Apagando la hornalla – Pablo Estere

dadsdaApagando la hornalla. Las condiciones de acceso al consumo de gas envasado

En materia de subsidio a la garrafa de gas, el macrismo continúa con la misma política que impulsó el kirchnerismo: poner un parche a los problemas de acceso al servicio de gas en red, situación que implica un costo mayor para la población más pauperizada de la clase obrera.

 

Pablo Estere

OES-CEICS


En materia de subsidio a la garrafa de gas, el macrismo continúa con la misma política que impulsó el kirchnerismo: poner un parche a los problemas de acceso al servicio de gas en red, situación que implica un costo mayor para la población más pauperizada de la clase obrera.

No bien asumió el macrismo, las tarifas de los servicios públicos comenzaron a actualizarse en un intento por aproximar el precio de los mismos a su valor real en dólares. Incluso, para el mes de abril de este año ya se estipuló un aumento por la vía de una nueva quita de subsidios a energía y combustibles. En materia de servicios, el gas es un componente fundamental para las familias: con él se cocina, se baña con agua caliente y se calefaccionan los hogares. Por ello, el cercenamiento de los subsidios afecta sustantivamente a la clase obrera.

Sin embargo, el gobierno Cambiemos no inaugura la etapa de ajustes de los servicios públicos. En apariencia, bajo el kirchnerismo el gas estaba prácticamente regalado, pero fundamentalmente en la ciudad porteña y el Gran Buenos Aires. En cambio, en las provincias del interior del país el aumento del gas se fue pautando ya desde antes que la llegada de Mauricio a la presidencia. A su vez, si bien existieron subsidios al consumo de gas, los más necesitados no fueron particularmente beneficiados, específicamente aquellos que sólo pueden acceder a la garrafa por carecer del acceso al sistema de red.

Aquí describimos la composición social de quienes utilizan garrafas, los programas y subsidios destinados a ellos y las contradicciones en los precios en relación a quienes disponen del servicio de red. Como veremos, el macrismo continúa, sin cambios, el plan que había impulsado Cristina destinado a subsidiar el consumo de gas en garrafa. Sin embargo, y a pesar de la quita de subsidios al servicio de red, el uso de gas envasado continúa siendo más caro, aún cuando las familias que lo utilizan son las más pauperizadas.

De corto vuelo

En la Argentina de hoy apenas un poco más de la mitad de los hogares gozan de acceso a la red de gas natural. El resto debe conformarse con garrafas, fundamentalmente, y leña. Según información relevada en la Encuesta Permanente de Hogares, en los últimos 15 años la composición prácticamente no fue modificada: el uso de gas de red comprende al 60% de los hogares, mientras que la mayoría restante utiliza gas envasado (tubo o garrafa). Cerca del 1% de los hogares utiliza otros combustibles como leña, carbón o kerosene.

La garrafa es mayormente utilizada por las fracciones más pobres de la clase obrera. Por ejemplo, durante el año 2004 casi el 50% de los trabajadores con empleo no registrado usaba garrafa, mientras que, en el caso de los asalariados registrados, un poco más del 20%. Hasta el segundo trimestre del año 2015 esa composición se mantuvo con alteraciones mínimas. Por su parte, el promedio del ingreso del conjunto de la unidad familiar en hogares que no acceden a la red de gas apenas constituía un 62% respecto del promedio de quienes sí disponían de dicho servicio durante el período 2009-2015.

Incluso, hay provincias enteras que no disponen de acceso a red. Mientras que en la ciudad de Buenos Aires, Trelew, Viedma, Neuquén, Santa Rosa, Río Gallegos o la provincia de Tierra del Fuego la conexión a la red de gas alcanza a más del 90% de los hogares, otras regiones como Corrientes, Misiones, Formosa o Chaco no disponen de ese servicio. Esto no se debe a circunstancias azarosas o climáticas. Se trata de las regiones más calurosas, sí, pero también las más pobres.

Con el congelamiento de las tarifas, el uso de garrafa se tornó un servicio mucho más caro respecto del gas en red. En este sentido, un informe del Instituto Argentino de la Energía del año 2002 compara en términos calóricos el precio de distintos servicios energéticos para la calefacción del hogar y la cocción de alimentos: para un consumo equivalente en calorías, el gas natural costaba un 23% respecto del gas envasado, la energía eléctrica, un 58%, y la leña, un 43%. Incluso, luego de la quita parcial de subsidios durante el año 2016, el uso de gas envasado continuaba siendo más caro: una garrafa de 10 kilos y su traslado en flete hasta la vivienda costaba 170 pesos, mientras que su equivalente en metros cúbicos de gas natural tenía un precio de 14,69 pesos.

El hecho de que tal situación no se haya revertido durante los últimos 15 años en parte se debe a la ausencia de inversiones en materia de infraestructura. La muestra más clara en este sentido es la construcción del Gasoducto del Nordeste Argentino (GNA), una mega obra anunciada por primera vez en 2003, con comienzos aplazados reiteradamente. Su objetivo es elaborar un trazado de 1.500 kilómetros que se conecte al gasoducto Juana Azurduy de Bolivia para proveer de gas de red a las cuatro provincias que actualmente carecen de ese sistema y ampliar el abastecimiento en Salta, Entre Ríos y Santa Fe. El entonces ministro de Planificación, Julio De Vido, había prometido la finalización de la obra para 2006. Luego tuvo que rectificarse y sostuvo que estaría finalizada para el 2010. Hoy se estima que estará lista en el año 2022.

 Parches para todos

En lugar de avanzar con infraestructura, la política económica del kirchnerismo multiplicó los subsidios, primero en un contexto de profunda crisis y luego como parches para sostener el régimen. En este sentido, la política de subsidios al gas comenzó con el congelamiento de las tarifas durante el año 2002. Desde el fin de la convertibilidad hasta el 2015, los programas básicamente consistían en subsidiar a las empresas distribuidoras de gas de red. Para los más pobres, aquellos que usan garrafas, el Estado fijaba un precio de referencia y compensaba a las empresas distribuidoras. Este programa fue popularizado a partir de 2008 bajo el nombre de “Garrafa para Todos”.

Esta política fue parcialmente modificada debido a que las garrafas sociales o bien se agotaban rápidamente en los comercios habilitados para venderlas, o no las recibían con mucha frecuencia. También son conocidas las denuncias por reventas de garrafas sociales a precios de mercado. Para superar esta situación, en 2015 se crea el “Programa Hogar” el cual mantiene los precios de referencia máximos y compensaciones a los productores y fraccionadores, pero agrega una transferencia directa a los hogares para la adquisición de garrafas de 10 kilos.

Este programa, destinado a hogares con ingresos de hasta dos veces el salario mínimo, subsidia aproximadamente un 80% del precio máximo de referencia de la garrafa, hoy valuada en 97 pesos, y hasta dos garrafas por mes. Es decir, transfiere unos 77 pesos a la cuenta del hogar beneficiario. Actualmente, se estima que los hogares que usan garrafas y se encuentran subsidiados son aproximadamente 6 millones, lo que representa el 66% del total de usuarios de garrafas.

A pesar de los subsidios, el gas envasado sigue siendo más caro que el servicio de red. Un hogar medio puede llegar a gastar en invierno hasta cuatro garrafas, dos para cocina y calefón y otras dos para calefacción. En caso de integrar el Programa Hogar pagaría 40 pesos por las dos primeras y otros 194 pesos por las dos restantes, o sea, un total de 234 pesos. Estas cuatro garrafas contienen un total aproximado de 52 metros cúbicos de gas. Este mismo consumo en un hogar del Gran Buenos Aires con acceso a la red implicaría un costo de 62 pesos incluyéndole los impuestos ($0,92 el valor del metro cúbico más el impuesto del IVA y otros provinciales).

Como puede observarse, los subsidios al gas no han representado una mejora a las fracciones más pauperizadas de la clase obrera, en la medida en que la garrafa de gas continúa siendo más cara que el servicio de red.

A juntar leña

Como hemos visto, en la Argentina actual el 40% de los hogares no tiene acceso al servicio de red de gas. Por ello deben suplantarlo con el uso de garrafa que, hasta el momento, se ha tornado una opción más cara para la población más pobre. En efecto, en otras partes del mundo, donde la sobrepoblación relativa se ha extendido más abruptamente, se promueve el uso de garrafa para reemplazar los combustibles sólidos para cocinar, como la leña, el carbón y los desechos de animales. El uso de estos últimos provoca accidentes y hasta la muerte. En este sentido, informes de Naciones Unidas y la Asociación Mundial de Gas Licuado de Petróleo diagnostican que cerca de 3 mil millones de personas en el mundo utilizan leña, carbón y desecho animal para cocinar, cuya combustión en interiores provoca 4,3 millones de muertes por año.

Por su parte, la infraestructura para construir una red de gas requiere de una elevada inversión y sólo es viable económicamente en territorios con poblaciones grandes y compactas. Sin embargo, existen otras opciones eficientes para lugares con población dispersa, como por ejemplo el uso de electricidad o de energías renovables. Por ello, que en Argentina la primera opción para suplantar el gas natural sea el uso de garrafa evidencia las condiciones de vida de miseria de los usuarios y lo poco que está dispuesto a ofrecer la clase social que nos gobierna. Evidentemente, ni la burguesía ni sus representantes en el Estado tienen intenciones de avanzar en la mejora de las condiciones de acceso a los servicios de la población.

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