Brukman por dentro

 

Silvina Pascucci

 

Brukman es una fábrica de confección recuperada por sus trabajadores. Tras años de despidos, vaciamiento y salarios adeudados, los trabajadores decidieron ocupar la fábrica, tomar las máquinas y relanzar la producción. Diciembre de 2001, en el contexto del Argentinazo. Los trabajadores de Brukman contaron, al igual que otras fábricas ocupadas, con el apoyo del movimiento piquetero y de las asambleas populares. Al igual que todos los compañeros en su misma situación, debieron decidir entre distintas alternativas: una posibilidad era transformarse en cooperativa, lo que, entre otras desventajas, obliga a los trabajadores a afrontar la deuda que los empresarios dejan; otro camino era la expropiación bajo control obrero. Si bien se presentaron en la legislatura proyectos para que ésta tuviera lugar, desde el gobierno se trabó esta alternativa y se amenazó con el desalojo a los trabajadores. En mayo del año pasado, en medio de una feroz represión éste finalmente tiene lugar. Tiempo después los trabajadores recuperan la fábrica, pero bajo la forma de cooperativa.

Este mes El Aromo visitó la fábrica y tuvo la posibilidad de dialogar con algunos de sus trabajadores. Recorrimos Brukman por dentro, de la mano de Matilde. Dedicada a la confección de trajes clásicos para hombres, hoy trabajan sesenta y dos personas. Cerca de cuarenta son los trabajadores de la empresa que se quedaron durante la toma y no aflojaron. Al inicio, los obreros que participaban del conflicto eran alrededor de ciento treinta, pero luego, debido al desgaste, los que continuaron la lucha hasta el final fueron muchos menos. Esos compañeros lograron sostener la producción y han incorporado veintidós nuevos trabajadores, muchos de ellos, antiguos empleados de la firma. Actualmente la producción diaria alcanza 80 pantalones y 80 sacos.

 

La fábrica

 

El trabajo se divide en tres grandes secciones, instaladas en cada uno de los pisos del taller. La producción comienza en el tercer piso donde trabajan tres o cuatro obreros que dibujan los moldes y cortan las piezas. En un cuartito separado que da a la calle Jujuy, se encuentra una computadora y una especie de camilla rectangular de plástico. El diseño deseado se realiza en la computadora, se coloca papel de molde sobre esa suerte de camilla y la máquina tiza sobre él en forma automática el diseño indicado en la computadora. Esta tarea es una de las pocas que está totalmente automatizada.

El resto del piso lo ocupa un gran salón rectangular con cuatro grandes mesas de corte. En ellas reina Juan, el “cortador estrella”, según la presentación de Matilde. Sobre las altas mesas de madera, que le permiten trabajar de pie con comodidad se disponen las telas en pilones de 70 y hasta 80 capas. Juan empuña una sencilla máquina de cortar, que posee un mango para sostenerla y una rueda giratoria con filo, y con ella corta de una vez esas 70 u 80 capas de tela.  Como vemos, esta tarea si bien mecanizada no está automatizada, por eso hay lugar aún a la destreza del operario quien despliega su pericia al manipular la máquina. Por ello se mantiene cierta calificación del oficio, y la habilidad personal, como la de Juan, resulta apreciada. Es significativo que la empresa tiempo antes de ser tomada por sus trabajadores había comprado una máquina automática de corte, que según nos explicaron, tomaba la tela del mismo modo y a la misma velocidad que una fotocopiadora el papel y realizaba el corte. Esta máquina fue retirada del local porque la empresa nunca terminó de pagarla.

Una vez cortadas las piezas son numeradas por Gladys, quien identifica también los talles, para evitar errores en la costura. La compañera, con una maquinita de enumerar que posee un rollo de papel autoadhesivo, aplica etiquetas con números en los cuellos, mangas, bolsillos, tapas de bolsillos, forros, partes delanteras y traseras.

Las piezas cortadas y numeradas se llevan luego al segundo piso donde se encuentra la sección de costura. Este piso cuenta con muchos más tubos de luz que los otros. Esto se debe a que la tarea de costura exige mucho la vista y requiere por ello una buena iluminación. El salón está dividido en dos sectores, un para la costura de pantalones y otro para los sacos. En el centro se encuentra una mesa rectangular cubierta de pilones de piezas. Las máquinas de coser están dispuestas en hileras de a dos o tres. Con alrededor de 40 trabajadores, es el sector que más personas ocupa. Hay desde las viejas máquinas eléctricas similares a las Singer de uso familiar a otras mucho más modernas, incluso algunas automáticas como la que se emplea para coser los bolsillos.

Las trabajadoras toman las piezas y se sientan a la maquina que corresponda según la pieza. Hay máquinas especiales para distintas piezas y diferentes tipos de costura. En general cada uno cose siempre la misma pieza, pero si alguien terminó su tarea y no tiene mas piezas para coser, puede buscar otra y cambiar de máquina. La mayoría de las máquinas estaban en funcionamiento, aunque había algunas apagadas, entre ellas varias que se encontraban averiadas.

El tercer y último paso es el pegado de botones, planchado y terminado de las prendas, es decir, todas las tareas que permiten dejar los sacos y pantalones listos para la venta. Éstas se realizan en el primer piso, donde se encuentran varias máquinas de planchado y pegado de botones, a vapor y automáticas. Además del terminado, también se realizan algunas operaciones intermedias como planchar algunas piezas especiales (cuellos o bolsillos) antes de la costura, en máquinas de planchar de menor tamaño. Una vez terminada, la prenda se traslada a planta baja, a un gran depósito donde cuelgan cientos de perchas con sacos y pantalones de distintos talles, colores y diseños.

En este depósito estuvimos largo rato charlando con Matilde y Amelia, la encargada de ventas mientras de fondo, se oía un tango de la década del ‘30 que impregnaba el ambiente de una dulzura añeja. Pero no sólo la música nos remitía a aquella época. Tanto la organización del trabajo como su distribución espacial mantiene la misma estructura que tenían los talleres de los ’30 y ’40. Por esos años los establecimientos comenzaban a concentrar el trabajo que antes estaba disperso en los hogares de los obreros y aumentaban su dotación de maquinaria. Comparada con otras ramas de la economía, la confección ha experimentado desde entonces pocos cambios técnicos. Mantiene, a su vez, una composición orgánica del capital relativamente baja (requiere proporcionalmente más inversión en salarios que en maquinarias y bienes de capital). Por eso es una rama atrasada (a su vez, dentro de ella, Brukman no resulta una empresa particularmente avanzada).

 

Un horizonte lleno de peligros

 

Brukman funciona hoy como una cooperativa que lleva el nombre de “18 de Diciembre”, aunque los trabajadores prefieren seguir llamándola Brukman, ya que como dijo Matilde “nosotros con nuestra lucha le ganamos la marca.”  Esto le ha permitido a los compañeros un respiro que sirve para dedicarse a sostener la producción, para evitar los desalojos y las amenazas de represión, y para proteger sus puestos de trabajo. Sin embargo los peligros que encierra una cooperativa son importantes. Por un lado, la cooperativa, si se aísla de la lucha de toda la clase trabajadora por el control obrero de la producción, puede desembocar en un gerenciamiento capitalista, encabezado tal vez por algún sector de los trabajadores o por algún prestamista, proveedor o cliente. Como simple ejemplo de esta evolución, baste mencionar que SANCOR tiene un origen cooperativo. La injerencia de Luis Caro y la firma de un acuerdo entre la cooperativa y el gobierno, que acorrala a la fábrica a manejos punteriles y extorsivos, puede acelerar un proceso de conversión de la cooperativa en una empresa capitalista, aunque por supuesto que esto es resistido por buena parte de los trabajadores.

Otro problema en el caso de Brukman es que no se ha llegado a una solución legal definitiva. La ley de expropiación no fue votada en la legislatura, y en cambio se dictó otra que sólo permite la “ocupación transitoria de las máquinas y la fábrica”, con lo cual la expropiación del capital no se ha realizado. Además el Estado se desentiende de cualquier cuestión financiera, limitándose a pagar un subsidio insignificante, que ahora incluso ha cambiado por un préstamo que generará una deuda a los compañeros.  Está claro además que el gobierno no tiene ninguna intención de enfrentarse al grupo Brukman, sino todo lo contrario.

 

El problema de la competitividad

 

Las cooperativas, a su vez,  se ven forzadas a sobrevivir en medio de la competencia capitalista. Durante el último tiempo, la devaluación de la moneda ha amortiguado en gran parte esta presión, en la medida que ha restringido las importaciones de productos extranjeros. Además al disminuir la importación de maquinaria las empresas menos productivas tienen más posibilidades de competir porque toda la rama congela o incluso reduce sus niveles de productividad. Paradójicamente, esta situación que les trae un cierto alivio económico es lo que vuelve nuevamente atractiva la fábrica a sus anteriores dueños, que buscan recuperarla y presionan al gobierno en tal sentido.

Por el momento el problema de la competitividad se expresa en las dificultades para ampliar la producción. Si bien hoy se han empleado 20 trabajadores más aparte de los 40 que inicialmente formaron la cooperativa, todavía se está lejos de ocupar la misma cantidad de empleados que tenía la empresa (recordemos que 130 compañeros comenzaron la toma). Además, según Matilde, han debido rechazar propuestas para exportar sus productos, porque la maquinaria existente no les permite producir la cantidad necesaria. Por otra parte gran cantidad de máquinas se encuentran deterioradas y no tienen recursos para repararlas. Tanto la compra de repuestos como de nueva maquinaria resulta demasiado costosa.

Este problema no es monopolio de Brukman, ya que todas las empresas recuperadas, pero también cualquier cooperativa o pyme, sufren las consecuencias de competir en un mercado de capitales concentrados y cuya productividad es muy superior, así como lo son sus posibilidades de supervivencia y crecimiento. No por nada empresas como Brukman, Zanón, Chilavert, entre otras, han cerrado porque sus dueños no pueden mantener esos niveles de competitividad, con lo cual los trabajadores que las recuperan deben arrastrar esa herencia. En el caso de Brukman esto se ve claramente en el corte, donde se mantiene una forma tradicional de trabajo debido a que en su momento Brukman debió devolver la máquina automática que había comprado para esa sección.

En muchos casos, como en Brukman, pero también IMPA y Grissinopoli, estas debilidades económicas se compensan con el apoyo político de organizaciones que las ayudan también económicamente al gestar, en torno a estas fábricas, actividades culturales que contribuyen a su financiamiento. Los problemas de la cooperativa están empezando a manifestarse en Brukman todavía en forma embrionaria. Los compañeros han librado una valiente lucha por la defensa de su trabajo, han tomado en sus manos la producción demostrando que los patrones no son necesarios. El fenómeno de las fábricas ocupadas muestra cómo bajo nuevas relaciones sociales se puede recuperar las fuerzas productivas condenadas al óxido y la chatarra por el propio desarrollo del capital. Pero sólo un contexto de lucha generalizada que acompañe a Brukman y a todas las empresas ocupadas por el camino del control obrero, puede evitar la clausura de este tipo de experiencias. Esta senda es la que permite una salida a la crisis, la otra conduce a la quiebra o a una difícil supervivencia a costa de la autoexplotación de los trabajadores. Ahora, más que nunca, todos debemos estar con Brukman.

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