Black Mirror, el espejo negro del capital

Jeremías Román Costes

Frente de Cultura Proletaria

Una serie que construye la relación con el espectador a partir del culto a la apreciación individual, a la exaltación de la identidad como sinónimo de humanidad, termina por angustiar, diciendo que el mal, que es merecido por ser egoístas, individualistas, pragmáticos.


Las caras de la moneda

Black Mirror, es un elaborado intento de mostrar que la máquina es el problema y no la clase que domina la sociedad. La serie tiene hasta hoy cuatro temporadas ordenadas desde el primer capítulo de la serie “El himno nacional” hasta el último “Cabeza de metal”. Estos dos capítulos pueden darnos una perspectiva bastante completa acerca de las estrategias narrativas y audiovisuales que la serie utiliza para transportar su idea al público. Son las que permiten movilizar los contenidos que (según miradas pretenciosas) la colocan como una valiosa fuente de saber crítico del mundo actual. Plasmando un ideario de vida en la que la tecnología aparece como un poder abstracto, capaz de ponernos de rodillas en un abrir y cerrar de ojos. Bien vista, la serie, no es más que una sátira contemporánea acerca del hombre y sus creaciones tecnológicas. Propicia una mirada reduccionista e individualista frente a las contradicciones entre las relaciones sociales y las fuerzas productivas, pero la hace pasar por sesuda, critica y divertida.

En el primer capítulo el primer ministro británico duerme plácidamente en su habitación hasta que una llamada lo incomoda: secuestraron a la princesa Susannah. No hay, como se verá después, detrás del secuestro, más intención que la de ridiculizar al político en cuestión. A partir de este momento comienza una parálisis política propiciada por el “poder de los medios”. Las decisiones a las que se somete el primer ministro y su cúpula de confianza, e incluso las fuerzas represivas, son tomadas de manera contingente, obligados por la astucia de un secuestrador que tiene el don de generar tendencia en las redes. El argumento general del capítulo es: los medios someten a los políticos. O algo similar: la política se somete al orden mediático. El secuestro es una excusa para magnificar el poder de los recursos tecnológicos de la comunicación actual: hoy las redes tienen más poder que la realeza y el estado burgués inglés juntos. Apegado al sentido común el autor obvió aquí el carácter dialectico inmanente en las relaciones sociales, aísla los elementos priorizando la acción de los “aparatos mediáticos”. Fetichiza para no descubrir. El culto a la pantalla es más importante que entender el vínculo mediado entre un sujeto y otro, entre “la gente” y el poder político.

Una de las características formales que encontramos constantemente en la serie es la velocidad con la que se construye el drama. Este recurso recrea cierta analogía con nuestra relación cotidiana con los medios de comunicación y la utilización de aparatos tecnológicos. Pero sobre todo intenta disipar la posibilidad de razonar acerca de la veracidad narrativa de los hechos y situaciones transitados por los personajes en cada historia. Todo pasa rápido sin que podamos corroborar la relación estructural entre los hechos. Aprovechando la ausencia de leyes fijas para contar una historia, se hace un uso maniqueo del tiempo, y del desarrollo dramático, frente a un relato aparentemente realista se genera una contradicción que en lugar de alertarnos nos atrapa en el orden de cosas, aun siendo éstas argumentalmente ilógicas. En apariencia estamos frente a la realidad, pero en realidad estamos frente a una apariencia, y todo se lo debemos al mérito de la “costura”, a la impermeable superficie que teje el director

La vida en Black Mirror es materia líquida, idea fofa y posmoderna si las hay, pero que viene en auxilio como metáfora, no como categoría; transcurre y se desliza en constante cambio, pero estructurada por el orden inalterable de las relaciones sociales capitalistas. Rigidizando el fondo de la tecnología ablanda su imagen exterior, por eso vemos mundos exuberantes y bellos sostenidos en un orden de explotación inalterable, y aquí claudica el contenido frente a la forma. Se pone en debate antes que la finalidad del desarrollo de los medios de producción, la subjetividad de individuos frente a ellos. Los personajes actuan por la presión de los objetos hasta que llega el mensaje moralista. El final de “El himno nacional” parece volcar la culpa de todo el drama sobre los tele espectadores del suceso final, haciendo de la civilidad, de la identidad ciudadana la razón de ser de toda sociedad, de toda tecnología, de todo gobierno.

“Cabeza de metal” comienza así: el blanco y negro de la imagen expone un contraste de formas muy marcado. El paisaje se ve desolado y conocido, un campo cualquiera en un día oscuro. Dentro de un auto dos hombres y una mujer se dan aliento para emprender la misión: buscar un objeto que mantendrá con vida a un compañero. Mientras viajan tienen este diálogo (en un capítulo prácticamente sin diálogos):

-No me gustaría ser un cerdo

-¿Qué tiene de malo ser un cerdo?

-Es indigno (…) van por allí con el hocico a la misma altura que el trasero (…) irías por allí oliendo traseros (…) ¿Qué tipo de sociedad es esa?

-¿Una igualitaria?

A partir de aquí el drama y la acción se desencadenan sin pausa. Es una loca carrera de especies, a muerte: el hombre versus la máquina en el fin del mundo. No se exponen hechos que justifiquen las acciones de los personajes, ni la situación en la que se hallan los mismos, se llegó adonde se llegó porque sí, todo el relato se reduce al accionar espontáneo de los personajes, nos encontramos frente a tópicos muy de moda: desesperación, cinismo y apocalipsis en primera persona.

Todos los elementos que permiten construir una historia se reducen al máximo, cada imagen es un signo que aporta datos a la idea central de desamparo y desesperación. Es eficaz sustentar todo el drama con la parte mínima, el principio básico del suspenso, y colocar lo más escueto posible algún personaje (siempre plano, sin capacidad de desarrollo en la historia), un objetivo declarado explícitamente, y un conflicto para la consecución de ese objetivo. El suspenso funciona logrando atraernos a un instante, tenernos pendientes de cómo se resuelve cada pequeño conflicto dentro del capítulo, aunque no aparezca nada más allá de esta motivación y nunca encontremos un argumento, es decir una respuesta de mayor alcance.

El capítulo consolida una unidad muy eficiente desde su título, haciendo referencia con cada elemento a una suerte de desarrollo anti argumental, un mero estar en acción de los personajes, un “arrojar” personajes al paisaje. Y es muy efectivo en su estrategia, logrando generar cierta molestia, malestar frente a semejante encierro simbólico. Tienta subjetivamente al espectador, aunque no lo dirige en forma lineal, a pensar en el futuro como el lugar sin espacio para la humanidad, entendida ésta como algo que ya hoy (en cada capítulo) no es más que mero accionar. Aquí es donde se desarrolla el lado pesimista de la crítica social de la serie, la versión derrotista de la capacidad intelectual, tal vez similar a la noción de ilustración negativa: tenemos razón solo para destruir, la igualdad es miseria generalizada. ¿Pero dónde ubica esa mirada pesimista la serie? En el futuro, en donde según Keynes todos estaremos muertos. Y no resulta arriesgado terminar la suma de factores: si el futuro es será negro refugiémonos en el ahora, el presente se revaloriza, se celebra.

La transposición de la idea en forma se traduce en una danza apologética del sin sentido que todo el tiempo actúa de manera autorreferencial: la pesadez del contraste, la soledad de los personajes, la escasez de medios, la debilidad de las víctimas, la fortaleza del enemigo, la lejanía del objetivo. No hay cómo superar esa situación adversa. La relación entre pares reduce a un espontaneismo fútil, causada por la subjetividad humana (el miedo) frente a la frialdad del enemigo maquinal (razón práctica). Los humanos pagamos por nuestra cuota de humanidad, y todos percibimos el triste (algunos dirán aleccionador) final. En síntesis, una serie que construye la relación con el espectador a partir del culto a la apreciación individual, a la exaltación de la identidad como sinónimo de humanidad, termina por angustiar, diciendo que el mal es merecido por ser egoístas, individualistas, pragmáticos. Juzga y da sentencia, culpa y señala sin proponer una alternativa superadora a las contradicciones que expone.

¿Cuál es el espejo negro?

Las fantasías pesimistas de una pequeña burguesía en vías de proletarización son expuestas sin respiro ni construcción argumental. Retorciendo en idas y vueltas barrocas las acciones de personajes alienados, en un mundo que se auto destruye de manera espontánea. No hay, salvo contadas excepciones, una puesta en valor de la responsabilidad social del fracaso o el éxito del descubrimiento y el uso tecnológico porque todo es dirigido por esa mirada incapaz de ver la potencia y acción de la clase obrera como liberadora del conjunto de la vida humana.

Acepta su fracaso y no reconoce la necesidad de acción frente a éste. El mundo pequeño burgués escrito y dirigido por y para ellos. En el que nadie se hace cargo del desastre, sino que se lo aprovecha para convertirlo en doctrina moralizante. En el que nadie dirige la pregunta “adonde se ha llegado” sino que invierte la fórmula culpabilizando individualidades, debilidades subjetivas. El mundo distópico termina siendo el favorito para la narración propia de esa clase pendular por excelencia.

La metáfora que define el contenido de la serie es su título. Es la carta de presentación de la obra y sus temporadas, y ha sido comentada por quienes guionaron y dirigieron algunos capítulos más de una vez. Se trata del espejo negro, de ese elemento característico del mundo contemporáneo que son las pantallas apagadas. De cómo nos contiene ese espejo negro a nosotros los espectadores y usuarios de tecnología y series. Nos vemos reflejados en el objeto cuando este está apagado, desconectado, cuando ha perdido su brillo. Nuestro rostro, o la caricatura de él, aparecen cuando desaparece el poder de la máquina. La idea de alienación ha hecho tanto en esta producción que se hace imposible para los artistas de la serie dar una explicación social al complejo fenómeno de la relación entre el hombre y sus creaciones más allá del determinismo social impuesto por el capital. Apagada nos refleja, y alienados la reflejamos nosotros.

En lugar de quitar humanidad un objeto tecnólogico puede devolver lo poco de humanidad que queda entre tanto desastre del capital cuando el objeto es herramienta de comunicación, de placer, de transformación o de producción, y no fetiche. Hoy el problema de la tecnología y la ciencia no es su grado complejo de desarrollo sino quien guía la producción y para qué fines. Bien mirada la serie no trata de un laberinto sin salida sino de un mundo con cada vez más posibilidades de liberación que no se concreta por estar mirándonos el ombligo, obsesionados con las identidades. El enorme incremento de la productividad debe darnos enormes cantidades de tiempo libre, el desarrollo científico alargar enormemente la vida, la capacidad tecnológica y el desarrollo de nuevos materiales, más y mejores herramientas para todos en cualquier disciplina. Pero el director decide contarlo usando estratégicamente la inversión ideológica: el desarrollo productivo en manos del capital produce alienación de los sujetos pero solamente mostramos individuos psicológicamente endebles, manipulados por pantallas autónomas, el problema de las relaciones sociales bajo un régimen excluyente queda reducido al de usuarios ignorantes.

Las condiciones materiales, incluidas las que la serie fantasea como trágicas, están dadas no para quedar encerrados en un laberinto de muerte sino para superar hasta lugares inimaginados nuestra dependencia biológica con el medio, para alargar nuestro horizonte de libertades grandemente. De lo que se trata no es de combatir el avance tecnológico apelando a un narciso posmoderno que se ve hermoso en la desfigurada imagen de una pantalla rota. O de la acomodaticia idea de ver en el mal ajeno la salvación propia. De lo que se trata es de apagar la pantalla de las relaciones sociales actuales, de apagar la gran máquina de destrucción y muerte que es el capitalismo, el espejo negro de la historia.

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