, Madrid, 1973, pp.10-14.

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