Clase, explotación y lucha de clases

 

Clase, explotación y lucha de clases[1]

 

Geoffrey Ernest Maurice de Saint Croix

(1910-2000)

 

Me propongo, primero, establecer mi definición de clase y de lucha de clases y explicarla y justificarla en una discusión posterior. Creo que tal definición representa, lo más fielmente posible, el centro del pensamiento de Marx; trataré también de justificar esta pretensión.

Una clase (fundamentalmente una relación) es la expresión social colectiva del hecho de la explotación, la manera en la que se encarna la explotación en una estructura social. Y por explotación entiendo la apropiación de parte del producto del trabajo ajeno: en una sociedad productora de bienes de consumo es la apro­piación de lo que Marx llamaba «plusvalía».

Una clase (una clase en particular) es un grupo de personas de una comunidad, que se identifica por su posición en el sistema global de producción social, defini­da ante todo con arreglo a sus relaciones (básicamente según el grado de posesión o control que de ellas tengan) con las condiciones de producción (es decir, los medios y el trabajo de producción) y con otras clases. La posición legal (derechos constitucionales o, por utilizar el término alemán, Rechtssteltung) es uno de los factores que pueden ayudar a determinar una clase: la parte que en ello tenga dependerá de la medida en que afecte al tipo y grado de explotación que lleve a cabo o que padezca; por ejemplo, la condición de esclavo en el mundo griego antiguo verosímilmente (aunque en absoluto con certeza) redundaría en un grado más intenso de explotación que la de ciudadano o incluso la de extranjero libre.

Los individuos que conforman una determinada clase pueden ser total o par­cialmente conscientes o no de su propia identidad y de sus intereses comunes como clase, y pueden sentir o no un antagonismo respecto a los miembros de otras clases en cuanto tales.

Un rasgo esencial de una sociedad de clases es que una o varias clases minori­tarias sean capaces de explotar, en virtud del control que ejerzan sobre las condi­ciones de producción (llevado a cabo la mayor parte de las veces a través de la posesión de los medios de producción), a otras clases más numerosas -esto es, de apropiarse de un excedente a expensas de ellas-, y de ese modo constituir una clase (o clases) superior económica y socialmente (y por tanto, con toda probabi­lidad, también políticamente). La explotación puede ser directa e individual, como, por ejemplo, en el caso de los asalariados, esclavos, siervos, coloni, arrendatarios o deudores por parte de determinados patronos, amos, terratenientes o prestamis­tas, o bien puede ser indirecta y colectiva, como es el caso de los impuestos, las levas militares, los trabajos forzados y otras prestaciones que se impongan única­mente o de manera desproporcionada a una determinada clase (o clases) por parte de un Estado dominado por una clase superior.

Utilizo el término lucha de clases para la relación fundamental existente entre las clases (y sus respectivos componentes individualmente considerados), que im­plica fundamentalmente explotación o resistencia a ella. No supone necesariamen­te una acción colectiva por parte de una clase como tal, y puede incluir o no una actividad en el plano político, si bien dicha actividad política resulta cada vez más probable a medida que se agudiza la tensión de lucha de clases. Se supone asimis­mo que una clase que explote a otras empleará formas de dominación política y opresión contra ellas siempre que pueda: la democracia mitigará semejante proceso.

El imperialismo, que implica una especie de sometimiento económico y/o político a un poder exterior a la comunidad, constituye un caso especial, en el que la explotación ejercida por el poder imperial (por ejemplo, en forma de tributo), o por alguno de sus miembros, no tiene por qué implicar necesariamente un control directo de las condiciones de producción. En tal situación, con todo, es de suponer que la lucha de clases en el interior de la comunidad sometida se vea afectada de algún modo, por ejemplo, mediante el apoyo prestado por el poder imperial o sus agentes a la clase (o clases) explotadora existente dentro de dicha comunidad, cuando no mediante la adquisición por parte del poder imperial o de alguno de sus miembros del control de las condiciones de producción dentro de la comunidad sometida. […]

Permítaseme en primer lugar señalar y rechazar dos o tres conceptos erróneos que suelen correr por ahí. Resulta fácil desacreditar el análisis de la sociedad que hace Marx presentándolo en la forma distorsionada, que con tanta frecuencia lo presentan tanto los que equivocadamente se suponen que lo emplean como los que por principio le son hostiles. Especialmente se acostumbra a decir que el pensamiento de Marx implica “materialismo” y “determinismo económico”. Sin embargo, el método histórico empleado por Marx no recibió nunca de él un nombre, sino que a partir de Engels se le ha conocido normalmente con el de “materialismo histórico” (al parecer fue Plekhanov el que inventó el término “materialismo dialéctico”). Efectivamente es “materialista”, en el sentido técnico que supone lo contrario, metodológicamente hablando, del “idealismo” de Hegel (todos conocemos la famosa observación de Marx, según la cual la dialéctica de Hegel se hallaba boca abajo apoyada en la cabeza y “debería ponerse de nuevo boca arriba, si se desea descubrir el meollo racional que guarda la concha mística” (Cap. I, 20, del epílogo a la segunda edición alemana de 1873). Pero “materialis­mo” no debe excluir, ni de hecho excluye en modo alguno, la comprensión del papel que desempeñan las ideas, que (como muy bien sabía Marx) pueden en muchas ocasiones hacerse autónomas y adquirir vida propia, y reaccionar vigoro­samente en la sociedad que las ha producido (buen ejemplo de ello habría sido el papel desempeñado por el propio marxismo en el siglo XX). En cuanto al llamado “determinismo económico” de Marx, es una etiqueta que se ha de rechazar abso­lutamente. Podemos empezar por negar su supuesta exageración del aspecto eco­nómico del proceso histórico, que ha llevado incluso a aplicar a su metodología de la historia (de modo bastante absurdo) los adjetivos “reduccionista” y “monista”. De hecho, el proceso dialéctico que contemplaba Marx concedía a otros factores -ya fueran sociales, políticos, jurídicos, filosóficos o religiosos- un peso casi tan grande como el que les pudieran conceder tantos otros historiadores no mar­xistas. El supuesto “economismo” de Marx no es sino creer que, al margen de todos los elementos que actúan en el proceso histórico, “las relaciones de produc­ción” (como las llamaba Marx), esto es, las relaciones sociales que entablan los hombres a lo largo del proceso productivo, constituyen los factores más importan­tes de la vida humana, y tienden a largo plazo a determinar a los demás, si bien dichos factores, aunque sean puramente ideológicos, pueden, a su vez, natural­mente, ejercer en ocasiones una poderosa influencia en todas las relaciones socia­les.

En cinco de las cartas que escribió Engels entre 1890 y 1894, aun admitiendo que tanto a él como a Marx se les podía acusar en parte de un innegable énfasis excesivo en el aspecto económico de la historia, resalta que nunca pretendieron minimizar el papel interdependiente de los factores políticos, religiosos y demás elementos ideológicos, si bien consideraban fundamentales los económicos (se trata de las cartas del 5 de agosto, 21 de septiembre y 27 de octubre de 1890, 14 de julio de 1893 y 25 de enero de 1894). En un obiter dictum que aparece en una de sus primeras obras, la Contribución a la crítica a la filosofía del derecho de Hegel, declaraba Marx que, aunque la fuerza material sólo podía ser vencida por la fuerza material, “la teoría, sin embargo, se convierte en fuerza material en cuanto cala en las masas”.

 

[1]Tomado de Geoffrey Ernest Maurice de Saint Croix: La lucha de clases en el Mundo Griego Antiguo, Editorial Crítica, Barcelona, 1988, p. 59 y ss.

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