Canción de los dos hijos: acerca de los debates sobre la creación del Instituto Dorrego

a64_marianoEl gobierno decidió crear un instituto de investigación histórica, llamado “Manuel Dorrego”. El objetivo: eivindicar figuras “olvidadas”. Allí estarán los historiadores ligados al kirchnerismo. Los cadémicos, por su parte, pusieron el grito en el cielo. Las acusaciones de uno y otro bando se multiplicaron. Aquí se va a enterar por qué se pelean realmente. Y va a ver que el caso es poco edificante…

Mariano Schlez
GIRM – CEICS

Hace ya 21 meses, la vida me bendijo con el nacimiento de dos hermosas hijas, Julieta y Carolina. A poco de salir de neonatología, los doctores nos insistían en enseñarles que, más allá de sus parecidos, ambas constituyen sujetos independientes. Tarea dificultosa para dos seres que tienen la misma sangre, comen del mismo plato y comparten experiencias similares durante un largo período de tiempo. Aunque ya resulta difícil encontrar un aspecto de mi vida en que ellas permanezcan ausentes, rememoré esto las últimas semanas, al leer las declaraciones cruzadas, a favor y en contra, de la creación del nuevo Instituto de Revisionismo Histórico. Todos coincidían en un aspecto: señalar las enormes diferencias que existen entre los organismos académicos y el Instituto recién nacido. No me pareció lo mismo, y no pude evitar ver en ellos a dos hermanos peleando por la atención del padre.

El hijo pródigo

La acusación que lanzaron los académicos se aplica, en realidad, a ellos mismos. Son ellos, no otros, los que desde 1983 detentan los principales resortes del Estado para la producción de conocimiento y divulgación. Son quienes deciden los planes de estudio de las carreras de historia en el país. Son los que juzgan quién debe investigar y quién no y qué proyecto es válido. Son los verdaderos dueños de la historia estatal. Son parte del Estado y reproducen la historia de la clase a la que pertenecen.
Formados en el exilio, con la vuelta a la democracia, el alfonsinismo les dio cátedras, institutos de investigación y puestos de decisión en CONICET. En su momento, usaron todo ese instrumental para borrar la lucha de clases de la historia, en función de proponer un modelo socialdemócrata. En particular, la teoría de los dos demonios. Borraron de un plumazo la revolución de la historia. También se esforzaron por demostrar que todos éramos “ciudadanos” y no obreros: los “sectores populares” reemplazaron a las “clases”. La “desigualdad” tomó el lugar de la “explotación” y las “elites” el de la “clase dominante”. Todo un canto a la democracia burguesa.

En 1989, acompañaron el clima ideológico menemista. Aunque se reservaron sus opiniones políticas (más cercanas al radicalismo), suscribieron sin chistar el credo posmoderno: ahora no existía la realidad, sino sólo “discursos”. La historia era una torsión de algo llamado “concepto”. Ya no intentaban darle letra al sueño socialdemócrata, sino de sentenciar “el fin de la historia”. Convirtieron a la ciencia en literatura, donde el conocimiento pasó a ser un “relato”.
Bajo el kirchnerismo, mantuvieron todos y cada uno de los cargos académicos y de puestos de poder. Incluso, dirigen los contenidos del Canal Encuentro (Gabriel Di Meglio) y los documentales del Bicentenario que ese canal sacó. Aunque la mayoría se enrolen en las filas de la oposición (Binner o Carrió), tienen en realidad mucho que agradecerle al kirchnerismo.

Su trabajo no se reduce a formar historiadores y el conocimiento que después otros divulgarán. También avanzaron sobre la educación, en particular, sobre los manuales escolares. Para fines de los ’90, Luis Alberto Romero o Mirta Lobato dirigían colecciones populares (Clarín) y los principales manuales. En definitiva, son los verdaderos dueños de la historia. Hasta ahora, les han dado todos los gustos.

El resentido

Sin embargo, el Argentinazo no vino solo. La conciencia de las masas requería otro tipo de historia, menos escéptica y sosa, más cruda y que mirara de frente los grandes problemas. Haciéndose eco de ese proceso, el kirchnerismo se dio la tarea de construir una cultura K, que tuvo su fundamento en una “revisión” de la Historia Argentina. Felipe Pigna y Norberto Galasso fueron los principales artífices de esta reconstrucción. El éxito editorial del primero es la mayor expresión de este fenómeno. Su trabajo deja mucho que desear: se limitan a repetir textos viejos y eluden la discusión con los académicos. Copian varias de sus conclusiones y los llaman “mitristas”, siendo que en la academia Mitre es una palabra prohibida. Es decir, ni siquiera pueden caracterizar seriamente a sus adversarios.
Su trabajo tiende a dar una batalla para encauzar el giro hacia la izquierda de la población hacia los marcos del reformismo. La miniserie Algo Habrán Hecho, aunque reivindicó el hecho revolucionario, lo moldeó a la medida de las necesidades del capital, intentando canalizar la disposición a la lucha de las masas bajo la dirección del gobierno. Los festejos del Bicentenario dejaron relucir el programa del revisionismo K: finalmente el pueblo ya tiene el poder en sus manos.
Con todo, estos intelectuales nunca han salido de su lugar marginal en términos de la estructura estatal. Ninguno accedió puestos institucionales con capacidad de sanción intelectual de peso. Algo de eso se empezó a gestar en las universidades del conurbano (La Matanza, Lanús), pero sus presupuestos y matrícula son ínfimos si los comparamos con las grandes universidades manejadas por los académicos (Buenos Aires, La Plata, Rosario, Salta, Tucumán, entre otras). Eso sí, reproducen en pequeña escala, todos los vicios de sus rivales. Su verdadero afán es tomar su puesto. Algunos de estos personajes son verdaderos reciclados del menemismo, como Pacho O´Donnell, que un ministro de Cultura de los ’90 quiera dar batalla a la historia liberal hace al asunto poco menos que ridículo.

De la misma sangre

Este año, para disimular un poco su giro a la derecha, Cristina cedió frente al reclamo de sus propagandistas: tener una especie de “academia” propia. Así nace el Instituto Revisionista “Manuel Dorrego”. Frente al ajuste en marcha, el kirchnerismo les asegura a sus historiadores un nicho académico que les permitiría disputar (incipientemente) los recursos al CONICET de la “historia oficial”.

Frente a esto reaccionaron, de una manera desmedida, los “académicos profesionales”. Con la resonancia acostumbrada que le dan sus pasquines, Sarlo, Romero, Sábato (y una larga lista de firmas), pusieron el grito en el cielo. Los apoyaron intelectuales amigos, como Mariano Grondona, el ex ministro de educación de la Alianza Juan José Llach y el profesor devenido en escritor estrella, Eduardo Sacheri.

Armaron una defensa tan irreal como la historia que hacen: se plantaron como libertarios frente a un supuesto avance estatal contra historiadores “independientes”. Olvidan quiénes son y quién se los permite. Omiten explicar algunos datos elementales. En primer lugar, lo que ya hemos dicho: ellos mismos son militantes de un programa político y constructores de una ideología afín a su propuesta. En segundo, que viven de los recursos del Estado desde hace treinta años, utilizándolos para difundir, por todos los medios posibles, su (política) visión del mundo. Tercero, ellos son los primeros censores de todo lo que no cuadre con su perspectiva. Durante años, se han dedicado a difamar y perseguir al marxismo. Por último, ellos mismos viven del kirchnerismo, CONICET, las universidades, sus documentales en Canal Encuentro y sus libros de divulgación editados por Capital Intelectual. Cuesta creer que compañeros de izquierda simpaticen con estos personajes y omitan este tipo de cosas cuando intentan sentar posición1.
Naturalmente, también el revisionismo K tiene su recorte seisieteochesco de la realidad. Como Cristina no puede presentar como un hito antiimperialista crear un instituto para sus amigos (como el ex radical y ex menemista, Pacho O’Donnell; el director de Tiempo Argentino, Roberto Caballero; el de Miradas al Sur, Eduardo Anguita; el Gerente Jurídico del INCAA, Francisco Pestanha; el Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia; el presidente de la Comisión Bicentenario, Ernesto Jauretche; el periodista oficialista, Hernán Brienza o el multifacético Aníbal Fernández), elije simular un nuevo combate contra otra “corpo”. Finge ampulosamente reivindicar el “marxismo de Indias” de Abelardo Ramos, para disimular que sostiene la discriminación política a los historiadores de izquierda en el CONICET2. Todos fueron nombrados a dedo. Ninguno pasó ningún concurso. Todavía no se han abierto concursos públicos para dar trabajo a los miles de investigadores que forma año a año el país, ni parece que se vaya a hacer. Sin esta medida elemental, el Instituto no tendrá nada que envidiarle a la inquisición académica. En vez de levantar la voz, unos y otros deberían, ante todo, dejar de perseguir científicos, abandonar los nombramientos a dedo, dejar de ser partícipes de los ajustes presupuestarios y asegurar condiciones dignas para los investigadores, entre las cosas más elementales.

A ellos no los une el amor ni el espanto, pero sí el hecho de que ambos sirven al mismo patrón. Ninguno hace ciencia, dado que, a su manera, ambos reproducen el núcleo duro de la ideología burguesa. Lo que hace falta no es reivindicar a tal o cual autor, sino una historia científica. O, lo que es lo mismo, una historia marxista. Todo este asunto, en el cual unos se quejan de lo que nadie les saca y otros, de pura envidia, se atribuyen un combate que nunca emprendieron, conforma un cuadro bizarro, más cercano a las reyertas entre Jorge Rial y Ricardo Fort que al debate Dobb-Sweezy.

NOTAS

1 Véase Feijoo, Cecilia y Rojo, Alicia: “El revisionismo histórico como ideología gubernamental”, en www.ips.org.ar/?p=4357.
2 Como ha ocurrido recientemente con nuestro compañero Fabián Harari. El lector puede consultar la denuncia que hizo ATE-CONCIET en www.anred.org/breve.php3?id_breve=6852.

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