Carta a mis hermanas

Amelia Tiganus

Queridas hermanas putas, me dirijo a vosotras y les hablo porque no quiero y no debo hablar por todas vosotras. Ninguna puta debería hablar por todas. Hay mucha gente que proclama a los cuatro vientos que habléis y decidáis cosas. Demasiada injusta carga para algo que nos afecta no sólo a las putas sino a todas las mujeres. Lo que debéis saber es que vuestra historia personal es parte de un gran entramado que arroja a la prostitución a miles, millones de mujeres y niñas. Y entonces se trata de un problema social de difícil solución y que se ha profundizado con el neoliberalismo.

Me gustaría decirles que algo de mí se ha quedado con vosotras para siempre y ese lazo que nos une, espero que pueda fortalecerse.

Este relato no sería posible si no me sintiera unida a vosotras. Y si puedo hablar y ponerle palabras al horror, a la violencia y la deshumanización, es porque vosotras me acompañáis en la memoria.

La memoria puede ser una herida abierta que se cicatriza con el amor de la reparación.

Este relato es reparador para mí y un puente que tiendo para –ojalá- encontrar y ayudar a otras mujeres como yo y que juntas podamos construir un relato coral, el de la liberación y la reparación colectiva de nosotras, porque como bien sostiene la querida Sonia Sánchez:

Ninguna mujer nace para puta.

Me pregunto muchas veces si me alejaba de vosotras haber podido salir de la prostitución y liberarme de esa esclavitud. Sólo se que simplemente tuve mucha suerte. La suerte me la dio la posibilidad de pensar y analizar mi vida en un contexto diferente. Tuve suerte de poder adquirir herramientas para poner palabras a lo vivido y reflexionar sobre ello. Tuve suerte de tener un entorno favorable que con mucha paciencia y tacto, me ha dejado el espacio para reencontrarme conmigo misma. Pero esto no debería ser una cuestión de suerte. Los derechos humanos no deberían ser como la lotería.

Estamos luchando para que esta vulneración constante de derechos de las mujeres deje de existir.

Me siento una privilegiada por muchas razones pero principalmente por poder pensar. Pensar me parece un acto de rebeldía. Algo tan humano como ello me fue arrebatado -como a muchas mujeres- a través de la  violencia simbólica, la violencia psicológica, la violencia física, la  violencia económica, la violencia sexual, la violencia institucional, la violencia sociocultural… Las putas somos atravesadas por todas las violencias. Pude despertar de aquella sensación de estar muerta en vida el día que descubrí que mi historia no era algo personal sino la historia de muchas mujeres; al historia de mujeres que el patriarcado pone a disposición de los hombres de manera pública. Y empecé a pensar, a indagar, a encontrar respuestas, a perder el miedo y la vergüenza y a sentirme en la obligación ética de actuar. Porque yo pude salir de ese campo de concentración que es la prostitución pero millones de mujeres siguen allí, sufriendo la pérdida de identidad, la tortura física y psicológica, el miedo, el desconocimiento, el silencio, la indiferencia, el olvido y el desamparo del Estado proxeneta y de la sociedad cómplice.

Queridas hermanas putas, recuerdo lo difícil que se me hacía pensar dentro del campo de concentración. Tener todos los sentidos puestos en sobrevivir no deja margen para pensar y cuando me recuerdo a mí misma teniendo que tomar decisiones, el miedo me invade y me paraliza igual que lo hacía entonces. Me estremece el recuerdo de nosotras en fila esperando nuestro turno para cobrar el dinero que nos tocaba después de 12 horas de lo que la industria del sexo llama “trabajo”. Nosotras en fila esperando el cambio de sábanas, nosotras en fila dirigiéndonos a la sala del bar, nosotras en fila hablándoles a los puteros, en fila esperando el turno para comer, nosotras en fila haciendo cola para entrar a un cuarto con un putero. Aún recuerdo el olor a ambientador (juraría que todos compraban la misma marca y la misma fragancia), el humo de nuestros cigarros, el alcohol, la cocaína, la música alta y esas canciones de amor que nos poníamos con monedas, las películas porno que ellos ponían con monedas, las luces rojas de neón… Recuerdo nuestras risas, llantos, peleas, nuestras pequeñas conversaciones y planes de futuro. Todas, absolutamente todas, soñábamos con salir de esa vida cuanto antes.

La revuelta de las putas

Confieso que me ha resultado muy duro hoy hablarles a mis hermanas putas. Sé muy bien cómo llegan a sentirse si los recuerdos y el pensamiento crítico se activa. La desesperación puede apoderarse de ellas al verse en un callejón sin salida. ¿Qué podemos hacer para que ese callejón tenga salida? ¿Qué podemos hacer para que mis hermanas putas tomen las riendas de su vida y emprendan el viaje de vuelta a su esencia libre e indomable? ¿Qué herramientas les podemos ofrecer para que se empoderen? Cuando estamos en el campo, las únicas herramientas que encontramos para empoderarnos son las que nos dan los mismos interesados en que esto continúe siendo así. Como sostenía Audre Lorde: “Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”.

Es hora de que empiece la revuelta de las putas, las esclavas invisibles, y que el empoderamiento feminista sea sin duda una cuestión prioritaria para ellas. Necesitamos la sabiduría de las mujeres para conseguir nuestra liberación. Necesitamos vuestra apoyo, vuestra ayuda y vuestra sororidad para desmontar la casa del amo patriarcado.

Delante de nuestros ojos hay carreteras plagadas de prostíbulos, mujeres en la calle medio desnudas, pasando frío o calor, pisos donde las mujeres “nuevas, complacientes y disponibles las 24 horas” desfilan cada vez que entra un putero y decide hacer uso de su privilegio. Anuncios en prensa, en internet, flyers, tarjetas…

¿Cómo lo podemos permitir?

¿Qué podemos hacer para acabar con la impunidad con la que los perpetuadores actúan y se desenvuelven ante la sociedad? Esos proxenetas que son amigos de políticos, periodistas, policías, jueces. Que son hombres vinculados al poder, que se enriquecen a costa de nuestros cuerpos, nuestras vidas y sostienen al que los sostiene, como lo que es, un sistema que se auto-reproduce en el Estado proxeneta. Esos puteros que pueden ser el panadero, el profesor, el vecino, el amigo, el esposo, el camarero, el hijo y el padre.

El patriarcado capitalista actual intenta convencernos de que la prostitución debe abordarse como un derecho. Como sostiene Sonia Sánchez, el trabajo sexual es la penetración de boca, vagina y ano. El campo de concentración te convierte en un agujero, ¿que más quiere el patriarcado más atroz que reducirnos a un hoyo? Y luego la industria del sexo convierte a ese hoyo en una mina de oro.

El único camino que nos queda a las putas es la revuelta. Empoderarnos juntas para acabar con la esclavitud sexual y la trata. Pero solas no podemos. La revuelta necesita que los feminismos pongan esta cuestión en el centro y que se convierta en un problema social de primer orden.

Nos afecta a todas las mujeres. No nos dejen solas compañeras. Las invito a que se unan a la revuelta de las putas.

Muchas gracias. Buenas tardes.

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