Calendarios

Por Fabián Harari – El nombre que recibe aquello con que medimos nuestros días, meses y años tiene su origen en unos rollos de papiro, que cumplían la función de cuaderno: era la contabilidad del prestamista de la Antigua Roma. Figuraba allí la deuda y el compromiso del desgraciado. El primer día de cada mes, el usurero pasaba por las casas de los deudores dando pregones para exigir lo suyo. La cruel jornada era anticipada por la salida de la luna llena. Aquellos días fueron denominados calendas, a raíz de las llamadas (en latín calo) que hacían los acreedores. De allí, la palabra calendario, como se llamó a la fatídica “libretita” que indicaba quién debía y cuánto.

El calendario político de la burguesía, por excelencia, está organizado en torno a los ritmos constitucionales. El principal evento, el más importante, debería ser, entonces, la elección del mandatario. La Argentina se encuentra a punto de elegir la sucesión del gobierno nacional. Hace algunos meses que deberíamos haber asistido al comienzo de las campañas electorales. Sin embargo, todavía a fines de agosto, no sólo no se habían lanzado los candidatos, sino que ni siquiera estaban delineadas las fórmulas opositoras. Había pasado la fecha límite para la presentación de alianzas y la oposición burguesa seguía discutiendo candidaturas. Al final, se produjo la mayor fragmentación posible. No resistió el estallido ni siquiera una coalición tan pequeña como la del Potrero de Funes. El gobierno, por su parte, apuesta a esconderse hasta último momento. Curiosa elección en la que nadie se atreve a salir al ruedo. En las estructuras partidarias reina la desintegración y, en las masas, un ánimo que oscila entre la apatía y la irritación.

Desde 1983, los partidos han venido realizando elecciones internas de envergadura. En 1995, en el apogeo de la hegemonía burguesa, los partidos comenzaron a realizar internas abiertas, que llegaron a ser masivas. Mostraban así un elevado grado de vitalidad. En cambio, desde 2001, ninguno de los candidatos actuales fue elegido por internas (ni abiertas ni cerradas), ni por ninguna convención partidaria. Ya no vale la pena recordar los multitudinarios actos de cierre de campaña de Alfonsín, Menem y hasta de De la Rúa. No sólo no se asiste a esos actos (que ahora son con entrada), sino que el político que aparece en escena más de lo recomendable suele ser sancionado. La explicación del fastidio reinante es que los lazos que unen al personal político burgués con la clase obrera y la pequeño burguesía atraviesan un alto grado de debilidad. Kirchner pudo realizar una tímida reconstrucción en sus primeros años de gobierno por la vía de apelar a ciertas demandas políticas. Pero en el último tiempo, ese modesto capital se fue erosionando aceleradamente. Así, en Capital, en Santa Fe y en Córdoba, triunfó el voto antikirchnerista.

La pérdida del lazo sustantivo entre las masas y la política burguesa tiene su contraparte en la desaparición de las estructuras partidarias del régimen. La oposición, como vimos, ha quedado reducida a la anomia. El kirchnerismo, por su parte, protagonizó un fracaso poco visto en la historia argentina: en ausencia de oposición y gozando de una de las mayores concentraciones de recursos y poder político que se tenga memoria, no pudo armar una estructura estable. En varias provincias llevó dos listas (La Rioja, Córdoba). Algunas de ellas, llegaron a presentarse como opositoras (Juez, Binner, Telerman). En la Provincia de Buenos Aires, tiene 100 candidatos a intendente para 30 municipios. Estos últimos meses, la falta de organicidad se transformó en una guerra abierta. La política burguesa se ha convertido en una serie de carreras personales y reyertas facciosas sin contenido alguno. Es que se han quebrado dos relaciones políticas sustanciales: la que unía a la burguesía con las masas y la que mantenía cohesionado al personal político burgués.

Cristina deberá liquidar aquello que dio vida al gobierno de su marido. Para el año 2008 asistiremos a una suba de las obligaciones financieras y a un encarecimiento del crédito. Asimismo, como la inflación avanza, todos los sectores quieren aumentar sus precios, lo que incluye las tarifas del servicio público. El gasto en seguridad social y remuneraciones ya comenzó a bajar. No sorprende, entonces, que la candidata tenga el aval explícito del mundo empresario. Así, irá por primera vez al coloquio de IDEA, ámbito que Néstor había calificado como hostil. Las críticas anticipadas aparecen en el arco sindical oficialista (Moyano y CTA). Curiosamente, su apoyo sindical está en los “gordos”, ex menemistas y duhaldistas. De hecho, se especula que este giro barrerá con De Vido y todo el espectro chavista. La candidata cultivó fuertes relaciones con el lobby sionista norteamericano.

Tal como lo anticipamos en diciembre de 2006, el año 2008 desatará ajustes, crisis y enfrentamientos. Los fenómenos de Santa Cruz son un laboratorio de lo que vendrá, tal como fueron, en su momento las luchas de Cutral-Có y Tartagal a fines de los ’90. Puede verse allí la profunda crisis del régimen, la apelación a la acción directa, la intervención de la Iglesia y de organizaciones “multisectoriales” que intentan canalizar la lucha hacia el reformismo y, claro está, la presencia de un fuerte componente revolucionario. Sin embargo, aquí, a diferencia del proceso anterior, hay una serie de elementos superadores. En primer lugar, la presencia dominante de la clase obrera ocupada. En segundo, la clase logra atraer a su campo amplias capas de la población, pero de forma más activa. En tercero, la tendencia insurreccional es más profunda: en dos años se han destituido dos gobernadores y se ha obligado a huir al mismísimo presidente y a su candidata. El calendario burgués, destinado a señalar el momento en que el personal político elegido pasa a cobrar sus servicios, marca en octubre un momento especial. Después de cuatro años de bonapartismo izquierdista, se viene el giro a la derecha ante una sociedad que no parece dispuesta a aceptarlo. Será, probablemente, el inicio de otro tiempo político y de otro calendario, el que apunta las cuentas del proletariado.

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