¡Adelante! Las perspectivas de las movilizaciones populares en Brasil – Leovegildo Pereira Leal (MM5M)

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¡Adelante!
Las perspectivas de las movilizaciones populares en Brasil

En esta nota, un compañero de la organización Movimiento Marxista 5 de Maio (MM5), de Brasil, analiza las razones y las perspectivas de los levantamientos ocurridos en junio.

Leovegildo Pereira Leal
Movimento Marxista 5 de Maio – Brasil

Los seis mil manifestantes que se juntaron en las calles de San Pablo el 6 de junio último –convocados por principalmente a través de las redes sociales por el hasta entonces modesto Movimiento Pase Libre- se multiplicaron vertiginosamente en apenas quince días, alcanzando al millón de personas en la ciudad de Río de Janeiro el día 20 del mismo mes. En todo el país, en todas las capitales y en algunas ciudades de tamaño medio, se sumaron luego más de dos millones de manifestantes.
La reivindicación inicial –por otra parte, ya conquistada a los poderes públicos- de anulación de los aumentos de tarifas de transportes urbanos, se extendió en un amplio abanico de exigencias y denuncias, desde más y mejores servicios públicos (salud, educación, seguridad, vivienda, sanidad, etc.) a una crítica aguda a los gastos de construcción de estadios lujosos para la Copa de Confederaciones en marcha y para la Copa del Mundo de 2014 y las Olimpíadas de 2016. Hay enfrentamientos en las calles brasileñas. La lucha de clases vuelve al escenario nacional de forma unificada y continua después de casi veinticinco años. Se abre una nueva coyuntura. Lucha de clases abierta y unificada: esta es la marca de la nueva coyuntura en que se moverán de ahora en adelante aquellos que combaten por la causa del proletariado.
Antes que nada, todos los que pertenecemos a la izquierda organizada del país precisamos reconocer que tanto la emergencia espontánea del movimiento como su combatividad y capacidad de multiplicación, nos causaron –todavía lo hacen, en cierto modo- perplejidad. Una incómoda verdad es que fuimos tomados por sorpresa por esta espontaneidad del movimiento. Y no se trata aquí de una apelación a la madurez o al buen sentido. Se trata, eso sí, del ejercicio de una autocrítica absolutamente esencial para desarrollar alguna influencia en el rumbo del movimiento de masas del país de ahora en adelante.

Las causas

Hoy, quince días después del tímido inicio de las movilizaciones, podemos constatar tres causas inmediatas de su eclosión: el aumento abusivo de las tarifas de transporte urbano, el recrudecimiento acelerado de la inflación, en particular de los alimentos en los dos últimos meses, y la asignación privilegiada de recursos para los eventos deportivos mencionados –que solamente beneficiarán a la burguesía- en detrimento de recursos para servicios públicos esenciales. Pero nos interesa sobre todo identificar las causas remotas, más de fondo, del contenido y de las formas asumidas por las manifestaciones, de modo de prepararnos para intervenir en este nuevo contexto general de lucha de clases en que estas manifestaciones se insertan y que las determinan inicialmente.
Es preciso, entonces, tener en cuenta que en sus más remotos orígenes la rebeldía que se hace presente en las calles y plazas brasileñas se localiza en el mismo proceso de precarización de la vida de las grandes masas urbanas y rurales, desencadenado por la burguesía a nivel mundial como respuesta al actual ciclo histórico de crisis del capital abierto a mitad de los años ’70 del siglo pasado bajo la forma de crisis energética, conocida como “crisis del petróleo”. El nombre de este proceso perverso es neoliberalismo, en el que estratégicamente, a largo plazo, la burguesía dejó de lado el estado de bienestar de la posguerra, significando esto el abandono de los trabajadores a la “mano invisible” del mercado. El resultado, sabemos, fue cruel para los que viven de su trabajo: privatización, desempleo, precarización y degradación de los servicios públicos, en particular la educación, la salud y el transporte. Con eso, es decir, descargando sobre las espaldas del proletariado los costos de la crisis, la burguesía internacional puede combatir la caída de sus ganancias en el período que va de 1975 a 2005.

El árbol de la vida

Pero la simiente de la rebeldía germinaba en el silencio impuesto por la dominación de los explotadores, impuesto, nótese, por una mezcla de represión y manipulación mediática. Pero la simiente germinaba. Y el frondoso árbol de la vida de la lucha del proletariado por su liberación –y de la propia humanidad- del yugo del capital brotó cuando el capitalismo expuso sus contradicciones y fragilidades estructurales en la crisis financiera de 2008. Explotó en la llamada Primavera Árabe que, más allá de las diferencias entre países y regiones, tiene en la herencia maldita del neoliberalismo y en la crisis de 2008, el mismo origen histórico del actual invierno brasileño.
Una de las principales preguntas respecto de la dimensión y las posibilidades de la continuidad del cuadro en que se insertan las actuales manifestaciones de Brasil encuentran su respuesta en la misma situación: en la medida en que permanezcan las causas histórico-estructurales (la profundización general de la precarización de la vida del proletariado a nivel mundial causado por el neoliberalismo) y en la misma medida en que la actual crisis aguda, de naturaleza financiera del capital, no encuentra solución que haga revertir la caída de las ganancias capitalistas, podemos afirmar que la tendencia es a la permanencia e, incluso, agudización de las manifestaciones directas del proletariado y de la pequeña burguesía contra gobiernos y políticas de una burguesía en pánico, desarticulada y dividida.
La hipótesis de un golpe de estado burgués, militar o de tipo fascista, en la forma del Estado de Sitio, no tiene bases materiales de clase ni histórico-ideológicas. Las fuerzas armadas brasileñas, que directa o indirectamente desencadenarían o, por lo menos, apoyarían tal golpe, no tienen tiempo ni condiciones de forjar una cohesión capaz de introducirlas como protagonistas políticas inmediatas con algún peso en la escena política actual. Por otro lado, establecer un Estado de sitio dependería de un decreto presidencial aprobado por el parlamento. Eso desmantelaría de una vez la ya amenazada hegemonía petista-pcdobista en el escenario institucional de la política brasileña. Sería claramente un suicidio político. Un tiro en el pié. Hipótesis que, en última instancia, no puede ser descartada, pero que hoy carece de cualquier base concreta.
El hecho es que la burguesía se encuentra desarticulada políticamente para enfrentar un cuadro de crisis política de su dominación con la emergencia de un nuevo movimiento de masas. Con habilidad, la presidenta Dilma Rousseff convocó a cadena nacional de televisión en la noche del día 21, veinticuatro horas después de la violenta represión desencadenada en la manifestación que reunió un millón de personas, para divulgar un mensaje que, al mismo tiempo que garantiza la vigencia y profundización de los derechos constitucionales, enfatizó que el gobierno no tolerará la “violencia y las imposiciones de una minoría”.
Dilma, que hasta entonces parecía estar viviendo en otro planeta, asumió formalmente toda la agenda de reivindicaciones defendida por el movimiento, prometiendo grandes recursos en la línea de un estado de bienestar social y saludando las manifestaciones como una contribución a su gobierno: “Los estoy escuchando”, garantizó. Y convocó públicamente a una gran reunión nacional de prefectos y gobernadores para discutir un gran programa de ampliación de la cantidad y calidad de los servicios públicos, prometiendo formalmente más recursos para educación y salud, incluyendo en este ítem la contratación de médicos extranjeros. En definitiva, la estrategia del gobierno federal es la de capitalizar políticamente la crisis. No nos olvidemos de que el año que viene es aña de elecciones presidenciales.

Lucha de clases

Dado este cuadro, interesa identificar la naturaleza clasista de los combates hasta ahora registrados. Teniendo a la vista no sólo la naturaleza inmediata de las reivindicaciones, como el carácter general democrático-ciudadano al que apuntan las banderas y los discursos hegemónicos del movimiento, estamos aún delante de un movimiento de naturaleza general pequeño-burgués, en el cual, a pesar de que los intereses de la burguesía son enfrentados de forma inmediata y abierta, la alternativa clasista proletaria de enfrentamiento a las relaciones sociales capitalistas no son colocadas en el campo de combate, ni siquiera como propaganda.
Trátase, por lo tanto, de un movimiento hegemonizado por la pequeña burguesía. No es casualidad la ojeriza inicial contra los partidos políticos, evidenciada como una fuerte marca de todas –todas- las manifestaciones. Nadie que tenga sentido común, nadie que coloque el principio marxista de “análisis concreto de la situación concreta” por encima de las supersticiones voluntaristas y mesiánicas, puede negar la evidencia del predominio de un anti-partidismo y un anti-comunismo como marca ideológica de las manifestaciones hasta ahora. Las agresiones cobardes sufridas por los militantes de la izquierda organizada que ostentaban banderas de sus partidos constituyen, evidentemente, acciones directas de fascistas y de policías infiltrados. Pero es preciso enfatizar y tener seriamente presente que tales hordas traducían en estas agresiones consignas ampliamente mayoritarias en las manifestaciones: “Fuera los partidos”, “Nuestra bandera es la bandera brasileña”, “Pueblo unido no precisa partido” y otras semejantes, todas sintetizadas en la palabra de orden, de acción, que momento a momento exigía “Bajen las banderas”. Insistimos: ha sido esta la ideología dominante en este inicio de resurgimiento de la unificación de las luchas del proletariado brasileño.
¿Vamos, entonces a criminalizar el movimiento? Solamente a una militancia igualmente inmediatista y pequeño-burguesa se le ocurriría tal absurdo. Es preciso considerar primero que nada que estamos delante de un resurgimiento del ciclo de luchas después de un largo letargo del movimiento de masas en Brasil. Este movimiento padecerá, como padece, de las enfermedades infantiles que caracterizan el nacimiento. Si no fuese esta una ley histórica, nosotros, los marxistas, no tendríamos razón de existir. La historia caminaría por sí misma, mecánicamente. Nosotros existimos para eso mismo: concientizar el movimiento de masas en momentos en que eso es posible y, particularmente, necesario. Después de lo dicho, tratándose de un movimiento que, por estar en su etapa inicial, está necesariamente en disputa, ¿por dónde comenzar?
Colocar al proletariado en el escenario que se abre. Corresponde a los sindicatos que realmente pretenden representar a quienes viven de su trabajo, convocar a sus bases a la lucha, ya que las propias reivindicaciones económico-sindicales que forman la pauta del movimiento hasta ahora son de interés inmediato del proletariado: educación, transporte, salud, etc. Debemos, pues, llamar a los trabajadores, en cuanto tales, a las calles. Es este actor el que, en escena, estimulará la transformación ideológica del movimiento en lo que refiere a su actual anti-comunismo y anti-partidismo dominante.
El proletariado en la calle, tanto cuantitativa como cualitativamente, creará, ciertamente, un nuevo tipo de polarización que, delante de un movimiento radicalizado en formas de acción directa, nos permite confiar en la posibilidad real de una reversión ideológica de la rebeldía. Al final de cuentas, constituye una ley histórica el hecho de que la pequeña burguesía se inclina por el lado más fuerte. En este momento en que la burguesía está visiblemente debilitada, un proletariado unido, en movimiento, empujará a su lado a esta pequeña burguesía radicalizada.

Huelga general

Concretamente, se expresa con urgencia la necesidad de formar un Foro Sindical específicamente creado para convocar a una huelga general nacional. Luego, la evaluación concreta de la realidad concreta es la que dirá el camino a seguir. Esto va a exigir a la izquierda el ejercicio de una gran capacidad de unidad, dejando de lado los vicios del mesianismo y del institucionalismo que han marcado la trayectoria de sus segmentos mayoritarios. No se puede olvidar que la ojeriza hacia los partidos demostrada en las manifestaciones, en gran parte una degeneración moral de los partidos burgueses, se debe en no menor parte al voluntarismo y el seguidismo institucionalista –en realidad, dos caras de la misma moneda- de estos segmentos mayoritarios de la izquierda del país.
Pero que ninguno se confunda: repudiamos frontalmente las agresiones y la discriminación de la que son víctimas los partidos comunistas de izquierda. A ellos nos juntamos en esta lucha por la legitimidad de nuestra acción y por la dignidad de toda nuestra militancia. A la intolerancia pequeño-burguesa decimos no. A la agresión fascista vamos a responder con lucha.
A la lucha, pues. ¡Venceremos!

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