Adictos al fracaso. Historia del Partido Comunista de Irak; 1934-63

 

Marcelo Novello

 

Una perspectiva supuestamente progresista pretende hacernos creer que el “eterno sometimiento” de las masas de Medio Oriente yace en una especie de irracionalismo congénito que rechaza la “modernidad”. Un repaso a la historia del Partido Comunista de Irak permite otra explicación.

Habiendo sido colonia británica, Irak declara su independiencia en 1932, en acuerdo con su metrólpoli. Tal como la organización social que le da fundamento, el proletariado irakí es un producto bastante tardío. Concentrada en las actividades neurálgicas (petróleo, trenes, puertos) de capitales británicos, la clase obrera realiza, recién en 1927, la primera huelga organizada. Dos años más tarde, los ferroviarios crean el primer sindicato.

La acción comunista se reduce en ese período a  ciertos círculos de discusión en Basora, Bagdad y Nasiriya. En 1934, estas sociedades se unifican para constituir el Partido Comunista Irakí (PCI). En su primer programa, el partido levanta consignas como el gobierno obrero y campesino, la expulsión del imperialismo, la reforma agraria y la independencia kurda, rechazando el “frente popular” impulsados por el Comintern. No obstante, y como producto de la intervención del PCUS, se moderan las consignas, dando apoyo a las dictaduras burguesas de Bakr Sidqi y Rashid al-Gaylani, que se proclamaban anti-británicas.

Yusuf ‘Fahd’, su máximo dirigente, establece como prioridad el trabajo político en el movimiento obrero. En poco tiempo, y con un 25% de composición obrera, el PCI se convierte en un partido nacional, implantado en el proletariado kurdo del norte, en el centro sunnita, y en el sur shiíta. En mayo de 1941 tropas británicas ocupan Irak y el PCI acompaña las manifestaciones contra el invasor. Sin embargo, tras la invasión nazi a la URSS, la dirección gira 180º para adaptarse al ‘anti-fascismo’ dictado por Moscú: a las tropas ocupantes ahora las declara “aliadas”, mientras teje relaciones con la Embajada Británica. Cuando en 1944 la monarquía decide legalizar 16 sindicatos, para aplacar las luchas sociales, 12 tendrán una conducción comunista. Pero el giro pro-británico y la poca democracia partidaria son repudiados por importantes cuadros militantes, dando lugar a tres escisiones. Finalizada la guerra mundial, el apoyo de Moscú al proceso de descolonización empalma con el sentimiento anti-colonial de las masas. El PCI se salva entonces de su  propia disolución y crece hasta llegar a los 1.800 militantes.

En 1948 el primer ministro Salih Jabr firma en el Tratado de Portsmouth una tutela política británica. Inmediatamente estalla una rebelión popular. Salih Jabr debe huír del país, y asume Nuri al Said, un agente británico obligado a “maniobrar”. El PCI entra en la rebelión y dirige huelgas durísimas contra empresas británicas (ferrocarriles, correos, petróleo). Se obtienen aumentos salariales, pero sus dirigentes van a prisión y se ilegalizan las organizaciones sindicales. A raíz de su intervención, el activo comunista aumenta a 4 mil miembros. Sin embargo, otra vez la directiva de Moscú los pondrá en serios aprietos: la URSS pacta con EE.UU. la partición de Palestina: 730 mil palestinos son expulsados por grupos armados sionistas hacia la diáspora. El PCI cede ante Moscú y reconoce al Estado de Israel. Esta decisión alterará a las bases partidarias y se producirán deserciones en masa. El  PCI se desangra en cinco fracciones hostiles. Nuri al Said aprovecha la confusión y decreta  la ley marcial: las estructuras partidarias caen en dominó. ‘Fahd’ es detenido y colgado en plaza pública. Sólo un par de cientos prosiguen la actividad partidaria.

En 1958, liderados por el Gral. Qassem, 200 oficiales derrocan a la monarquía. El golpe libera la movilización de los oprimidos que toman por asalto la Embajada británica, ganan las calles y dan muerte al Primer Ministro Nuri al Said. Con su intervención en numerosas huelgas obreras, movilizaciones estudiantiles, y rebeliones campesinas contra los sheiks latifundistas, el PCI crece de 500 a 25.000 miembros. La afluencia hacia el PCI era tal que los líderes religiosos shiítas emitieron un decreto contra la adhesión al comunismo. Su periódico salía a diario y vendía 23 mil copias. El PCI era ahora la mayor organización política, y ejercía una enorme influencia en las masas con los siguientes frentes: La Liga por la Defensa de los Derechos de la Mujer,la Federación Juvenil Democrática (84 mil jóvenes) Partisanos de la Paz (250 mil adherentes), las Juntas Campesinas (representando a 200 mil campesinos) y la Federación General Sindical (275 mil trabajadores). Su milicia, Fuerza de Resistencia Popular, organizó 25 mil combatientes para aplastar en Mosul (marzo del ’59) un intento golpista que reunía a jefes tribales, terratenientes, nasseristas desafectos y el Partido Baath. En las FF.AA., oficiales comunistas comandaban las unidades militares estratégicas: la Primer División (Basora y Nasiriya); la Segunda División (Kirkuk); y varias brigadas más extendidas por todo el país. El PCI tenía una convocatoria enorme: 250 mil personas contra la intentona reaccionaria y un millón el 1º de Mayo. Con la movilización, el PCI proveía de una base política a Qassem, mientras lo presionaba para entrar al gobierno.

El PCI nunca consideró la toma del poder a pesar de la insistente exigencia de sus militantes en el ejército: Moscú quería la “coexistencia pacífica” con el imperialismo. En julio del ’59 Qassem aisló a su incómodo aliado: disolvió su milicia, purgó a sus miembros del ejército y los ministerios, golpeando políticamente a los trabajadores. A pesar de sufrir el accionar del gobierno, la dirección stalinista siguió exigiendo apoyo a Qassem, argumentando luchar contra los imperialistas. Como todo bonapartismo, en algún momento tenía que caer. Las fuerzas golpistas, desde la completa disolución, tardarían solamente 4 años en rearmarse. En febrero de 1963, el nasserista Cnel. Aref y el Partido Baath (donde ya milita un jóven Saddam Hussein), con el apoyo de la CIA, asesinan a Qassem y desatan una brutal represión. Ocho mil activistas son exterminados. Siete de los 19 miembros del Comité Central, son detenidos y ejecutados, incluyendo a su Secretario General Salam ‘Adil. Otras 100 mil personas desbordan las cárceles y centros de detención.

El PC de Irak no ha podido superar el programa burgués. Si bien Moscú proveía al partido de los recursos materiales, lo condenaba a virajes y políticas que impedían su crecimiento. El hilo conductor que, entre zig-zags y giros tácticos, permite hilvanar la estrategia del PCI es su permanente apoyo al régimen político burgués: una política reformista que lo alineó, alternativamente, detrás del imperialismo (apoyo a la monarquía; apoyo a Israel) ó detrás de la burguesía nacional (coqueteo con el nasserismo; seguidismo suicida a Qassem). Las presiones pro imperialistas, debilitaban al partido y lo exponían a su liquidación. Los frentes populares entregaron, como no puede ser de otra manera, a la clase obrera a sus enemigos. En una región de fuertes enfrentamientos sociales, la falta de independencia política del proletariado se revela como criminal para los propios trabajadores y sus organizaciones. El tamaño alcanzado por el comunismo desmiente la conciencia necesariamente religiosa de las masas árabes. Al mismo tiempo, sus errores explican mejor sus derrotas que un supuesto irracionalismo anti-occidental de la clase obrera de Medio Oriente.

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