Bandera Roja. La Reforma Universitaria: Ciencia vs Sotana

Este año se cumplen 100 años de la Reforma Universitaria, una gesta que protagonizaron compañeros que nos precedieron en la lucha. A un siglo de esos hechos, corresponde que analicemos su lucha para sacar conclusiones útiles a la nuestra.

Entre los meses de marzo y septiembre de 1918 los estudiantes cordobeses se levantaron contra toda la estructura universitaria. ¿Cómo era la Universidad en ese entonces? En primer lugar, el gobierno pasaba por las “academias” de las facultades con miembros vitalicios, no eran elegidos por nadie más que ellos mismos y que no tenían vinculación alguna con la actividad universitaria. Eran notables, políticos o formaban parte de círculos de familias tradicionales.

En segundo lugar, la influencia de la Iglesia era enorme. El edificio universitario formaba un solo complejo con el convento jesuítico, su escudo contenía iniciales jesuíticas y el nombre de Cristo, existían materias como derecho canónico y teología y las ideas de Darwin no entraban en las aulas… Y solo por nombrar algunos de los elementos más oscurantistas de una lista realmente larga.

Con las cosas así, era solo cuestión de tiempo para que todo estallara. La chispa fue la eliminación del internado en el hospital escuela. Eso desató un proceso de movilización que puso a tambalear toda la estructura universitaria. Una serie de acciones estudiantiles empujaron una primera intervención del gobierno nacional y un fallido intento de reforma democrática, que puso a un rector oscurantista a la cabeza.

Tras ese primer impasse, los estudiantes, nucleados en la flamante Federación Universitaria de Córdoba (FUC), iniciaron un nuevo ciclo de agitación. Declararon la huelga general universitaria, y entre junio y agosto realizaron varias movilizaciones y actos, llegando a movilizar 20.000 personas. Y no solo estudiantes cordobeses, pues participaron también la Federación Obrera de Córdoba, el Partido Socialista y llegó la adhesión de federaciones y centros de estudiantes de todo el país.

Para ese entonces ya se reclamaba la plena participación estudiantil en el gobierno universitario, había una cuestión de democratización en juego. Pero ahí no terminaba todo. La lucha ideológica contra la Iglesia pasó a primer plano, encontrando en ella la causa del atraso científico en los claustros. En este combate fue clave la Gaceta Universitaria, principal herramienta de agitación del movimiento. El otro elemento destacable fue el recurso a la acción directa, como táctica para obligar al presidente Yrigoyen a intervenir nuevamente de cara a una nueva reforma. Los choques con grupos católicos y la represión policial fueron moneda corriente.

Yrigoyen trató de obstruir la lucha de la Federación dilatando la intervención, hasta llegar a una situación límite. El 9 de septiembre, en un hecho histórico, los estudiantes procedieron a tomar el edificio de la Universidad y a tomar el gobierno en sus manos. El presidente mostraba, ahora sí, velocidad… pero para reprimir. Sin embargo, el movimiento había llegado muy lejos, y no se iba a rendir a fuerza de palos. Fue entonces necesario conceder la mayoría de las demandas. Así fue que se estableció el gobierno tripartito, la asistencia libre y se habilitó una serie de cambios tendientes a la renovación científica de la universidad, como las cátedras paralelas.

Habiendo reconstruido los hechos, saquemos las lecciones que de ellos se desprenden. En primer lugar, no hay que rehuir de la acción directa. Las huelgas, las movilizaciones y las tomas, en tanto herramientas de la lucha, rinden frutos. Segundo, la lucha ideológica es un combate fundamental. Así como los compañeros en 1917 tenían por delante a la Iglesia católica hoy nosotros nos enfrentamos al posmodernismo. Los estudiantes somos intelectuales y como tales debemos actuar. Estas son las banderas que tiene que levantar el movimiento estudiantil para conquistar una universidad acorde a sus intereses, científica y orientada a la transformación social.

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