China for África. Los límites del boom de inversión directa en el continente africano como salida a la crisis

AfricaBruno Magro y Viviana Rodríguez
OME-CEICS

Durante la última década, China ha mostrado un ritmo elevado de acumulación de capital, convirtiéndose en la segunda economía mundial. La explotación de una gran masa de mano de obra barata para abastecer, principalmente, al mercado estadounidense permite explicar, en parte, su exitosa inserción. Tal como hemos analizado en ediciones anteriores, dicha acumulación fue posible gracias al financiamiento de las importaciones estadounidenses mediante la acumulación de bonos del tesoro norteamericano. Sin embargo, el estallido de la crisis mundial desnudó este lado “oculto” de la relación con EE.UU.1 Ahora, el gobierno chino se encontró en la “obligación” de financiar los “planes rescate estadounidense” y el creciente déficit fiscal, a fin de evitar el colapso del dólar y, con ello, el sinceramiento de que el capital acumulado carecía de asidero en la realidad.2 Asimismo, tuvo que ensayar un giro mercadointernista buscando suavizar la caída de la demanda mundial y evitar la destrucción de parte del capital acumulado.3

Consciente de estos límites, el gobierno chino busca una salida “productiva” para deshacerse de los bonos y dólares por la vía de la inversión extranjera directa (IED) sin poner en riesgo el valor de sus reservas. En este marco, se desarrolló un crecimiento de las inversiones en el continente africano. Sin embargo, dicha “salida productiva” mantiene intacto el mecanismo inherente a la acumulación de “capital ficticio”, pues arroja cuantiosas sumas de capital a la extracción y transformación de recursos naturales que luego sirven para potenciar una producción orientada a la exportación, principalmente al mercado norteamericano. Se evidencia, así, la incapacidad del capitalismo chino de llegar a realizar en los hechos lo que se promete en los papeles.

En busca del subsuelo

Las relaciones comerciales de China con África se han venido multiplicando durante la última década. Desde 2000, se incrementó más de diez veces la magnitud del intercambio comercial entre ambas regiones y, desde 2006, las importaciones chinas desde África fueron creciendo a un 50% anual y se espera siga incrementándose a estas tasas.4 El crecimiento de estas relaciones comerciales estuvo mediado por una importante expansión, durante la última década, de las inversiones chinas en dicha región (a tasas del 46% anual), en particular destinadas a la explotación de recursos naturales. Entre ellos, se destaca el atractivo del subsuelo africano (9% de las reservas mundiales de petróleo con unas características geológicas que permiten una productividad superior a la media, donde el índice de éxito de las perforaciones es del 50% mientras que el promedio mundial es de un 10%), el 90% de las reservas mundiales de cobalto, el 90% de platino, el 40% de oro, el 98% de cromo, el 64% de manganeso y un tercio de las reservas de uranio.

Si bien las mismas se extienden en más de 45 países africanos, ésta se concentra en ocho países principales: Kenia, Tanzania, Sudáfrica, Nigeria, Argelia, Zambia, Sudán y Zimbabwe. Tres de estos países representan más de la mitad de los flujos de IED china en la región: Nigeria (20,2%), Sudáfrica (19,8%) y Sudán (12,3%).5 En el caso de Sudáfrica, las inversiones se centraron en el aluminio, pero también en telecomunicaciones, infraestructura, minería y energía.6 En el caso de Sudán y Nigeria, las inversiones tienen como principal destino la explotación petrolera. En Nigeria, para 2010, las inversiones chinas ya superaban los 7 mil millones de dólares, con el objetivo clave explotar las reservas de petróleo del Delta del Níger. A su vez, en Sudán, las inversiones chinas permitieron el desarrollo de la extracción de crudo, que en un 43% navega rumbo a China.7

En definitiva, las inversiones chinas en la región se centran en la construcción de las infraestructuras necesarias para la extracción de materias primas de amplia gama, que van desde productos agrícolas, a petróleo, pasando por diferentes minerales, metales, maderas que constituyen el núcleo duro de las exportaciones africanas. Éstas, si bien todavía mantienen como destino primario Europa, comparativamente, este mercado ha ido descendiendo en importancia relativa desde el comienzo de la inyección inversora del gigante asiático.

Papelitos de colores

Detrás de la relación China – África se esconde el intento de la primera de escapar de aquella contradicción que permitió su exitosa inserción en la economía mundial: la acumulación de capital ficticio. El estallido de la crisis mundial evidenciaría la incapacidad de la economía china para relanzar la acumulación de capital a nivel mundial y darle una bocanada de aire fresco al sistema capitalista.

Desde su ingreso a la OMC, a finales de 2001, la economía china logró abrirse paso en la economía mundial por medio de exportaciones de manufacturas producidas en condiciones de superexplotación de una gran masa de mano de obra barata. En 2009, la economía china se convirtió en la segunda economía mundial al desplazar a la economía japonesa. El principal destino de esta producción es el abastecimiento de las mayores economías capitalistas, principalmente a EE.UU. (23,5%) y la Unión Europea (19,6%). Pronto sus reservas pasaron de 286 mil millones de dólares en 2002 a 3 mil millones de dólares en marzo de 2011. Sobre esta base, la participación de China en el total exportado a nivel mundial se ubicó en torno al 10%.

La espectacularidad del crecimiento chino, a tasas promedio anuales que superan el 10%, se torna aparente tan pronto comenzamos a profundizar en la relación que dicha economía mantiene con su principal socio comercial, EE.UU. La relación EE.UU.-China se encuentra mediada la creación de “capital ficticio”. A lo largo de del período, China ha financiado las compras de consumidores y empresas norteamericanas mediante la acumulación creciente de bonos del tesoro norteamericano. En cifras concretas, desde su ingreso en la OMC hasta el impacto de la crisis mundial, esto es, entre enero de 2002 y octubre de 2008, el stock de bonos del tesoro pasó de 77,5 mil millones de dólares a 684 mil millones de dólares. Aún así, es posible argumentar que la decisión del gobierno chino de financiar a EE.UU. estuvo basada en la ilusión de poder realizar las promesas de pago norteamericanas acumuladas, y de esta manera, concretar las ganancias por sus exportaciones.

Sin embargo, el costado contradictorio de su relación con EE.UU. quedó al desnudo tras el estallido de la crisis mundial. Ahora China, con sus exportaciones en caída libre durante 12 meses consecutivos (entre noviembre de 2008 y octubre de 2009) se vio en la “necesidad” de evitar el colapso de la economía norteamericana y proteger el valor del dólar y los bonos del tesoro. Desde entonces, el gobierno chino debió financiar los planes de rescate de acumulación de bonos del tesoro con el claro propósito de evitar la evaporación del 25% de sus reservas nominadas en bonos del tesoro y el 50% de las mismas en dólares. Entre noviembre de 2008 y octubre de 2009, el stock de bonos alcanzó los 984 millones de dólares, desplazando a Japón como principal acreedor de los EE.UU. En la actualidad, los activos nominados en dólares (dólares + bonos) representan 75% de los 3 billones de dólares en reservas.

Conscientes de las limitaciones y la fragilidad de la acumulación de capital, el gobierno chino ha intentado deshacerse de bonos y dólares sin poner en peligro el valor de las reservas. La creciente presencia de la IED china en África, pareciera ser una alternativa para arrojar “productivamente” el stock de papeles acumulados durante los últimos diez años. El principal destino de la IED china es el sector vinculado a la extracción y transformación de recursos naturales necesarios para sostener la acumulación de capital chino. Por esta vía, China logra hacerse de una fuente barata de materias primas, que permite hacer más competitivas sus exportaciones, y al mismo tiempo, lograr deshacerse, en lo inmediato, del “capital ficticio” acumulado a lo largo de la década. Sin embargo, su relación con el continente africano se encuentra montada sobre las bases que hacen a la acumulación de capital chino, la exportación hacia “occidente”.

Todo sigue igual

La expansión de la economía china desde comienzos de 2010 y sus políticas de IED dejan intactas las bases de la acumulación de un capital incapaz de hacer efectivas aquellas promesas de ganancias escritas en papeles. Lejos de convertirse en el nuevo motor de la economía mundial, su crecimiento se sigue apoyando en financiar el gasto y el consumo norteamericano, utilizando el superávit comercial mediante la acumulación de bonos del Tesoro. Tarde o temprano, la incapacidad del sistema capitalista para hacer frente a las promesas de pago terminarán por detonar y hacer estallar la crisis capitalista con “rostro chino”.

Notas
1 Véase Bruno Magro: “Triángulo barranca a bajo. Acerca de la crisis mundial y sus efectos en la economía china”, El Aromo, nº 45, 2008
2 Bruno Magro: “Abonado al dólar. China y su aparente recuperación económica”, El Aromo, nº 56, 2010.
3 Bruno Magro: “Nada nuevo bajo el sol. El supuesto giro mercadointernista de China”, El Aromo, nº 51, 2009.
4 En base a datos de umoya.org
5 En base a datos de UNCTAD, FDI/TNC database
6 Véase www.telegraph.co.uk/news/worldnews/africaandindianocean/zimbabwe/8315107/China-in-Africa-at-a-glance.html.
7 Véase www.elpais.com/articulo/portada/nuevos/amos/Africa/elpepusoceps/20100509elpepspor_9/Tes

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