Artigas, los caudillos y las masas – Fabián Harari

Artigas, los caudillos y las masas. Una crítica a la historia “nacional y popular”

 

Por Fabián Harari

Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo – CEICS

 

Este año hemos asistido a la reedición de los dos primeros libros de un ícono de la historia populista, Rodolfo Puiggrós: La España que conquistó al Nuevo Mundo y La cruz y el feudo. Este lanzamiento es el primer paso del gobierno nacional para la publicación íntegra de las obras del historiador peronista, consejero del general Perón y funcionario del gobierno de Cámpora. Para que no se dude de la mano estatal, la presentación del material estuvo a cargo de José Nun y Daniel Filmus. El esfuerzo por restituir y difundir la historia “nacional y popular” se extiende a los cursos que está dando Norberto Galasso en el espacio de la Dirección de Cultura. La administración K parece ensayar un operativo de retorno (con gloria) de la historiografía revisionista (pero de “izquierda”, claro). El período sobre el cual cae la mirada de estos trabajos es el de los orígenes de nuestra sociedad, en sintonía con el proyecto cultural del Bicentenario. Ésta fue la historia que formó a buena parte de la vanguardia revolucionaria en los ‘70 y que pretende formar, hoy, al conjunto de los educadores. Ante tanto despliegue, y tanta historia detrás, vale la pena averiguar qué historia es la que se quiere reeditar y cuáles son sus aciertos (si los tiene) y sus deficiencias.

 

El peronismo traza su genealogía

 

La historiografía peronista pone el acento en las contradicciones nacionales y regionales, antes que en las sociales. Su programa de investigación aspira a descubrir las causas de lo que considera el principal obstáculo para el desarrollo social: la dependencia. Su historia es el combate entre las potencias extranjeras y sus aliados locales (Sarratea, Rivadavia, Lavalle) contra la resistencia de las clases populares, que defienden los intereses de la patria. Estas clases, sin embargo, depositan su representación en un caudillo, quien encarnaría sus aspiraciones (Facundo Quiroga, “Pancho” Ramírez, Rosas, Luis Felipe Varela y, obviamente, Perón). La defensa de los intereses de la producción nacional, consigna de estos dirigentes, traza una suerte de continuidad con el gobierno peronista. La relación masas-caudillo se extiende a la relación clase obrera-Perón. La izquierda había intentado crear una tradición de la clase obrera argentina que se filiara en las luchas protagonizadas por sus hermanos declase alrededor del globo. El revisionismo por el contrario, lo hizo en las luchas de clases precedentes, en las montoneras. José Gervasio de Artigas, ocupa, en ese panteón, el primer y único lugar indiscutido en la vertiente de “izquierda” del peronismo. Aquel federalismo donde “germina la unidad auténtica, la del pueblo en busca de su conciencia nacional, la de los de abajo identificados en las primeras y espontáneas explosiones de la lucha por una sociedad sin explotados ni oprimidos”1. Las montoneras, tipo humano superior, habrían luchado por el socialismo (Puiggrós) antes de su nacimiento y la causa debería buscarse en el medio geográfico (Abelardo Ramos).

Lo que nos interesa discutir aquí no son las consecuencias del discurso historiográfico peronista (nocivo para la independencia política de la clase obrera), sino la veracidad de sus afirmaciones. El problema principal de la identificación masas-caudillo no es que nos sea antipática, sino que es falsa. La clave del asunto se halla en la derrota del artiguismo, en un proceso de dispersión del campo llamado “federal”. ¿Cómo es posible que una fuerza que cuenta con el apoyo de la gran mayoría de la población fracase?

Vamos a los hechos. El caudillo oriental conformó un frente con otros dos caudillos “populares”, Estanislao López (Santa Fé) y Francisco Ramírez (Entre Ríos). Exigían a Buenos Aires la libre disposición de los ríos y el compromiso de expulsar a las tropas portuguesas en la Banda Oriental. El 1° de febrero de 1820, en Cepeda, las fuerzas artiguistas al mando de López y Ramírez, derrotaron a las tropas del Directorio. En el momento de firmar el armisticio, los generales vencedores negocian en secreto con Buenos Aires (Tratado del Pilar). Resultado: se aprobó la libre navegabilidad de los ríos, pero sin mención alguna acerca de la ayuda a Artigas. Estos acuerdos indispusieron los ánimos del jefe oriental. El inevitable enfrentamiento entre antiguos aliados estalló entre Ramírez y Artigas. La guerra encontró al ejército artiguista diezmado por la derrota de Tacuarembó y Ramírez lo venció en Las Tunas, en junio de 1820. El caudillo entrerriano recibió la orden de no permitir la reconstrucción de las huestes artiguistas y persiguió al dirigente hasta el Paraguay, donde Artigas pasó el resto de sus días. Buenos Aires había aprovisionado a Ramírez con el aporte decisivo de la artillería, con $ 250.000 y con un regimiento al mando de Lucio V. Mansilla.

El tratado firmado no se cumplió. La burguesía porteña no iba a permitir competencia de otros puertos. Ramírez, acorralado, declara su hostilidad al gobierno de Buenos Aires. Éste se apuró a firmar un tratado con Estanislao López (Tratado de Benegas), por el cual, a cambio de ayuda militar, Santa Fe retiraría sus tropas cercanas a la capital y Buenos Aires entregaría 250.000 cabezas de ganado. El operador de este acuerdo no fue otro que Juan Manuel de Rosas, que fue quien aportó, de su peculio, las vacas que sellaron el acuerdo. Hecho el pacto, López marcha contra Ramírez con el refuerzo de 1.900 soldados porteños al mando de Lamadrid. Como resultado de este enfrentamiento, la cabeza de Ramírez fue expuesta en la Catedral de Santa Fe y López quedó a merced de Buenos Aires.

 

¿A quién representan los caudillos?

 

El revisionismo explica ese fracaso por la táctica divisionista de Buenos Aires y por la excesiva ambición de quienes debieron secundar a Artigas. La traición y las actitudes personales son hipótesis que intentan salvar la hipótesis central: los caudillos encabezan luchas que representan los intereses populares. Nunca deben descartarse, en estos casos, los condicionantes personales. Sin embargo, si indagamos sobre los determinantes sociales del problema podremos comprender mejor el proceso.

Artigas fue un importante terrateniente de la Banda Oriental. Su padre, Martín Artigas, poseía nada menos que cuatro grandes estancias (Sauce, Pando, Casupá y Chamizo) y una barraca en el puerto. José, a pesar de la leyenda que lo asocia con la peonada, siguió los pasos de su padre. Se convirtió en el primer contrabandista y heredó la estancia de Chamizo, desde la cual abastecía a las barracas de su padre. Como estanciero y militar, se dedicó a proteger la propiedad rural de las incursiones indígenas y del abigeato. La resistencia española y la invasión portuguesa amenazaban las propiedades. Durante la guerra revolucionaria, los propietarios riograndeses ocuparon parte de los campos orientales. Artigas y los propietarios expulsados no dudaron en realizar alianzas con peones, indios y esclavos para formar un ejército que no podían costear por sí solos. Pero bajo ningún aspecto representaban la lucha por el fin de la explotación. Todos los diputados del famoso congreso de Tres Cruces, en 1813, son estancieros.

Francisco Ramírez es catalogado como “un oficial carpintero” por los autores revisionistas. Sin embargo, a poco de investigar, encontramos que su padre, Gregorio Ramírez, fue el mayor propietario de Concepción del Uruguay y que su hijo Francisco heredó las propiedades.

Sobre los orígenes de Estanislao López se tiene poca información, pero se ubica a su padre como propietario de una chacra en las afueras de la ciudad de Santa Fe. Sin embargo, con los años, va adquiriendo importantes propiedades. Las montoneras formadas por peones, artesanos, esclavos y pequeños propietarios estaban dirigidas por estancieros. Sus intervenciones intentan defender los intereses de su dirección. Son esos intereses los que explican los avatares políticos.  El enfrentamiento entre Buenos Aires y Montevideo tiene como premisa la rivalidad entre sus dos burguesías por la utilización del puerto. Los propietarios de la Banda Oriental no estaban dispuestos a ceder las rentas de su aduana, ni a convertirse en socios menores del comercio porteño. Buenos Aires anhelaba un escenario ideal: la campaña para las Provincias Unidas y el puerto en manos de cualquier otra potencia, de modo de someter a los estancieros orientales. Entre estas dos fuerzas se encuentran los propietarios rurales de Santa Fé y Entre Ríos, provincias con una pujante producción ganadera y una salida indirecta al Atlántico (a través del río Paraná). Éstas solicitan que los barcos europeos puedan ingresar libremente por el Paraná hasta sus puertos pero, al fin, deben asociarse a uno u otro bando para poder exportar sus mercancías. En un primer momento se someten a la dirección de los propietarios orientales porque Montevideo es mejor puerto y porque las condiciones de traslado son más económicas. Pero el ejército artiguista no consigue doblegar a la coalición Portugal-España. La derrota de Tacuarembó precipita el pasaje al bando de los propietarios bonaerenses.  A su vez, propietarios entrerrianos y santafesinos se disputan el mejor lugar en la alianza.

No se trata, entonces, de traiciones sino de un momento en la conformación de la hegemonía, donde todas las fuerzas burguesas disputan su lugar. Aquellos jornaleros, arrendatarios, esclavos e indígenas no lucharon por sus intereses directos, sino por los de una burguesía que comenzaba a diseñar el mundo a su medida. Y, mirándolo bien, no podían hacer otra cosa. Sus intereses eran contrarios tanto a la nueva conformación social como a la vieja. Pero mientras habían experimentado la opresión que moría, la explotación que asomaba era aún una incertidumbre. La revolución burguesa no fue (no puede ser) un beneficio para todo el pueblo, en ninguna de sus formas. Su tarea es la expropiación y la desaparición de las viejas clases, entre las que se encuentran los explotados. La cultura peronista identifica a la clase obrera con aquellos explotados que cumplían un rol históricamente pasivo, que carecían de un programa propio y se limitaban a establecer alianzas con el terrateniente que le ofreciera mejores condiciones. Por eso, no pueden servir de ejemplo a una clase que representa el porvenir y que posee un programa y un partido propios. El paternalismo peronista (es decir, la sumisión a la dirección burguesa) intenta forjar un carácter sumiso en los trabajadores. Puede enseñarles a pelear por un lugar en el mundo (burgués) pero no a construir el que corresponde. La clase obrera, por el contrario, debería mirarse en la acción política revolucionaria, en la de quienes se erigieron en clase dirigente y apostaron incondicionalmente por el triunfo.

Notas

1Puiggrós, Rodolfo: Los caudillos de la Revolución de Mayo, Contrapunto, Buenos Aires, 1971, p.154.


¿Por qué ahora Puiggrós?

Adriana Puiggrós, hija del historiador y funcionaria estatal del gobierno de Alfonsín, de la Alianza y ahora de Kirchner, se pregunta (en la revista Ñ) por las causas de la publicación de las obras de su padre en estos momentos, siendo que las editoriales le cerraron las puertas en las décadas de los ‘80 y ‘90. Sabemos que las preguntas retóricas no esperan respuestas obvias, pero no nos gustaría dejar ningún cabo suelto o permitir alguna “lectura desviada”. Un breve repaso por la biografía de este intelectual debería despejar los interrogantes. Militante del Partido Comunista, en los ‘20 fue enviado a la URSS para completar su formación. En su paso por Rosario, Puiggrós defendió a la Federación Agraria de los pequeños y medianos burgueses cerealeros santafesinos como el “sujeto revolucionario” y, de paso, afilió a muchos “compañeros de ruta” de la región, como a su amigo Antonio Berni (otro intelectual reivindicado por el kirchnerismo). En 1947 fue expulsado del comunismo por apoyar al peronismo. Su argumento en la discusión con la dirección del PCA fue sencillo: si el programa defendido y desarrollado por el PC desde 1928 era el mismo que reivindicaban las listas de Perón en las elecciones del ’46 (como reivindicaba Codovilla) lo más coherente era que el PCA asumiera la decisión de la clase y se sumara al nuevo gobierno… Amigo, consejero y uno de los ideólogos “marxistas” de Perón, sufrió el exilio mexicano luego del golpe de 1955 y volvió en 1973, para acompañar la “transición democrática” como rector de la UBA. Amenazado por la Triple A, renunció. En 1977, ingresó en el movimiento Montoneros, en la rama de intelectuales, profesionales y artistas. En sus trabajos ponderaba la alianza de clases y las tareas inconclusas que la burguesía nacional debía cumplir. Por eso la calificación de la Revolución de Mayo como revolución fallida. Un gobierno que levanta las banderas “nacionales y populares”, necesita del auxilio de quienes intentaron darle fundamento histórico al nacionalismo y al populismo. Puiggrós, como intelectual reformista, es reeditado para intentar combatir la conciencia revolucionaria. He ahí el misterio de su “vigencia”.

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