Chamuyo, industria argentina. Reseña de Las neuronas de Dios (Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel), de Diego Golombek

 

 

En el libro que reseñamos, Diego Golombek sostiene que la religión no se puede erradicar y que, además, su existencia tendría muchísimas ventajas para la humanidad. A través de argumentos ideológicos y un determinismo biológico ramplón, concluye que estaríamos condenados eternamente a las creencias religiosas dado que éstas se encontrarían en los genes. Asunto grave si te tiene en cuenta que se trata de material de consulta escolar.

 

Mónica Contreras

Grupo de Investigación de Educación Argentina – CEICS

 

Doctor en Biología, Diego Golombek, dirige la colección “Ciencia que ladra…” publicada por Siglo XXI Editores. Su última publicación,  Las neuronas de Dios (Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel) a pesar de su reciente salida a la venta (noviembre de 2014), se encuentra en el primer lugar de los libros más vendidos de la editorial. Obviamente, ya salió una segunda edición. Este hecho, junto a los más de 200.000 ejemplares vendidos del libro Ágilmente, de Estanislao Bachrach, o los aproximadamente 100.000 de Usar el cerebro, de Facundo Manes, evidencia un notable interés de los lectores por las temáticas relacionadas con la neurociencia. El objetivo de estos materiales es la divulgación científica, es decir, hacer accesible el conocimiento científico al público en general. Por este motivo, dicha difusión debería hacerse de manera responsable, brindando información con validez científica y no ser mera especulación.

No obstante, en Las neuronas de Dios (libro que se propone explicar la existencia de la religión), Golombek  muestra una visión acientífica del mundo desde el comienzo. Partiendo de una posición conciliadora manifiesta, el autor sostiene que ciencia y religión no se tocan y que, por lo tanto, es inútil enfrentarlas. Por ello, propone hablar de “ciencia de la religión” y no de “ciencia vs. religión”. Es decir, la religión y la ciencia podrían convivir sin ningún problema ni contradicción. Golombek borra así de un plumazo la histórica y permanente disputa entre ambas. Una, intentando imponer su visión dogmática del mundo; la otra, tratando de conocerlo y explicarlo. Luego de anunciar este punto de partida, el libro se hunde cada vez más en un mar de ridiculeces sin ningún tipo de prueba ni fundamento. Veamos, entonces, qué dice, tomando en consideración que se trata de un intelectual reconocido en el mundo académico.

 

Creer o morir

 

Golombek intenta responder, desde la biología, la siguiente pregunta: “¿Por qué la religión y las creencias se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI, un siglo dominado por la tecnología de celulares que hablan solos y aspiradoras inteligentes?” (p.11). Al respecto, señala que le resulta “tentador” pensar que, como millones de personas a lo largo del tiempo y el espacio no pueden estar equivocadas, alguna ventaja debe tener la religión en términos evolutivos para ser seleccionada positivamente. Para entenderlo mejor, dejemos que el propio autor lo explique:

 

“es fácil imaginarlo: en ciertas circunstancias debe haber subsistido el homínido más temeroso o (…) aquel que sentía angustia frente a lo desconocido y que, para enfrentarlo, se vio obligado a inventar la ciencia como la religión. Porque, en una noche sin luna, es mejor que un movimiento de hojas en la selva sea interpretado como algo sobrenatural que impulse a salir corriendo que pensar que no es nada, debe ser el viento y arriesgarse a ser pisoteado por un mamut y no contar el cuento.” (p. 14)

 

 

Notemos que todo el argumento empieza con una petición de principio: la capacidad imaginativa del autor… Es necesario aclarar que, en biología evolutiva, sostener que alguna característica tiene un valor adaptativo positivo, es sostener que fue objeto de la selección natural y, por lo tanto, que es heredable, es decir, que se encuentra en los genes. Entonces, en este caso, el miedo a lo desconocido y la creencia en lo sobrenatural  estarían en los genes. Aceptar esa idea lleva implícitas varias cuestiones. En primer lugar, que algo exista no significa que sea el resultado de la selección natural y que, por lo tanto, tenga un valor adaptativo positivo. Golombek es consciente de esto, ya que menciona la crítica de Gould y Lewontin al adaptacionismo, pero le sigue resultando “tentador” considerar que las creencias religiosas son una adaptación, ya que de lo contrario el libro no tendría razón de ser.

En segundo lugar, la respuesta refleja una postura reduccionista ya que intenta explicar las propiedades de conjuntos complejos (sociedades) en términos de las unidades que los componen (individuos). Incluso, preso de un enfoque robinsoniano, el autor manifiesta que si una persona se encontrara sola en una isla crearía su propio Dios y religión. En consecuencia, el individuo religioso sería ontológicamente previo a la sociedad y producto de su biología. Resulta increíble tener que explicarle a un “científico” que la religión es un producto social, que no surge de la simple sumatoria de los comportamientos atomizados de supuestos individuos genéticamente predispuestos a creer en Dios. Producto social, que se transmite de generación en generación a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación, etc.

En tercer lugar, la hipótesis propuesta se inscribe dentro del determinismo biológico, ya que  asume que eso que llama religiosidad se reduce, al menos en parte, a la  acción de ciertas moléculas (genes, neurotransmisores, etc.). Esto les permite a los deterministas cosificar un comportamiento o propiedad, considerarla intrínseca al individuo y establecer la posibilidad de su medición, en este caso, bajo la forma de escalas de religiosidad. Además, como veremos más adelante, se plantea el grado de determinación (porcentaje) y la posibilidad de su manipulación (“tal vez un tratamiento con L-dopa logre aumentar los sentimientos de religiosidad. Sería la píldora de la espiritualidad”, p.182). Resulta muy peligroso que un científico divulgador sostenga este determinismo biológico, ya que promueve y refuerza el sentido común de los que piensan que también se podrían  medir  “cosas” tales como la agresividad, la tendencia política, la amistad, la xenofobia, el odio, la inteligencia, etc., como si fueran propiedades inherentes al individuo y no el resultado de las relaciones sociales y del contexto histórico. En cuarto lugar, si por un momento olvidamos los cuestionamientos anteriores y aceptamos que la religión (o algo parecido) es una adaptación biológica, podríamos preguntarnos por qué se le ocurre a Golombek que el temor a lo desconocido tendría un valor adaptativo positivo en detrimento de, por ejemplo, la curiosidad por lo que no se conoce. Y, además, por qué presupone que el individuo resuelve que eso desconocido es sobrenatural y no simplemente el mamut de carne y hueso que tanto le gusta nombrar. En síntesis, la hipótesis es inviable, que no es científica, haciendo inútiles todos los intentos posteriores del autor por reivindicarla.

Si bien ya queda claro que la idea principal del libro es inconsistente, la estrategia de argumentación merece un breve comentario. Para dar un ejemplo, el autor dice que existen evidencias de que algunos “fenómenos religiosos globales” son efectivamente innatos y que la creencia en Dios comienza espontáneamente en la infancia. Sostiene esta idea en base a datos que provienen de “estudios” que no considera necesario citar, estrategia que utiliza reiteradamente a lo largo del libro, estableciendo así relaciones antojadizas, tales como que “los niños suelen ser dualistas natos, distinguen entre objetos materiales y abstractos o sociales y que de allí a una distinción entre materia y espíritu hay un solo paso” (p. 29). Parece que Golombek colgó su guardapolvo de Doctor en Biología al momento de sentarse a escribir el libro.

 

Buenos por naturaleza

 

Para Golombek existirían pruebas que demuestran las bases genéticas y hereditarias de los fenómenos religiosos. En este caso, difunde un estudio realizado con gemelos criados en ambientes separados desde muy pequeños, que afirman que el grado de religiosidad a determinada edad es muy similar, mucho más que en hermanos no gemelos criados juntos. Y aquí merecen una breve mención los estudios con gemelos. Las dificultades, objeciones e, incluso, las falsificaciones relacionadas a este tipo de estudios están ampliamente documentadas.[1] Sin pensarlo demasiado, podemos darnos cuenta que surgirán problemas con la escasez de datos (por no contar con una muestra representativa), la ausencia de controles de los experimentos, la imposibilidad de garantizar que los ambientes tengan o no similitudes sistemáticas por un período prolongado, el abuso de las correlaciones estadísticas, entre otros. Sobre todo en este caso, donde la mayor parte de la población es creyente, por lo que será sumamente improbable encontrar una cantidad significativa de familias de crianza ateas. Si tomamos en consideración, además, que la familia no es la única institución determinante de la ideología religiosa, el experimento resulta imposible.

Al margen del tema central del libro, el autor muestra y difunde un pensamiento no científico proponiendo que otros aspectos de la moral vendrían de fábrica, es decir, que se heredarían genéticamente. Entre otras cosas, sostiene que los humanos sabríamos distinguir lo bueno y lo malo casi desde antes de nacer. Explica que algunos comportamientos que la religión juzga como inmorales se fundan en adaptaciones que, tal vez, fueron necesarias para la supervivencia (por ejemplo, el incesto, el canibalismo o el matar a un pariente). Del mismo modo, ser religioso podría permitirnos entender mejor las normas morales. Una de las pruebas podría ser que “los católicos portadores de HIV tienen menos parejas sexuales y son más proclives a utilizar preservativos que los no portadores no religiosos” (p. 59). Cabe preguntarse si, para Golombek, la lapidación o la prohibición del uso de preservativo también serían comportamientos adaptativos. Sumándose a esta serie de barbaridades, el autor reproduce conclusiones de otros “estudios” de nulo valor científico que dicen que, en términos generales, al individuo creyente le va bien, es más feliz, vive más, tiene mayor éxito económico, es menos ansioso, más fuerte, más generoso y más cooperativo. ¿Y los ateos? …parece que son los feos, sucios y malos.

Pero esto no es todo, algunos valores se heredarían juntos, en un combo, en la llamada tríada de los valores morales (religión, autoritarismo y conservadurismo). ¿Cómo es esto? Si bien cita un estudio realizado con gemelos, Golombek agrega que hay otros “estudios” que investigaron la influencia genética de dicha tríada “basados en el test de personalidad F (fascismo) desarrollado nada menos que por Theodor Adorno. Resulta que este índice F sube y baja de acuerdo con el coeficiente de inteligencia (IQ) que sí tiene algunos rasgos de heredabilidad” (p. 149).  Dejando de lado la ausencia de citas, las indefiniciones y los métodos experimentales, en este punto, el autor recurre a la búsqueda de aliados reconocidos. Esta estrategia, que se explica en otro de sus libros, Demoliendo papers, consiste en mencionar a personalidades o científicos destacados con la intención de fortalecer una posición y ganar credibilidad. Pero lo hace de manera confusa y parcial, utilizando en este caso a Adorno, cuyo trabajo está muy lejos de atribuir a los genes ciertos rasgos de la personalidad.

 

Genéticamente comprobado

 

Ahora bien, si la religiosidad (o algo parecido) se hereda, entonces es necesario encontrar los genes responsables. De eso se ocupa en el capítulo 3. El estudio al que le dedica más páginas, con una crítica tímida y tangencial, es al del genetista Dean Hamer que escribió el libro El gen de Dios. Diez años antes, Hamer dijo haber encontrado el gen de la homosexualidad en el cromosoma X (uno de los cromosomas sexuales). Según Golombek, como este estudio no pudo ser replicado perdió credibilidad. Por esa razón, además, nadie tomó en cuenta su hallazgo posterior del gen de Dios (excepto el autor de Las neuronas…). Básicamente, el estudio consistió en confeccionar una escala de espiritualidad a partir de un test (sí, otra vez un test) obteniendo así un índice de “trascendencia” y, por otro lado, medir la variación de un gen (el VMAT2). Eureka!  Dean “encontró que la variación en la escala se parecía bastante a la variación en el gen de VMAT2”. Las reflexiones más profundas de Golombek con respecto a este trabajo son: que es una lástima que la publicación no se encuentre disponible en ningún lado (porque de esa manera el experimento podría ser replicado) y que Hamer se equivocó en el título del libro (en lugar de “el gen” tendría que haber escrito “los genes” de Dios ya que no es común que un solo gen determine una característica). Esa es toda la crítica que se le ocurre al autor, poniendo de manifiesto que está totalmente de acuerdo con su contenido y metodología. Para que se entienda, lo que está diciendo Hamer  y reproduciendo Golombek es que existe la posibilidad de que la variación de un nucleótido[2] (en este caso adenina por citosina en la posición 71), en un gen (el VMAT2), afecte de alguna manera el “índice de religiosidad” de un individuo. Un sinsentido, se mire por donde se mire. Es más, el gen VMAT2 participa activamente en el mecanismo de comunicación neuronal (sinapsis). Y las alteraciones en su función están relacionadas con la enfermedad de Parkinson. Obviamente, Golombek menciona que hay “estudios” que indican que los enfermos de Parkinson tendrían un menor nivel de religiosidad, siguiendo la estrategia de construir castillos en el aire en nombre de la ciencia.

Como a esta altura  nada de lo que plantea en el libro puede tomarse en serio, me pregunto si acaso este gen no funciona en los ateos. Se sabe que el bloqueo del gen VMAT2 en ratones produce la inviabilidad de la cría (no nacen), hecho bastante esperable por su amplia función en el cerebro.[3] Entonces, ¿de dónde saldrían los ateos?, siendo que, según el autor, la religiosidad y el ateísmo son producto de los genes. En un reportaje publicado en Página 12,[4] Golombek afirma que la no creencia (refiriéndose a los ateos) debiera ser un fenómeno cultural, algo que se aprende y que debe sobrepasar nuestra tendencia innata. El esquema del autor no funciona si el ateísmo se hereda porque implicaría el no funcionamiento de un gen o genes imprescindibles (el individuo ateo sería un aborto espontáneo). Por lo tanto, la solución de compromiso es que las creencias religiosas se heredan y la no creencia se aprende. Es decir, Golombek toma datos sin ningún valor científico para “probar” la validez de su “teoría” y hace a un lado aquellos que lo desmienten abiertamente. Ejerce, así, una verdadera estafa.

 

Por los siglos de los siglos

 

En suma, Golombek refuerza el campo de las “teorías” biologicistas,[5] difundiendo estudios sin ningún tipo de valor experimental y sosteniendo que hay valores morales que se transmiten de generación en generación, a través de los genes. De ese modo, hace renacer en estas páginas lo peor de la sociobiología, en tanto pretende darle un respaldo científico al determinismo biológico. Como vimos, las ideas presentes en el libro no tienen ninguna validez científica. Por el contrario, alimentan un vehículo ideológico (religión) que legitima, entre otras cosas, la explotación y la pobreza. Siguiendo el criterio utilizado por el autor, podríamos pensar, por ejemplo, por qué la explotación se resiste a desaparecer frente al desarrollo tecnológico, siendo que la jornada de trabajo podría reducirse gracias a las máquinas. ¿Tal vez la explotación esté en los genes? No nos sorprendamos si próximamente aparece un libro similar llamado “Las neuronas burguesas”.

A través de diferentes artilugios (más propios del esoterismo que de la ciencia), Golombek concluye que la religión no se puede erradicar y que, además, su existencia tendría muchísimas ventajas para la humanidad. No puede admitirse que estas ideas sean difundidas por un científico que dirige un laboratorio en una universidad pública, es investigador principal del CONICET, publica en revistas internacionales y recibió numerosas distinciones. Como si esto fuera poco, conduce un ciclo televisivo en canal Encuentro, coordina proyectos del Ministerio de Ciencia y Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, entre otras cosas. Es conocido que los materiales que publica la colección que él mismo dirige, suelen ser leídos por docentes y alumnos en las aulas, por lo que este libro no hace más que contribuir a la devaluación del conocimiento científico que se observa en la política educativa argentina.

1Para profundizar en los cuestionamientos a los estudios con gemelos, el lector puede remitirse a Jay Gould S., La falsa medida del hombre, Drakontos, Barcelona, 2007 y Lewontin R., Roses S. y Kamin L., No está en los genes, Crítica, Barcelona, 2009.

2Los nucleótidos son las moléculas que forman el ADN. Existen cuatro tipos de nucleótidos en el ADN: adenina, citosina, guanina y timina.

3http://goo.gl/qPyXfY

4http://goo.gl/EM5GCM

5Para instalar la idea de que es imposible erradicar la religión, Golombek recurre incluso al padre de la sociobiología, Edward Wilson, quién sentenció que la religión es un fenómeno íntimo de la naturaleza.[5]

Te podría interesar...

1 Response

  1. Juan dice:

    me parece, me parece que desde el vamos interpretaron muchas cosas mal, o en el peor caso se siente muy perseguido (el autor).
    Desde el principio, explicar LOS COMPORTAMIENTOS Y CONDUCTAS ESPIRITUALES, (que no solo religiosos) tanto desde los grupos o desde los individus es algo que el doctor Golombek realiza puramente desde la biología, algunas veces para ilustrar de donde salen las preguntas de los estudios recurre a estudios de las ciencias sociales.
    Incluso el mismo tilda de reduccionista al estudio que señala al gen VMAT2 como responsable del comportamiento espiritual/ creencias sobrenaturales.

    Nada, confundir la institucion social (religiones organizadas) con comportamientos espirituales básicos en cualquier humano (la superstición sin ir mñas lejos) es un poquito tendencioso…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *