Adiós a la argentina

Intervención del historiador Eduardo Sartelli en la mesa de apertura de las V Jornadas de Razón y Revolución, el viernes 16 de diciembre de 2005, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.*

La sexualidad del kakapo

Voy a tratar de exponer brevemente, desde nuestro punto de vista, lo que creemos es la situación actual de la cultura en Argentina y las tareas que habría que realizar, si es que uno se encuentra en el campo de las transformaciones sociales.

La primera reflexión es acerca de la palabra misma, la cultura. ¿Qué es la cultura? La segunda es en qué sentido la cultura es un problema hoy. ¿En qué sentido es nuestro problema? Entre las tantas cosas que leí para escribir este libro llamado La Cajita Infeliz, me encontré con una historia muy simpática, la de un animalito llamado kakapo. El kakapo es un pájaro, un loro grande, enorme, que de tan gordo ya perdió la capacidad de volar. Se desplaza a los saltitos. Vive en una isla del norte de Nueva Zelanda, casi aislado del mundo. Es, como casi todos los animales de Oceanía, un bicho raro: un pájaro que no vuela, un loro que no habla y, peor aún, casi no se reproduce porque tiene unas costumbres eróticas un tanto extrañas. Llegada la época de celo, que es muy breve, el kakapo macho se esconde en un hueco, empieza a hinchar la garganta y a producir un sonido muy grave, tan grave que el sonido humano no lo capta. La “kakapa” sí, pero con mucha dificultad. Sobre todo porque el apareamiento se hace de noche y ella tiene que descubrir el hueco donde está escondido su potencial amante siguiendo unos caminitos que el kakapo ha trazado entre los pastos. Uno diría, casi, que este animal repudia el sexo y no tiene ninguna preocupación por la reproducción de su especie. Como si esto fuera poco, la “kakapa” sólo pone un huevo, que la mitad de las veces no está fertilizado. En fin, no se trata de un animal cuya astucia reproductiva uno deba alabar… Lo que lo ha llevado al borde de la extinción es la ruptura del aislamiento en que vivía con la llegada del gato, de la mano de los primeros europeos que pisaron esas playas allá por el siglo XVIII. Imagínense el festín de los gatos con este pobre pajarraco gordo de difícil desplazamiento…

¿Por qué comencé esta reflexión sobre la cultura mentando estas escasas habilidades eróticas del kakapo? Porque el kakapo, que como la mayor parte de los animales tiene enormes limitaciones a la hora de enfrentarse a la necesidad, ha logrado superar a todos en ese campo. Resulta difícil encontrar un bicho con tan poca capacidad de superar los obstáculos que la naturaleza le opone a su desarrollo. Diríase que se inventa excusas para extinguirse. Esa dificultad superlativa para enfrentar la necesidad, para solucionar los problemas que la realidad le impone, hace que uno lo mire con simpatía, con compasión, condenado a la desaparición por sí mismo. Es casi la antítesis del ser humano que, como todo animal, tiene limitaciones, pero ha logrado constituirse en el dominador absoluto de todo lo que existe sobre la tierra, y, en los últimos años, bastante más allá también. La clave, decía Marx, era la “segunda naturaleza” del ser humano. El ser humano, por su desarrollo nervioso, tiene la posibilidad de superar sus trabas físicas y de multiplicarse y dominar sobre la naturaleza. Ese dominio de la naturaleza, que Marx alababa, es el que nos ha hecho bajar de los árboles y conformarnos hoy en una especie que se multiplica sin cesar y que controla todo lo que toca. Esa segunda naturaleza no viene con la “primera”, no viene “pegada” al cuerpo. La primera naturaleza es eso que viene con uno, que no tiene que ser aprendido. Nadie estudió para aprender a comer y digerir. ¿Por qué? Porque esas son funciones naturales. Pero todo lo que corresponde a la segunda naturaleza, son funciones aprendidas, son funciones que se transmiten de generación en generación: es lo que llamamos educación, es el conjunto de creaciones humanas, que no se transmiten automáticamente sino a través de la cooperación entre las personas. Eso es lo que llamamos cultura: la lucha gigantesca de la humanidad contra la necesidad, lo que la ha constituido en lo que es hoy, para bien o para mal.

Esa construcción contra la necesidad es lo que ha multiplicado esa potencia primera de la naturaleza tal cual la recibe el ser humano cuando llega al mundo. Uno no puede ir más allá de cierta capacidad física, tomado como individuo. Como sociedad, como cooperación, puede ver donde quiera: a través de la televisión uno puede ver más allá de los doce kilómetros del horizonte; a través de los sistemas de radares y de los sistemas de visualización de galaxias lejanas, se puede incluso observar el “Big Bang”. Lo que el ojo humano no podía darse por sí lo ha multiplicado esa segunda naturaleza, esa capacidad de conquista humana sobre la necesidad. Esa cultura, es lo que hace libre a la especie humana, libre de esas trabas originales. Esas trabas que se expresan en la vida cotidiana: yo no podría levantar más de 50, 60 kilos, con mis brazos, pero con una grúa se pueden levantar miles y miles de toneladas; ningún ser humano puede volar, sin embargo, basta tomar un avión o, como soñaba el presidente Ménem, subir a la estratosfera, esperar que el mundo gire y bajar de vuelta al otro lado del mundo. Eso es lo que ha hecho la humanidad a lo largo de milenios de cooperación humana, de trabajo cotidiano y continuo de creación: expandir la potencia de su naturaleza primera por medio de la cultura, su “segunda” naturaleza.

Argentina Potencia

Ese desarrollo de la cultura no aparece, sin embargo, abstraído de las relaciones sociales en que vive la humanidad, porque la humanidad “en general” o “como tal” no existe. Existe en sociedades concretas y las sociedades en las que vivimos, por lo menos desde hace 6.000 años, son sociedades de clases. De manera tal que todas las posibilidades, las gigantescas potencialidades de la cultura humana, se reparten según líneas de clase y esa repartición no es igualitaria, por supuesto. Esa separación en clases reparte la carga de esas potencias por un lado y su disfrute por otro. Es decir, todo lo que el proletariado, el campesinado, o los esclavos, crean cotidianamente con su trabajo, esa actualización de las potencias humanas, es lo que permite el disfrute de sus resultados por las clases que los dominan. Si hay una cosa llamada necesidad, es lo que enfrentan las clases dominadas todos los días. Si hay una cosa llamada libertad, es lo que disfruta la clase dominante todos los días.

Si la cultura es, entonces, la base de la libertad, la única forma de conquistar esa libertad para las clases dominadas es la revolución social. De modo tal que esto nos coloca en el campo de la discusión, ya no de los problemas de la cultura en general sino en los problemas de las sociedades de clase. En particular, de ésta en que vivimos. En la Argentina, esta segunda naturaleza humana ha logrado, a lo largo de sus cortos 150 ó 200 años de historia, una enorme expansión. La Argentina, como acto y como potencia, es una sociedad mucho más rica que muchas otras. Es decir, esta segunda naturaleza humana en la Argentina se ha desarrollado a una escala muy superior a la de otros países. Es más, en algún momento la escala inmensa de ese desarrollo hizo soñar a muchos argentinos que la Argentina iba a ser en el siglo XX lo que EE.UU. fue en el siglo XIX, una “potencia”. Si uno observa la historia de la Argentina, efectivamente eso parece tener algún viso de realidad. Todo el mundo sabe que, como se dice fuera de Argentina, el gran negocio es comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale. Hará una diferencia gigantesca, porque los argentinos son muy fanfarrones, muy pagados de sí mismos. Esa cuestión -bastante desagradable cuando se vuelca bajo la forma de racismo- tiene, sin embargo, una base material. La Argentina fue alguna vez la promesa y -a medias- el resultado, la realidad, de un gran país. Si uno ve todos los indicadores hasta 1950, puede observar que esa fanfarronería argentina tiene una base material: que la Argentina fuera el “granero el mundo” era algo real, que Argentina fuera la “tierra de promisión” para mucha gente en el mundo, era algo real. De lo contrario ¿por qué aparecieron de la noche a la mañana 6 millones de personas, que abandonaron sus orígenes y emigraron a nuestro país a fines del siglo XIX y comienzos del XX? Que la Argentina era un país educado, es más, que con los libros que se escribían e imprimían en la Argentina se educaba a todo el mundo de habla hispana, era una realidad. Que la Argentina era el país de una “clase media” poderosa, educada, etc., etc. es parte el sentido común, y se expresó en instituciones difíciles de encontrar en algún otro lugar, como la Universidad argentina, de un nivel importante y, al mismo tiempo, pública. Hasta 1950, la Argentina ve crecer sistemáticamente su población, no sólo en sentido cuantitativo: la gente también nacía mejor y se moría más tarde. Este desarrollo de las potencias humanas en la Argentina es, hasta 1950, muy visible, se tome el indicador que se tome.

A partir de 1950 eso ha cambiado. Desde 1952 para acá (la fecha del primer Plan de Ajuste, el plan económico de Perón del ´52), todos estos indicadores generales en la Argentina retroceden violentamente. Son muy visibles: se están yendo los nietos de los abuelos que vinieron a comienzos del siglo XX. Uno de los mejores negocios de la actualidad, por ejemplo, es la “doble ciudadanía”: los que tramitan esas cosas que permiten que cada nieto de inmigrante tenga la puerta abierta para huir en cualquier momento, acumulan verdaderas fortunas. No solamente se va la población de esa manera y forma enormes colonias en lugares como Miami, España, etc, etc, sino que, además, los que se quedan mueren cada vez más jóvenes. La desnutrición infantil en Argentina avanza de una manera que uno no sospechaba que era posible. No solamente eso, los viejos la pasan cada vez peor: se mueren antes. Es fácil medir la mortandad infantil, es cuestión de contar los que nacen y los que mueren antes del año: son, en la provincia de Buenos Aires, más de 10.000 por año. Si se recuerda que los “desaparecidos” del Proceso militar suman aproximadamente 11.000 personas, se deduce que todos los años el capitalismo argentino libra un Proceso militar contra sus propios niños. Niños que no serán nunca adultos y adultos que crecerán en las peores condiciones y que se morirán antes. La mortalidad senil es muy difícil de medir porque ¿cómo sabemos cuanto iba a vivir una persona? No solamente eso, la educación actual es un absoluto desastre y lo sabe cualquiera que haya pasado por la secundaria, sea docente o estudiante. La tasa de analfabetismo real es de un nivel que nadie esperaba jamás. Podemos seguir dando ejemplos durante horas. La Argentina, del ´50 para acá, va en el sentido de destruir lo alcanzado por esa segunda naturaleza que había logrado desarrollar, esa potencia que le permitía alcanzar escalas mayores de libertad para su población.

La descomposición

Si observamos los últimos 20 años, eso se manifiesta de manera cada vez más violenta. Los que vivieron el ´75, el Rodrigazo, pensaron que era una crisis terminal ¿Qué podía haber peor que eso? El ´82. Los que vivimos el ´82 -yo lo recuerdo porque empezaba a buscar trabajo con el Clarín bajo el brazo- pensábamos que no había nada peor que eso. ¿Qué podía haber peor que el ‘82? El ‘89. Saqueos. En la Argentina, población que tiene que sobrevivir robando… Recuerdo una anécdota que, sino fuera trágica sería graciosa, de cuando la Selección argentina fue a jugar a Chile y los chilenos le gritaban “argentinos comegatos”… Recuerdo también que una revista había sacado toda una serie de fotos de gente que sobrevivía comiendo gatos. Recuerdo también la anécdota del caballo que, corriendo una carrera en el Hipódromo, le da un paro cardíaco y muere en la pista. Van a buscar un camión para llevárselo y cuando vienen a buscarlo se encuentran sólo con los huesos, porque la población de la villa vecina se había llevado todo, hasta usando pedazos de vidrio como cuchillos. ¿Qué podría ser peor que el ‘89? El 2001.

La creencia de que la Argentina hoy no puede vivir otro 2001 todavía peor, implica no sólo una audacia, tal vez insana, sino también un desconocimiento de las probables tendencias históricas que dominan su desarrollo. Este país se está descomponiendo y esa descomposición se vio con mucha claridad en el 2002. No hay país sin moneda. Dieciocho monedas tuvo Argentina en el 2002, incluso algunas con nombres particularmente desagradables, como el BOFE, los Bonos Federales de Entre Ríos. Imagínense que desagradable que a uno le preguntaran cuál era su sueldo y tener que responder 500, 600 o mil “bofes”. Un Bofe valía un quinto de un peso, un lecop o un patacón. Un litro de nafta, por ejemplo, salía 5 “bofes”. Si recordamos que el bofe no es precisamente la parte más cara de la vaca, esta moneda hacía honor a su nombre. Era una vergüenza nacional, pero sólo una de las 18 vergüenzas de un país que marchaba al revés que Europa, por ejemplo, donde monedas centenarias como el Marco alemán, o el Franco francés, se disolvían en una sola, el Euro. La Argentina, que no tiene una moneda estable por lo menos desde los últimos 50 años, se dividió en 18 monedas, hasta existió una moneda trucha, que era el cartoncito del Club del Trueque.

Frente a esa descomposición, a esa crisis general, se abre un abismo, como en toda crisis. La crisis tiene una virtud: es muy pedagógica. De las crisis se aprende porque cuando uno anda bien, no se pregunta por qué anda bien. ¿Quién se detiene a dejar de disfrutar los frutos de lo bien que le va para preguntarse por qué le va bien? La crisis obliga a preguntarse por qué estamos como estamos. Y, en esa crisis, la población de la Argentina desarrolló un enorme conocimiento social. Con los saqueos, por ejemplo, se descubrió que la propiedad es la causa del hambre. Tenemos los supermercados llenos de comida, tenemos la población muerta de hambre. ¿Cómo se resuelve el problema del hambre? Abrí la puerta y que entren los hambrientos y coman. ¿Por qué no se puede hacer? Porque el propietario no otorgará nada gratis sino una propiedad a cambio de otra propiedad. En la sociedad capitalista no se satisfacen las necesidades humanas, sino solamente las necesidades de los que pueden pagar. De modo tal que el problema del hambre es el problema de la propiedad. Los cortes de calle y de ruta, demostraron, probaron, expusieron como conocimiento, que la realidad se transforma con lucha. El Club del Trueque, incluso con sus enormes contradicciones e inutilidad, demostró, al contrario, que el mercado no es la solución, ni siquiera bajo la forma más primitiva del trueque. Las fábricas ocupadas ¿qué nos enseñaron? Que la burguesía está de más. ¿Qué nos enseñaron las asambleas populares? Que la democracia directa es posible. A lo largo de todo un año la sociedad argentina produjo un enorme conocimiento social, a saber, que otro mundo es posible y que frente a la descomposición capitalista otras relaciones pueden construirse.

La cultura K

Termino con un sucinto balance de la cultura en la Argentina actual. Se trata del mayor retroceso en el conocimiento social de los últimos años. ¿Por qué? Porque es el retorno de esas ideas que fueron superadas por la práctica real. Por ejemplo, la creencia en que los argentinos somos un “pueblo iluminado”, el nacionalismo que hemos visto en películas como Iluminados por el Fuego, y que el gobierno, continuando la tradición de De la Rúa, no hace más que enfatizar. En relación a los derechos humanos, la idea de que con cuatro o cinco gestos se puede hacer justicia a los revolucionarios, es realmente un asombroso retroceso en el conocimiento social. Lo mismo con la idea de que es posible la refundación de la Argentina bajo las mismas relaciones sociales que la han hundido, idea que se ha hecho popular gracias a la Ñ o Caras y Caretas, y que ya prepara su apoteosis con la conmemoración del segundo centenario de la Revolución de Mayo, en el 2010.

Retroceso engalanado con un gigantesco doble discurso que no es más que una máquina de producir ignorancia: “somos muy duros para negociar y le hemos impuesto al mundo nuestra voluntad”, dice el presidente. Con lo que acaban de confesar que van a pagar, se habrán pagado ya un total de 20.000 millones de dólares al FMI y los principales acreedores. Obviamente, una concesión que el Fondo Monetario hizo después de una “enorme lucha”… Es fantástico que alguien festeje como un logro de su propia lucha haberle pagado a quien quería cobrarle. Para colmo, todo eso se hace sobre la base de una inmensa miseria de la sociedad argentina. La producción está al nivel de 1998, o sea, al borde de la recesión y, sin embargo, hay más pobres que en el `98; el salario actual es un 30 a un 70 % más bajo, según la categoría, del salario del año ´98; el presupuesto nacional, en esta economía supuestamente keynesiana y de “gasto público” es un 30% más bajo que el del año ´98. Por un superávit de 1 punto del PBI se echó a López Murphy y a Cavallo. El superávit propuesto para el 2006 es de 3,2 %.

Este es el estado de la cultura en la Argentina, entendiendo cultura como las capacidades humanas que hacen posible la libertad. La pregunta obvia es qué hacer frente a este estado de la cultura. Bueno, depende de qué lado se coloque uno. Quienes comparten este pronóstico, que la Argentina no existe más, que la Argentina como país capitalista no hace más que ir hacia su propia descomposición, por más que dos o tres años entre estallido y estallido hagan creer lo contrario, quienes creemos en esto, tenemos que organizar la defensa de la cultura. ¿Qué es la defensa de la cultura? La defensa de las potencias alcanzadas por la población argentina en su desarrollo histórico. Tenemos que evitar que la clase que gobierna este país termine por destruirla. La única forma de evitarlo es conquistar los instrumentos necesarios para gobernar este país y construirlo sobre otras bases sociales. Por eso nosotros decimos (y Razón y Revolución cumple en el 2005 diez años en esa tarea) que frente a la cultura de una burguesía decadente sólo puede erguirse una cultura piquetera, la cultura de la clase llamada a renovar las posibilidades de la vida en este país. En eso estamos desde hace diez años, y vamos a seguir estando. Muchas gracias.

* En la mesa intervinieron también Ariel Bignami, Víctor Redondo, Horacio González, León Rozitchner y Vicente Zito Lema. Todas las ponencias y el debate posterior se pueden leer en www.razonyrevolucion.org.ar

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *