Artículo de Fabián Harari en Revista Veintirés sobre la Revolución de Mayo. (22/05/2008)

en Prensa-escrita

La revolución que billiken nos ocultoUna mirada reveladora sobre el episodio que fundó a la Argentina.

El historiador Fabián Harari descubre la historia que Billiken no nos contó: la revuelta de Mayo fue un alzamiento burgués sangriento y revolucionario. Por qué la versión oficial edulcorada diluyó los hechos y se niega a aceptarlos tal como ocurrieron.

La revolución secreta

Por Fabián Harari

Todos los años, durante la segunda mitad del mes de Mayo, un espectro suele ser convocado en la Argentina, desde el escenario político hasta las maestras de escuela, pasando por los claustros académicos. El kirchnerismo lo ha utilizado para relanzar, más de una vez, una “fundación” del régimen republicano. En su nombre, las autrodidades alientan desfiles militares y actos escolares. Ese aparecido no es otro que la Revolución de Mayo. Posee un costado útil a la hora de ligitimar la sociedad en que vivimos: remite a una gesta que sdio origen a nuestra organización social, nombra a ciertos “padres” y monta una liturgia común. En definitiva, construye una relación simbólica entre clases antagónicas: más allá de las diferencias sociales, burgueses u obreros, somos todos argentinos.

Sin embargo, la efemérides en cuestión guarda un aspecto sombrío para la clase dominante. No hay que olvidarse que alude nada menos que a una revolución: la capacidad del ser humano de organizarse, sublevarse y transformar la sociedad en la que vive. No es ese el mejor escenario para explicarle a la gran mayoría de la población, los trabajadores, que este es el único mundo al que pueden aspirar. Así, la fecha patria aparece como un enigma de difícil resolución. Sin embargo lleva consigo una poderosa herencia para quien este dispuesto a realizar un inventario.

¿Pasó algo el 25? La imagen del 25 de Mayo remite a una reunión, más o menos pacífica, de veciones que pedían la renuncia del virrey Cisneros y conformaban una junta. No obstante, cualquier lector con alguna dosis de perspicacia comenzará a sospechar rápidamente: resulta poco creíble que la máxima autoridad decida dejar al mando ante la solícita petición de algunos súbditos. Es también difícil de explicar cómo, en un día o una semana, un grupo decidió, no ya a deponer a un virrey, sino cambiar la forma de gobierno y exponerse a una respuesta armada.

No puede explicarse la Semana de Mayo sin remontarse a un proceso más amplio, que comienza con una crisis orgánica en 1806. Por ejemplo, no tiene sentido preguntarse por la participación popular el 25 de Mayo: para esa fecha, Buenos Aires contaba con 8.500 hombres armados. Estos estaban organizados, desde la Reconquista, en milicias y elegían a sus oficiales en asambleas y por votación. En los cuarteles y en los entrenamientos se leían las noricias sobre la situación en el virreinato y en Europa. Y bien, esa cantidad de personas, ¿qué representan? Hoy día, muy poco. Pero en una ciudad de alrededor de 40.000 habitantes son un porcentaje a tener en cuenta. De ese tota, hay que excluir a las mujeres, que no portaban armas ni participaban en política, lo que se lleva la mitad de la población. Luego, entre los hombres, a los menores de 14  años, a los mayores de 65 y a los inválidos. Para poder medirlo en cifras actuales (Censo del Indec del 2001), es como si la Capital Federal asistiera al armamento de 850.000 hombres, que se llevan el arma a su casa y deliberan politicamente. En realidad, hoy día las mujeres también participarían, por lo que la cifra de individuos militarizados en la ciudad ascendería a la 1.750.000 habitantes.

Cuando el Cabildo del 23 de mayo decidió desobedecer la votación del 22 y dejar a Cisneros en el cargo, varios oficiales enviaron una circular a sus comandantes, especificándoles que, de no corregirse la situación, se emplearía la fuerza. La irrupción popular directa llegó hasta el mismo recinto, en la sesión del 25. Los propios congresistas tuvieron que consignar su presencia en el acta:

“En estas circunstancias, ocurrió una multitud de gentes a los corredores de las casas capitulares. Y algunos individuos en clase de diputados, previo el competente permiso, se apersonaron en la sala exponiendo que el pueblo se hallaba disgustado y en conmoción (…) Que el excelentísimo Cabildo en la erección de la junta se había excedido de las facultades que a pluralidad de votos se le confirieron en el congreso general; y que para evitar desastres, que ya se preparaban según el fermento del pueblo, era necesario tomar prontas providencias y variar la resolución comunicada al público por bando.”

En 1810 no sólo se expulsó a la máxima autoridad, sino que se modificó la forma de gobierno. La radicalización del proceso puede leerse en el primer bando de la Junta Provisional Gubernativa, el mismo 25 de mayo:

“Instalada la junta se ha de publicar en el término de 15 días una expedición de 500 hombres para auxiliar a las provincias interiores del reino, la cual haya de marchar a la mayor brevedad; costeándose ésta con los sueldos del Excelentísimo Sr. Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, tribunales de la Real Audiencia Pretorial (…) (y) con lo demás que la junta tenga conveniente cercenar”.

Es decir, en su primera medida de gobierno, la Junta declaró la guerra civil, la supresión de los tribunales superiores (la Real Audiencia) y anticipó que podría confiscar cualquier propiedad que considerase necesaria para pagar las tropas. Cuesta sostener, en este contexto, la hipótesis del carácter indeliberado del movimiento.

Entonces, por la magnitud de la participación, por la profundidad de la crisis y por el carácter militar de los enfrentamientos, mayo de 1810 constituye el fenómeno más importante de la historia argentina. Ahora bien, esta consideración hace abstracción del contenido social del proceso. Vimos que la fecha es altamente significativa, pero resta explicar quiénes se enfrentaron en aquellas jornadas y en nombre de qué intereses.

Dos mundos en pugna. Estamos, entonces ante un segundo problema: la Revolución de Mayo, ¿fue acaso una revolución? El hecho de que haya habido una gran conmoción no implica necesariamente la existencia de un movimiento revolucionario. Para responder si en mayo de 1910 asistimos o no a un proceso revolucionario, primero deberíamos definir qué entendemos por “revolución”. Una revolución no es un simple cambio de personal ni de forma de gobierno, ni una intervención armada. Una revolución es la transformación de las relaciones sociales de producción. ¿Reclamó la Revolución de Mayo este tipo de transformación? Una vía de investigación privilegiada es a través del análisis de las direcciones políticas de cada uno de los bandos en pugna. Veamos quiénes defienden el orden colonial y quiénes intentan derribarlo.

A la cabeza de la defensa del régimen, se encuentran personajes como Gaspar de Santa Coloma, Martín de Álzaga, Diego de Agüero, Miguel Fernández de Agüero y Jacobo Varela. Se trata de comerciantes “habilitados”, agentes de las casas comerciales del Reino. A falta de libertad de mercado, obtenían su ganacia mediante la manipulación de los precios: compraban barato y vendían caro. Tenían agentes en el interior y en el Alto Perú (hoy Bolivia), donde se encontraban las minas de Potosí. El circuito más común era la recepción de “efectos de Castilla” (mercancías embarcadas en puertos españoles) y su venta y distribución en el vierreinato a cambio de metales. Las mercancías no necesariamente se fabricaban en España, pero, por una imposición política, se vendían desde allí. Además, como peninsulares, tenían ciertos privilegios a la hora de ocupar cargos en la administración. Sobre todo, aquellos que se consideraban más rentables.

En este contexto, era importante para estos comerciantes la ausencia de una libre circulación de mercancías de manera tal que los precios pudieran ser alterados. En 1778, la corona estableció el “Libre Comercio”: en realidad, entre el Río de la Plata y los puertos peninsulares. Ante esto, Diego de Agüero le confesaba a su socio:

“El Real Decreto de Libre Comercio nos tiene en gran consternación, pues, según opiniones, se espera que estos puertos se han de llenar de navíos y, con los efectos que pasasen de esa a esta, ha de haber muchas baraturas y pérdidas de interesados”.

Todo este sistema no sólo drenaba una masa de riquezas en metálico, bajo la forma de alteración de precios, hacia los comerciantes, sino también hacia la corona en forma de impuestos y “contribuciones” extraordinarias. Así, la reproducción de estos comerciantes, que llamaremos “monopolistas”, estaba determinada por la dinámica de un sistema que tenía como último beneficiario a la aristocracia española. El Río de la Plata formaba parte, entonces, del feudalismo español.

Y bien ¿Quiénes fueron los dirigentes del bando revolucionario? Sabemos que este se conformó en una amplia alianza, pero veamos a los elementos de la dirección.  Aquí los nombres son más conocidos: Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan Martín de Pueyrredón y Martín Rodríguez, entre otros. Cornelio Saavedra era un “hacendado”, como se hacía llamar. Es decir, un propietario agrario. En sus tierras se producía cuero y trigo. Tenía una propiedad en San Isidro y otra en Las Conchas (hoy San Fernando). Su padre, Santiago Saavedra, había sido miembro del Gremio de los Hacendados, organización de ganaderos. Manuel Belgrano también era un propietario de tierras y ganado. Su padre, Domingo Belgrano Pérez, también había formado parte del Gremio y había suministrado una de las estancias mas importantes de la región, en la Banda Oriental. Pueyrredón y Martín Rodríguez fueron a su vez reconocidos ganaderos.

El caso de Moreno y Castelli es particular. Se trata de hijos de funcionarios menores que lograron acceder a una educación superior. Sin embargo, basta observara a quiénes ofrecieron sus servicios para concluir que los intelectuales no constituyen una casta independiente. Moreno fue el abogado de Antonio Escalada, uno de los más importantes estancieros de Buenos Aires. En uno de sus alegatos, el futuro jacobino defendía la facultad de su cliente de expulsar a inquilinos que no pagasen la renta. Su argumento era que la propiedad privada es un elemento que debe respetarse aun a costa de las leyes del reino. Luego, operó como apoderado del Gremio de los Hacendados en la famosa representación de 1809, en la que se propuso un programa político y económico.

Pues bien, ¿cuál era su programa? En primer lugar, el libre comercio, la facultad para vender los cueros a su valor internacional. En segundo, la plena disposición de los recursos del virreinato. En tercero, la utilización del Estado para ganar tierras a los pueblos indígenas. En definitiva, el derrumbe de todos los obstáculos que impedían el desarrollo del capitalismo en la región. Aquellos “hacendados” no son sino burgueses. No porque explotaban a una clase obrera, sino porque sus intereses materiales pugnaban por construir el mundo que les permitiría hacerlo. No por lo que eran, sino por lo que iban a ser. Estamos, entonces, ante un enfrentamiento entre dos clases diferentes. Una que defiende el sistema feudal y otra que pugna por dar a luz uno nuevo.

Tareas y métodos. ¿Cumplió la revolución con su cometido? Si examinamos el proceso en el largo plazo, pocas dudas pueden quedar. La Población se duplicó en veinte años. Las exportaciones de cueros se multiplicaron seis veces en cuarenta años. La ocupación de la tierra también se multiplicó por seis, pero en veinte años. La creación de un proletariado, que en Europa demandó al menos dos siglos, en la Argentina se hizo en cuarenta años. La revolución significó el triunfo del capitalismo y llevó a la burguesía nacional al lugar de clase dominante. Que eso guste o no es otro problema, pero era lo mejor que podía esperarse en aquellos tiempos. Ahora bien, nada de esto pudo imponerse sin el establecimiento de una fuerte dictadura revolucionaria. Se trata de aristas que los intelectuales burgueses preferían olvidar. El caso es que la revolución se valió del terror sistemático y organizado, o sea del Estado. En Córdoba, Liniers centralizó el movimiento contrarrevolucionario. Por eso la Junta Provisional ordenó una campaña al norte, cuya primera tarea fuera desactivar la reacción en Córdoba. Mariano Moreno le entregó instrucciones secretas a Ortiz de Ocampo. Allí le indicó “arcabucear” a Liniers y a sus oficiales, sin deliberación ni juicio previo.

¿Por qué semejante saña? Porque Liniers era un personaje popular. Su nombre daba prestigio a la causa contrarrevolucionario, amén de ser la cabeza centralizadora de ella. No podía mantenérselo preso ni mucho menos remitirlo a Buenos Aires. Liniers fue encontrado, pero Ortiz de Ocampo desistió de ajusticiarlo. Para no hacerse cargo del problema pidió remitir los prisioneros a Buenos Aires. Moreno escribió:

“Después de tantas oferta de energía y firmeza pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones, y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos lo remiten presos a esta ciudad. (…) ¿Con qué confianza encargaremos obras grandes a hombres que se asustan de su ejecución? (…) Preferiría una derrota a la desobediencia de estos jefes”.

La Junta, en el acto, relevó a Ortiz de Ocampo y nombró a Juan José Castelli, quien como primera medida fusiló a los sublevados con sus propias manos. El Ejército del Norte continuó su marcha hasta el Alto Perú. El comando superior del ejército implantó la ley marcial. Fueron fusilados, entre otros, importantes dirigentes contrarrevolucionarios como Vicente Niete, Francisco de Paula Sanz y José de Córdoba y Roxas. No es un acto de mera voluntad, nadie quiere matar porque sí, en abstracción de la situación que le toca vivir. Pero las antiguas formas de organización de la vida se resisten a morir. Hay que destruirlas. Si la vida nueva no mata, la vida nueva no florece.

Décadas después, la revolución era un hecho. Así, la clase dominante llamaba al orden y a olvidar aquellos años en que intentó tomar el cielo por asalto. El blanco de todas las abominaciones fue Juan José Castelli, quien encarnaba más vivamente los métodos revolucionarios, quien había osado desafiar la autoridad clerical, quien había arrancado el crucifijo de la Catedral de Potosí, para luego quemarlo y pasarlo por la ciudad. Allí, en ese clima de “arrepentidos”, es que surgió la íntegra voz de Nicolás Rodríguez Peña:

“Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque a ello estábamos comprometidos todos. Cualquier otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él. Lo habíamos jurado todos, y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás. Repróchennoslo ustedes, que no han pasado por las mismas necesidades, ni han tenido que obrar en el mismo terreno. ¡Que fuimos crueles! ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. (…) Arrójennos la culpa al rostro y gocen los resultados. Nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres”.

La Revoluciñon de Mayo fue nada menos que nuestra revolución burguesa. Barrió con las cadenas feudales e instauró el reino del capital. No hay que pedirle más. Para eso, hay que pensar en otra cosa. Y sin embargo, emociona ver a esos personajes decididos, dando la vida por sus semejantes, abriendo con sus manos los libros de la historia para escribir en nombre de la humanidad. Su herencia es un desengaño y una esperanza. Desengaño, porque la nación se muestra como lo que es: una construcción de la burguesía argentina. Esperanza porque de la voz de aquellos revolucionarios parece brotar la exhortación a la destrucción de un sistema inútil y senil. Qué duda cabe que hoy Moreno, Castelli y Belgrano serían comunistas.

 

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