Cine de agitación, una defensa

 

 

Fabián Harari

 

Cuatro días en tan solo 868 salas en los EE.UU. (cuando lo usual son 2.500) fueron suficientes para que Fahrenheit 9/11 se convirtiera en el documental más taquillero de la historia del cine. Premiado en Cannes, el mundo intelectual le deparó una andanada de elogios por el contenido del mensaje y una catarata de críticas por la forma de presentarlo. Estas últimas hacen referencia al carácter simplista y panfletario: uso del drama ajeno, dudoso refinamiento estético, la reducción del problema, vocación pedagógica y desveladamente doctrinaria, trucar y superponer imágenes al estilo TVR o CQC. Y, entre todos, se lamentan que el arte haya perdido su vocación por la más pura belleza para ser víctima de las miserias del mundo.

Con respecto al contenido deben señalarse varios límites: al enumerar a la coalición contra Iraq olvida a Gran Bretaña y España (para ponderar el carácter “civilizado de Europa”) y se mofa de las naciones “bananeras”, denuncia la “intromisión” de los árabes en la política norteamericana (cuando en realidad es al revés), enfoca el problema en el elemento individual (la familia Bush), y por último omite las grandes movilizaciones en su propio país (para no hablar de las que recorrieron el mundo) contra la guerra. Esta omisión se corresponde con la reivindicación de la acción particular. Retrocede, en este punto, respecto de la tradición de documentalistas como Haskell Wexler, que plasmó la marcha sobre Washington contra la invasión a Vietnam o  Barbara Kopple, que retrató la huelga minera en Kentucky. Por último, Moore se abstuvo de difundir imágenes sobre las torturas en Irak, hasta este momento, siendo que las tiene desde el año pasado..

Toda la información que maneja el film fue ya publicada por otros medios y en algunos casos se hacen afirmaciones sin pruebas. Sin embargo, ante las críticas, la realidad habla por sí misma: miles de millones de personas en el mundo comprendieron que el gobierno norteamericano es fraudulento y que lleva a su propio pueblo y a la humanidad a la masacre a causa de sus intereses económicos. Se trata de agitación pura: una sola idea para todo el mundo. Tomar un caso y despertar la indignación, como recomendaba Lenin. La imagen de los niños destripados y torturas, frente a un financista augurando buenos negocios no admite apelación alguna. Estamos ante una obra que no sólo habla de las cosas de este mundo sino que se convierte en un factor activo sobre él. Esta doble cualidad la coloca muy por encima de aquellas “vanguardias” que encerradas en sus subterráneas catacumbas producen para sus ceremonias privadas, y si les preguntamos por su pertinencia nos acusan de quitarles su “libertad”. Fahrenheit 9/11 es una espada que goza de vida porque, profana y con vocación de multiplicarse, fue pensada para un mundo miserable, para el mundo lamentablemente real.

 

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