Bitácora de lucha – Por Ianina Harari

Prólogo a Los sindicatos clasistas: SITRAC (1970-1971) publicado por Ediciones ryr

Le acercamos al lector, un extracto del prólogo de Los sindicatos clasistas: SITRAC (1970-1971) de Natalia Duval. Esta obra permite conocer la experiencia que llevó a los obreros del Sindicato de Trabajadores de Fiat Concord (Si.Tra.C.), a comienzos de los ’70, a recorrer el camino que va de la lucha gremial a la conciencia revolucionaria. Recuperar esta historia tiene, para nosotros, un valor que trasciende lo testimonial.

Por Ianina Harari (Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo – CEICS)

El libro de Natalia Duval que prologamos es, al menos, la décima publicación de nuestra editorial sobre el período que va de 1969 a 1976 y la cuarta que se centra en la provincia de Córdoba. No hay ningún secreto acerca de la importancia del tema en nuestro catálogo: se trata de uno de los períodos en el cual el proletariado argentino ha llegado más lejos en su lucha contra la burguesía, alcanzando la independencia política y proponiéndose la construcción de una sociedad nueva.

En marzo de 1970, los obreros de la planta Concord de Fiat, ubicada en la localidad de Ferreyra, Córdoba, destituyen en asamblea a la conducción sindical anterior y eligen una nueva comisión. A partir de ese momento, emprenden una dura batalla por la firma de un nuevo convenio, que mejore las condiciones de trabajo, y por el reconocimiento legal y la defensa de la nueva conducción elegida democráticamente en asamblea. En esa acción, en la que se enfrentaron no solo a la empresa sino también al gobierno militar, se acercaron a posiciones revolucionarias y se declararon clasistas. Para octubre de 1971, el gobierno miliar les quita la personería gremial y disuelve el sindicato, encarcelando a gran parte de los activistas. El libro que presentamos permite observar este recorrido.

Decir clasismo

El resumen de la trayectoria gremial de los obreros de Fiat da cuenta de que, para 1970, ya habían conocido en carne propia sucesivas derrotas a las que los llevaron las direcciones peronistas. Luego del Cordobazo, la relación del peronismo con las bases obreras no fue la misma. Algo comenzaba a quebrarse y se expresaba en la búsqueda de nuevos dirigentes gremiales no alineados con la desprestigiada burocracia peronista. Los obreros habían salido a la calle, protagonizando una huelga de masas con características insurreccionales. Habían comenzado a preocuparse por cuestiones que excedían lo meramente económico. La misma experiencia de lucha por la defensa de la nueva conducción sindical es una muestra de que peleaban por algo más que mejores salarios. En ese proceso puede rastrearse cómo a las reivindicaciones económicas fueron sumándose consignas políticas, lo cual queda en evidencia al recorrer los documentos que se encuentran al final de este libro. La diferencia entre el Cordobazo y el Viborazo de 1971 también expone esta evolución. Mientras que en 1969 los obreros de Fiat participaron aisladamente, en tanto otros gremios peronistas como el SMATA tuvieron un rol directivo, en 1971 jugaron un papel protagónico. En los dos años que separan ambos hechos, el crecimiento de la influencia de la izquierda revolucionaria es notorio: la presencia de organizaciones de izquierda y de consignas políticas fue mayor en las jornadas del ‘71.[1]

Ahora bien, ¿qué significaba que fueran clasistas? Se trataba, en la forma, de un resurgimiento de los métodos de acción directa y de la democracia sindical, cuyo contenido político expresaba la independencia de clase y el cuestionamiento de las relaciones capitalistas. Como señala Duval, no se trata de una novedad absoluta en la historia argentina, sino que se retoma la tradición revolucionaria previa, que tendió a ser desplazada del movimiento obrero, en especial por el peronismo, a partir de mediados de la década del ‘40. La presencia del clasismo en las fábricas es una muestra del avance de la fuerza social revolucionaria que emerge en 1969. Evidencia que los partidos revolucionarios que intervienen en la etapa no se encontraban aislados de los obreros, sino que su programa fue encarnado por una fracción, aunque minoritaria, de la clase.

Efectivamente, en el SITRAC intervenían varias corrientes políticas (maoístas, guevaristas, peronistas, trotskistas, etc.), pero pareciera que ninguna llegó a dirigir el sindicato. De hecho, si bien los principales dirigentes tenían un contacto cercano con la izquierda, durante esta experiencia no militaban orgánicamente en un partido. Su militancia comenzará, en general, luego de realizar un balance sobre el fracaso de esta lucha, en el cual algunos advirtieron la necesidad de organizarse en un partido.

En el libro Insurgencia obrera, editado por el IPS (perteneciente al Partido de los Trabajadores Socialistas, PTS), en un artículo sobre el clasismo cordobés, se afirma que la experiencia de SITRAC se asemejó a la de los consejos de fábrica turinenses,[2] pero que tuvo serias limitaciones. El PTS reconoce un problema cierto al decir que la experiencia de SITRAC “puso en evidencia las profundas limitaciones de las organizaciones que lo influyeron política e ideológicamente”.[3] Ahora bien, su crítica principal es que el sindicato no impulsó la construcción de un partido revolucionario:

 

“Si bien tanto el SITRAC como el SITRAM se convirtieron en destacados puntos de referencia para las capas obreras (…) no utilizaron ese peso específico propio para trasladar y profundizar el cuestionamiento del poder patronal en las fábricas impulsando nuevas organizaciones democráticas y de frente único que abarcaran a todos los sectores que se radicalizaban en su lucha contra la dictadura y que en los lugares de trabajo enfrentaban a la burocracia sindical.

A su vez esta perspectiva requería la resolución del crucial problema de la dirección política del movimiento obrero y de masas. Si bien el SITRAC.-SITRAM se ganó un merecido respeto por tratarse de una incuestionable dirección clasista del movimiento obrero, su clasismo no dejó de tener un sesgo abstracto al no plantear concretamente la construcción de un partido de los trabajadores, que levantase un programa revolucionario y se convirtiera en una alternativa de independencia de clase.”[4]

 

Es decir, los compañeros proponen retrospectivamente una alternativa que hubiera agravado el problema. No es cierto que el SITRAC no haya profundizado el cuestionamiento político a la patronal y a la dictadura. Sí lo es que no buscaron erigirse en dirección política. Hacer esto último hubiera implicado profundizar el error de confundir la lucha gremial con la política. No es tarea del sindicato conformar un partido. En todo caso, es tarea del partido dirigir un sindicato. Los compañeros toman de manera liviana las conclusiones de Trotsky y Gramsci sobre los comités de fábricas y su función en el proceso revolucionario. No son estos órganos los que deben encargarse de conformar el partido, sino que es el partido el que debe dirigirlos. El déficit de los partidos políticos del período no podía saldarse por la vía de convertir al sindicato en partido.

Los compañeros, en el mismo libro, esbozan también una crítica al sectarismo que caracterizó al SITRAC. Pero no parecen encontrar relación entre la política sectaria y la “desviación” sindicalista (entendida como aquella corriente que propone a los sindicatos como vía exclusiva de organización revolucionaria de la clase). Fue precisamente la confusión entre las tareas gremiales y políticas lo que llevó a que el sindicato asumiera ciertas conductas sectarias en relación con el resto del movimiento obrero. Esto pudo haberlo debilitado al restarle apoyo de otros gremios. Quizás el ejemplo más representativo de ello fue la conformación de la CGT cordobesa luego del Viborazo. Se estableció una nueva conducción integrada por el sector legalista (López, de la UTA) y los independientes (Tosco, de Luz y Fuerza). SITRAC se negó a formar parte de esta nueva dirección por considerarla burocrática. Efectivamente, López era peronista y Tosco no se había delimitado claramente del peronismo. Pero, no se trataba de trabar una alianza política con estos dirigentes, sino de ganar posiciones en la conducción regional de la central sindical.

La derrota del SITRAC no marcará la muerte de la fuerza revolucionaria ni del clasismo. Con matices, esta corriente resurge, por ejemplo, en el SMATA cordobés de la mano de Salamanca y, más tarde, en las Coordinadoras Interfabriles del conurbano bonaerense. Si bien entre el regreso de Perón y su muerte se produce cierto impasse relativo en la lucha de clases, recién con el golpe de 1976 la burguesía logrará la derrota definitiva de la fuerza revolucionaria. Tendremos que esperar a fines de los ‘90 para verla resurgir de sus cenizas.

Recuperar la historia del SITRAC tiene un valor no solo testimonial. Vivimos un momento en el cual ha resurgido el clasismo. Y un gobierno que se presenta a sí mismo como heredero de la lucha de los ‘70 y levanta las banderas de la memoria se ocupa de perseguirlo. El panorama no es muy diferente al de aquel momento. Por eso, esta historia debe servirnos como un cuaderno de bitácora de la lucha de los compañeros que recorrieron este camino.

Una de las virtudes de este libro es reponer la lucha de SITRAC en toda su complejidad, sin idealizaciones. Se observan los esfuerzos tendientes a superar todo tipo de dificultades que se presentaban a todo nivel: desde resolver los problemas más mundanos, como trámites legales y tareas vinculadas con la gestión cotidiana de un gremio, hasta enfrentar la represión de la dictadura y la lucha política en el interior del ámbito sindical. Y todo ello con aciertos y errores de los que es necesario aprender. La historia es implacable y no perdona a quien, llegada la ocasión, no comprenda con justeza las tareas necesarias y esté preparado para llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Puede discutirse si los compañeros de SITRAC acertaron o no en cada una de sus acciones, pero no que estuvieron dispuestos a dar la batalla hasta sus últimas consecuencias. Es esa voluntad política la que debe imitarse. Esperamos que este libro ayude a quienes tengan esta convicción a sacar las lecciones necesarias para los futuros combates, retomar la lucha de estos compañeros y llevarla a una victoria definitiva.

 

Notas

[1] Para un mayor detalle ver: Balvé, Beba et. al.: Lucha de calles, lucha de clases. Elementos para su análisis (Córdoba 1971-1969), Ediciones ryr, Buenos Aires, 2005.

[2] Los consejos de fábrica que se conformaron durante las grandes huelgas en Turín, Italia, a fines de la década de 1910 y principios de la de 1920. Ver: Gramsci, Antonio: “El movimiento turinés de los consejos de fábrica”, en http://www.gramsci.org.ar/2/19.htm.

[3] Moretti, Walter y Mónica Torraz: “La experiencia del clasismo cordobés”, en Werner, Ruth, y Facundo Aguirre: Insurgencia obrera en la Argentina 1969-1976, Ediciones IPS, Buenos Aires, 2007, p. 443.

[4] Idem, pp. 442- 443.

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