Alcances y límites de la acción sindical – Por Perry Anderson

10311811526_99ff5574fd_o_BYNAlcances y límites de la acción sindical*

Por Perry Anderson

¿Cuál es el rol de los sindicatos en un movimiento socialista? ¿Cuál es su potencialidad para la acción revolucionaria? ¿Cuál tendría que ser la relación entre clase, sindicato y partido político? […]

A partir de Lenin, no hay teoría socialista elaborada que deje de señalar, con el mayor énfasis, que el accionar de los sindicatos en una sociedad capitalista está sometido a limitaciones insuperables. Tal tendencia surgió a principios de siglo, con la necesidad de combatir las distintas formas de anarcosindicalismo y de natural espontaneísmo. […] Marx, Lenin y Gramsci insistieron en señalar que los sindicatos no podrían por sí solos constituirse en vehículos hacia el socialismo. El sindicalismo, cualquiera que fuese la forma que adquiriera, era una manifestación incompleta y deformada de la conciencia de clase, la cual debía ser superada a cualquier precio por el crecimiento de la conciencia política, creada y mantenida dentro de un partido. […] Las [del sindicalismo] son de carácter estructural, inherente a la naturaleza misma de los sindicatos.

  1. Los sindicatos son una parte esencial de la sociedad capitalista, porque sintetizan la diferencia entre capital y trabajo que define esta sociedad. […] En tal sentido, y en forma dialéctica, los sindicatos se oponen al régimen siendo al mismo tiempo parte integrante del mismo, ya que por una parte, a través de las demandas salariales, combaten la desigual distribución de riqueza, y por la otra ratifican el principio de esa desigualdad por el mero hecho de existir como tales; su existencia implica, además, la existencia de los patrones como opuesto complementario. […] Marx concibió el socialismo como la supresión de la sociedad de clases por el proletariado, en lo que está implícita su propia supresión. Es precisamente la perspectiva de esta autosupresión lo que falta en el sindicato. En cuanto a las instituciones, los sindicatos no impugnan la existencia de una sociedad basada en la división de clases: no son más que su expresión. De por sí, entonces, los sindicatos no serán nunca la vía hacia el socialismo; por su propia naturaleza están ligados al capitalismo. Pueden negociar dentro del sistema, pero nunca transformarlo.
  2. En esencia, los sindicatos son la representación de facto de la clase obrera en los lugares de trabajo desde el punto de vista formal, son asociaciones voluntarias; pero en la práctica son más bien el mero reflejo institucionalizado de su entorno. Así se explica entonces, el que los sindicatos asuman la tonalidad natural de ese cerrado ámbito donde impera el capitalismo, que es la fábrica, limitándose a reflejar pasivamente la organización de la fuerza de trabajo. Por contraposición, el partido político es un rompimiento con su entorno natural, que es la sociedad, y constituye una colectividad voluntarista contractual que propone cambios en las estructuras sociales, mientras que los sindicatos se ajustan a ellas en estricta correspondencia. […] Es el partido político, pues, el que puede asumir una verdadera impugnación de la sociedad actual y el plan de su derrocamiento. Sólo él es negación en la historia.
  3. La inerte adhesión del sindicato a los lineamientos del sistema social tiene crucial importancia en la práctica. Su arma más contundente contra el sistema es la simple ausencia, la huelga, que es su forma de retirarle a dicho sistema la fuerza productiva que le pertenece. La eficacia de este medio de acción es, por su propia naturaleza, muy limitada. Puede obtener aumentos salariales; mejoras en las condiciones de trabajo; en casos aislados algunos derechos laborales. Pero mediante la huelga no se puede lograr el derrocamiento de un régimen social. Como arma política, las huelgas son siempre profundamente ineficaces. Nunca ninguna huelga general tuvo éxito. La razón de su fracaso es que el socialismo necesita de la conquista del poder como impulso de la acción, y de una intensa y agresiva participación en el sistema que conduzca a su abolición y a la creación de un nuevo orden social. Con la huelga general no se ataca al capitalismo, pues no es más que una abstención. En algunos casos, hasta ha provocado la desmovilización de la clase obrera en momentos de crisis política, cuando lo que se necesitaba en realidad era concentrarla rápidamente ante una amenaza conservadora: cualquier paralización del transporte público en una ciudad grande, por ejemplo, imposibilita la realización de rápidas manifestaciones masivas; mientras que la acción represiva militar no se ve afectada por ella. Podría decirse, para resumir, que una huelga general podría hasta ser contraproducente. Las huelgas son, fundamentalmente, un arma económica que, como un bumerang empleado en terreno no propicio, pueden volverse contra el que lo lanzó. Como la naturaleza de la economía considerada como sistema es en definitiva de orden político, se deduce que las huelgas tienen sólo una efectividad relativa y no absoluta dentro de la contienda económica misma. Lo cual sirve para recordarnos que los sindicatos no están capacitados para cuestionar la existencia del capitalismo como sistema social.
  4. Por sí solos, los sindicatos crean únicamente una conciencia corporativista o de sector. […] El carácter corporativista de la conciencia sindical no es producto de la naturaleza de la acción sindical o de su finalidad –el obtener “mejores condiciones de venta para la fuerza de producción”-, ni tampoco de “la abolición del sistema social que obliga a los desposeídos a venderse a los ricos”. Tiene base político-cultural. Los sindicatos representan sólo a la clase obrera. Un movimiento revolucionario, un partido, necesita más que eso: debe incluir a los intelectuales y a los pequeño-burgueses que son los únicos que pueden proporcionarle una teoría, requisito esencial del socialismo. […]
  5. La potencialidad de poder de los sindicatos es sólo sectorial, no universal. No hay paridad de poder entre “la empresa” y “el trabajo” en una sociedad capitalista, porque el trabajo es un elemento intransformable que sólo puede ser retirado (o, en el mejor de los casos, empleado en la ocupación de fábricas, por ejemplo) mientras que el capital es dinero –un instrumento de poder universalmente transformable y que puede efectivizarse de muchas maneras diferentes-; es así que el capital puede ser transferido al control de los medios de información, puede ser empleado en el sostenimiento del lock-out, en la financiación de una campaña de propaganda, en la financiación de la educación privada, de un partido político, de los presupuestos armamentistas durante una crisis social […], etc. Por supuesto, los sindicatos llegan también a acumular cierto capital; sino lo hicieran, nunca podrían sostener una huelga. […] Pero este capital no pasa de ser un recurso auxiliar, nunca comparable a los de los enormes recursos de que dispone la clase propietaria. El poder de los sindicatos se ve ratificado básicamente por el control que posee de la fuerza laboral; pero ésta es un arma singularmente limitada y rígida. Por contraste, se ve claramente que un partido político marxista representa la tentativa de crear un potencial polivalente de acción revolucionaria, que puede materializarse rápidamente y de manera permutable en gran cantidad de campos diferentes –elecciones, manifestaciones, boicots, agitaciones-, en la instrucción política, en las insurrecciones, etc. Por su propia naturaleza, un partido político es flexible y tiene poder de adaptabilidad, mientras que un sindicato está trabado en su acción. […]

Cualquier reseña histórica de acción sindical llevada más allá de la negociación de salarios demostraría lo antedicho. Llama la atención que todo movimiento sindical, ya sea de orientación “revolucionaria” o reformista, tienda a encontrar los mismos límites estructurales a su acción. La mayoría de las veces han sido precisamente estos límites los que llevaron a empresas, de la más variada inspiración, a un común fracaso.

*Extraído de: Economía y política en la acción sindical, Cuadernos de Pasado y Presente, nº 44, 1973, Córdoba.

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