Aromo 101 – Editorial: Otro mundo es posible, volvamos a intentarlo

Ricardo Maldonado

Editor responsable


El 30 de abril y el 1° de mayo, los militantes de Razón y Revolución nos encontramos con el objetivo de votar el programa que nos define, el programa por el cual luchamos. En ese encuentro comenzamos recordando que la política socialista revolucionaria fue durante casi un siglo, un sueño. Un sueño porque era algo que estaba en las cabezas de quienes se proponían lograrlo. Pero también un sueño porque lo que se ambicionaba, lo que el socialismo prometía, no era mejorar algo, sino, luego de conocerlo transformar el mundo. Cambiar la vida como escribió el poeta Arthur Rimbaud. El socialismo era lo soñado.

Fue esa la razón por la que nuestro planeta se iluminó hace un siglo. Un astrónomo que se encuentre a 100 años luz podría ver hoy la roja esperanza que iluminaba las cabezas de los trabajadores y todos los oprimidos ante el primer gobierno socialista de la historia. El sueño que por primera vez se encarnaba en vida social. Nombrado como realmente existente, la deriva de la primera revolución triunfante fue mutando del sueño a la pesadilla. Los finales diversamente oprobiosos de los regímenes soviético, chino y demás fueron un duro despertar a una realidad hostil, cada vez más hostil.

Una realidad cuyos defensores repiten con insistencia que sólo hay esto y más de esto. Que hay conformarse con esta vida un poco más o menos maquillada para la ocasión. Que el mundo es de otros y debemos estar ciertamente agradecidos si nos reparten algún mendrugo. Que hay que aceptar el corto recorrido que va del ajuste brutal al oxímoron de la pobreza digna. Que la vida no es más que esto. Y cada quien que atienda su juego. Que política es el nombre de la administración de la miseria, de lo posible sin convocar a lo deseado, del acomodo y el egoísmo.

Lo dijimos, el primer intento fue ahogado y deformado hasta el horror. Ante esto las reacciones fueron variadas. Y no aceptamos ninguna. El rastrerismo de la totalidad inmediata coloca “la más amplia unidad” con cualquiera como condición del cambio, o sea que lo mismo que ya existe es lo que surgirá al final de la lucha. Básicamente consiste en encontrar alguna razón que permita aceptar la unidad de las clases antagónicas (o parte de ellas qué es lo mismo) como condición del cambio social. Intentar cambiar junto a los que no les interesa el cambio.

La otra reacción es opuesta y por lo tanto igual. Se trata de renunciar a la totalidad para pretender, en el mundo tal cual es, un paraíso particular. Los autonomismos y movimientos identitarios se abocan a ello. Delimitan su interés particular y exclaman como Luis XIV: después de mi el diluvio!

Unos suponen posible vivir bajo las relaciones burguesas con la ayuda de algunos burgueses y otros revolucionar su pequeño territorio y transformarse en parte beneficiada de una totalidad que seguirá desgarrada. No han servido y por lo tanto no nos interesan. Una tercera reacción ha sido la de petrificar el pasado como receta. Elegir una revolución exitosa y calcar su contorno sobre cualquier superficie. Y si el mundo no se parece al diagrama, esperar que el mundo se acomode, pero nunca cuestionar las expectativas. El sueño muta así en teorema, la realidad en error, la acción en ritual. Tampoco nos interesa porque obliga a conformarse. De este modo la izquierda argentina se conforma con esperar, la herencia del peronismo o la acomodación de la realidad. Supone que algo, que no es ella, debe cambiar. Aunque haya pasado más de medio siglo levantando el mismo programa sin éxito.

En cambio ¿Qué prometía la revolución? Que la clase explotada y oprimida de la sociedad portaba la posibilidad de un futuro humano para el conjunto. Que el socialismo no era sólo la defensa del interés obrero, sino que esa defensa de los intereses de los trabajadores empuja por si misma (si se avanza consecuentemente, sin dobleces) a destruir la miserable sociedad explotadora y crear una nueva. Que los intereses históricos de una clase pueden hacerse cargo de los intereses universales de la humanidad. Esta inversión revolucionaria hace del clasismo un humanismo en el sentido más elevado de la palabra. El final del hombre lobo del hombre. La parte se propone recrear el universo porque es dueña de los intereses universales. Esa podría ser una lectura de la vocación socialista.

La parte que constituye la inmensa mayoría de la humanidad (la clase trabajadora) es la mejor aliada de las otras partes postergadas de la sociedad, fundamentalmente las mujeres oprimidas por el machismo y el patriarcado. Porque la vida (y no la propiedad) es nuestro bien superior, es que siempre estuvimos a favor del aborto legal y gratuito, para impedir la muerte de muchas compañeras, sobre todo de los sectores más empobrecidos, pero también, y por la misma valoración superior de la vida, somos abolicionistas en la álgida cuestión de la prostitución. En nuestro sueño socialista, nadie es una cosa, el género ya no significa un destino. En nuestro sueño, como expresó el lema del 1° Congreso Abolicionista Internacional, el deseo tiene valor pero no tiene precio.

Construimos un partido para sostener la ambición de la parte en la perspectiva de la totalidad. Queremos proponerles a los trabajadores que cambien el mundo, proponerles vivir en un mundo nuevo surgido de las entrañas (los explotados) de éste. Si hoy hay una clase social que monopoliza la producción y reproducción humana, que es ampliamente mayoritaria y que ve su vida atacada y degradada por las actuales relaciones de producción, eso significa que permanecen las condiciones para volver a intentarlo. Para volver a intentar el sueño socialista.

Cuándo afirmamos que luchamos para disfrutar de la vida y sus maravillas, que vale la pena y estamos dispuestos a luchar y arriesgar por ese sueño suelen preguntarnos si estamos seguros que va a ser así.

No. Creemos en la libertad y ésta no sería posible si el destino estuviera escrito. Eso no significa que no tengamos algunas seguridades. Estamos seguros que el conjunto de la organización social capitalista reposa en la sed de ganancias y que esa voracidad desprecia la vida humana. Estamos seguros que la lógica propia e ineluctable de la estructura de los capitales los lleva a crear más y mayores cataclismos, más y mayores tragedias, más y mayores desgracias para los trabajadores. Estamos seguros que los conflictos que esa sed de ganancias provoca entre los burgueses se esfuman ante la común necesidad de ajustar y expoliar a los trabajadores. Y estamos seguros que aquí y en todo el mundo, poco antes o después, los trabajadores resistirán, lucharán, se levantarán y expondrán en la calle su valentía y solidaridad. Porque no creemos que masas compuestas de millones marchen pasivamente hacia el suicidio colectivo. Estamos seguros que a los monstruos no se les puede dar la chance de reponerse, que en cada combate que no llega hasta el final, le sigue una reacción sangrienta, seguros que hay que cortar todas las cabezas de la hidra burguesa. Estamos seguros que nos ha faltado una organización qué desprecie esta vida miserable y mediocre. Una organización, un partido, que sueñe y enseñe a soñar. Estamos seguros que nos ha faltado organización porque nos viene faltando imaginación.

No estamos seguros de otra cosa. La utopía (esa felicidad por la que suelen preguntarnos ¿dónde está?) no es un banco. No pide, pero tampoco ofrece garantías. Los sueños no son una inmobiliaria, no piden ni ofrecen garantías. Los revolucionarios tampoco. Quienes quieren garantías y seguridades ya las tienen. Es seguro (todas las páginas de este Aromo y las de los cien anteriores lo exponen) que el capitalismo solo ofrece miseria hoy y barbarie mañana. Los revolucionarios no exigimos garantías, pero no podemos, ni vamos, a desaprovechar oportunidades.

Además, es necesario decirlo, es muy difícil que el individuo como individuo, finalmente, triunfe, sobre todo porque tiene un enemigo sin debilidades, la parca. Por eso, el socialismo es un proyecto colectivo, porque nuestra confianza se basa en la verdad del pasado histórico y la voluntad por el futuro anhelado. Porque nuestro presente es colectivo y tiene la edad de la humanidad. Porque somos el punto de encuentro de una contradicción que generación tras generación se ha ido construyendo: la de la mayor producción de riqueza social jamás imaginada produciendo las mayores miserias y miserabilidades pensables. Porque el conjunto de nuestros antepasados nos legaron estas posibilidades y estas contradicciones. Y al conjunto de los trabajadores ahora nos toca resolverlas, aprovechando las oportunidades que se presenten. No de a uno sino en común. En RyR tenemos muchas tareas que abordar, pero como colectivo, como partido, como esa forma superior que no llega abordar nunca el individuo. Quien no puede abandonar su espejismo narcisista nunca podrá vislumbrar el maravilloso sueño del socialismo. Sólo verá problemas y complicaciones, sólo verá amenazas. Sin compromiso militante el lugar más lejano al que arriba la mirada es el ombligo.

Sabemos que los sueños individuales adquirieron otro estatuto desde que el psicoanálisis les atribuyó una relación con cierta verdad. No es otra cosa lo que pensamos para los sueños colectivos: debemos examinar, medir, determinar y formular su relación con la verdad. Sólo así esos sueños se harán vida real y concreta, vivencias personales y relaciones humanas superiores. Soñamos a través del programa que defendemos. Éste no sólo expresa nuestras determinaciones políticas, expresa nuestro deseo y nuestra voluntad.

Una voluntad que interpela a todos a los que este mundo les ofrece menos de lo que imaginan en sus mejores momentos. Que llama a despertar del letargo para iniciar el sueño. Que les dice a todos: Volvamos a intentarlo.

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