Arcor: la auténtica burguesía nacional

Por Verónica Baudino – Cierto sector del progresismo extraña a la vieja burguesía nacional. Según dicen, estaba preocupada por los intereses de todos los argentinos (tanto obreros como burgueses), apostaba a la producción, a generar empleo y se enfrentaba a los capitales monopólicos e imperialistas. En cambio, caracterizan, la actual burguesía dominante es parasitaria y financiera. Su supuesta falta de inserción en las ramas productivas sería la causa de la crisis económica y las limitaciones de un crecimiento a escala ampliada del capitalismo argentino. Esta fracción se habría erigido como líder luego de la última dictadura militar, derrota de la burguesía productiva mediante. Es decir, a través de las políticas de apertura comercial y financiera, la burguesía nacional habría sido reemplazada por una “oligarquía diversificada”, cuya escala de concentración implicaría un abandono de la producción en pos de la especulación financiera. Arcor sería un exponente de dicha fracción de la burguesía financiera y antinacional. Por el contrario, como detallaremos a continuación, consiste en un capital productivo que basa su acumulación en la competitividad del agro argentino. Y que, además, tiene un proyecto político propio: la Fundación Mediterránea. Lo que se dice un auténtico burgués nacional, aquellos a quienes los progres quieren revivir.

Los orígenes de Arcor

Arcor nace como un pequeño capital en un pueblo de Santa Fe. En 1946, bajo el nombre de Sasort, Pagani y un grupo de socios fundan una fábrica de caramelos y galletitas. La misma fue instalada con maquinaria de la década de 1930, compradas de segunda mano a una empresa que había quebrado. En las mencionadas condiciones crecieron en el mercado de Santa Fe y el noroeste argentino. Sin embargo, la productividad de la planta le imponía un límite a su crecimiento. Por esta razón, Pagani elevó al directorio de la empresa una propuesta para pedir un crédito al Estado para adquirir nueva tecnología que incremente la productividad el trabajo. La mitad más uno de los socios se opusieron al proyecto, lo que motivó a quienes apoyaban el pedido del crédito a retirar sus acciones e instalarse en Arroyito. La nueva fábrica, llamada Arcor, contaba con una superioridad técnica importante con respecto a la anterior, para producir más en menos tiempo, ser más competitivo y extraer más plusvalía. Para lo cual se debía invertir, regla que Pagani seguirá al pie de la letra toda su vida.

El camino

Los hechos que marcaron el inicio de Arcor están relacionados con la industria en la cual se insertó. La rama de las golosinas era (y es) muy competitiva. Allí, Arcor no estaba sola, peleaba por un lugar en el mercado con numerosas empresas, entre ellas Mu-Mu, Georgalos, Lerithier y Felfort. No se trataba de un nicho de producción artificial creado por el Estado, sino que Arcor debía competir con otros capitales. Para poder ser exitoso tenía que absorber o fusionarse con otras empresas, como sucederá con LIA. Pero, sobre todo, aumentar la productividad del trabajo mediante inversión. Fue así que implementó nuevas técnicas de producción de caramelos y de envoltura. Creó empresas elaboradoras de las materias primas que requería para la producción, como la de cartón corrugado, enzimas, etc. Pero el gran salto en su competitividad lo obtuvo cuando instaló su planta de glucosa, que aumentó la productividad de los caramelos en un 600%.

La glucosa es un jarabe derivado del maíz que se utiliza para la elaboración de caramelos. La proporción en la que se usa es de un 66% sumada a un 33% de azúcar y agua. Es el insumo principal de los caramelos. Se produce mediante la molienda húmeda, en condiciones técnicas semejantes a las internacionales. El insumo central con el que se produce la glucosa es el maíz. El maíz argentino es reconocido como altamente competitivo a escala mundial. Investigaciones actuales sobre esta problemática, muestran que Argentina produce maíz a un costo de un 24% inferior a Estados Unidos, su principal competidor. Arcor, entonces es una expresión de la competitividad del agro argentino, en la que se asienta.

Arcor parece haber recibido subsidios en su origen por parte del gobierno cordobés y, mediante las leyes de Promoción Industrial, en las provincias en las que instaló muchas de sus empresas. No obstante, la gran mayoría de las industrias se beneficiaron con dichos subsidios, pero pocas se insertaron en el mercado internacional. La razón es que los subsidios ayudan, pero no pueden reemplazar la falta de competitividad de las empresas. Si Arcor logró convertirse en la empresa número uno del mundo en su rubro fue gracias a su base de acumulación en el agro argentino, cuyo nivel de productividad es muy elevado, internacionalmente hablando. El que gana en la competencia capitalista es porque tiene un elemento que lo distingue y lo hace más competitivo. Muchas empresas en Argentina y en el resto del mundo reciben subsidios. Por lo que allí no está la diferencia. Otro argumento utilizado para explicar la suerte de Arcor es el buen gerenciamiento. Sin embargo, de allí tampoco viene la explicación. ¿Acaso vamos a pensar que Cadbury y otras empresas multinacionales no contratan los mejores técnicos e implementan las últimas tendencias en administración empresarial? Ambos factores están presentes en las empresas competidoras de Arcor, lo que implica que no constituyen una distinción en la competitividad de los capitales. En cambio, la productividad de la glucosa es específica de la Argentina.

¿Refundación de una burguesía nacional y popular?

Lo que está en el fondo de esta discusión son las potencialidades de la burguesía nacional para impulsar el desarrollo económico argentino. Quienes sostienen que Arcor no es la burguesía nacional ya que basó su acumulación en la especulación financiera intentan justificar un programa político de alianza con otra fracción de la burguesía. Suponen que la causa de la crisis económica se debe a la falta de una burguesía emprendedora, preocupada por el desarrollo nacional sobre la base de la producción. Cuando sostienen que Arcor, así como tantos otros grandes capitales, se asientan en las finanzas, suponen que, si predominaran los capitales productivos, el devenir de la economía argentina sería diferente. Su propuesta es recrear un empresariado industrial, capaz de acaudillar un proyecto de desarrollo nacional. Pero la burguesía que tanto añoran ya existe y Arcor constituye su máxima expresión.

Arcor, tal como detallamos, es un capital productivo cuya inserción internacional se debe a que se asienta en la competitividad del agro argentino. Si otros capitales no siguieron sus pasos, no fue por falta de iniciativa. En primer lugar, por la misma dinámica de la rama: el mercado argentino no permite que se desarrollen muchos capitales. Sólo triunfarán las empresas más productivas que hayan podido enfrentar los procesos de concentración y centralización de la rama. A su vez, la experiencia de Arcor no puede repetirse en cualquier otra rama de la producción. Sólo pueden alcanzar el éxito aquellos capitales competitivos que produzcan más en menos tiempo, es decir, más barato. Los bajos costos son condición necesaria para competir en el mercado. Y en Argentina, el sector más productivo es el agro.

Por otra parte, Arcor también cumple con la condición de tener un proyecto nacional propio, tal como reclaman los progresistas. Pero por supuesto en defensa de sus intereses. Mediante la Fundación Mediterránea, logró acaudillar a un importante núcleo de empresarios locales y posicionarse en uno de los cargos con mayor poder político: el Ministerio de Economía, a través de la figura de Domingo Cavallo. El hecho de que sea “nacional” no implica, como nos dicen los manuales de secundario, que sea en beneficio de todas y todos los argentinos.

La conclusión lógica para aquellos que creen que la solución a los problemas del país pasa por la construcción de un “capitalismo nacional”, debería ser, entonces, profundizar la alianza con la única burguesía productiva y nacional realmente existente. Es decir, capitales como Arcor, Techint y algunos otros. Sin embargo, tal alianza no sólo imposibilita defender al mismo tiempo una política pro-pymes, sino que es incompatible con cualquier mejora de las condiciones de existencia del proletariado. Quien defienda a la burguesía nacional, a la real, no a la imaginaria, ya puede ir despidiéndose de todo programa económico “popular” o “redistributivo”. Al mismo tiempo, debe despedirse también del sueño de eliminar la desocupación por la vía de multiplicar los “casos Arcor”: la empresa de Pagani descansa su competitividad en los limitados estímulos que ofrece el agro pampeano.

El reformismo criollo sabe bien que esto es así, por eso vive hablando de medidas que nunca aplica y gobernando con los que realmente tienen el poder, no con los verduleros de la esquina. Eso se refleja en su discurso, más o menos radicalizado antes de las elecciones, completamente conservador después. La innovación de Kirchner, en este aspecto, consiste en mantener un discurso progresista imaginario de campaña junto con una práctica conservadora realista de gobierno. Los intelectuales progresistas colaboran con el mantenimiento de esta ficción esquizofrénica que tarde o temprano deberá encontrarse con la cruda realidad. Se verá entonces que toda alianza con la burguesía equivale a la entrega de toda la población explotada y oprimida por este sistema social.

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