Academicismo trotskista – Por Marina Kabat

gulliverstravels00swif_0123_BYNSobre Los orígenes de la clase obrera argentina. Huelgas, sociedades de resistencia y militancia política en Buenos Aires, 1888-1896, de Lucas Poy (Imago Mundi, 2014)

El principal déficit del libro de Lucas Poy es privilegiar la diplomacia de los claustros por sobre la creación de conocimiento colectivo, es decir, por sobre el desarrollo de la ciencia. Esta reproducción del modus operandi académico muestra los límites de la política intelectual del PO y de sus investigadores profesionales.

Por Marina Kabat (Grupo de investigación de la historia de la clase obrera argentina-CEICS)

Cuando criticamos algunas obras poco fundamentadas de miembros del PO nos acusaron de academicistas. Los compañeros no entendieron que nuestro cuestionamiento se dirigía hacia el contenido de las obras y no a las credenciales profesionales de sus autores. De hecho, públicamente hemos elogiado La historia del Movimiento piquetero de Luis Oviedo o Las fábricas ocupadas de Pablo Heller. En Razón y Revolución n° 9, otoño de 2002, publicamos fragmentos del libro de Oviedo y dijimos: “…Se trata de un libro partisano surgido al calor de las mismas luchas. Esta obra al superar las producciones ‘académicas’ prueba que la militancia política o partidaria no impide sino que, por el contrario, favorece el desarrollo del conocimiento social”. Hoy el libro de Oviedo sigue siendo bibliografía obligatoria de la cátedra Historia Argentina IIIB, simplemente porque a RyR no le importa la academia, sino el conocimiento científico necesario para la acción política.

Pero la producción teórica del PO ha decaído en los últimos años, convirtiéndose en un ensayismo vacío de fundamentación. En paralelo, como otra cara de la misma moneda, dentro del PO se ha desarrollado una camarilla académica que busca escribir sobre temas simpáticos a la izquierda y encontrar a la vez un nicho académico relativamente seguro en el ámbito universitario. Ambos extremos muestran lo mismo: la negativa a desarrollar el conocimiento científico como arma de lucha. Un ejemplo es que los universitarios ligados al PO, se negaron en la Asamblea de Intelectuales del FIT a desarrollar una revista de la asamblea que fuera una herramienta de lucha teórica de la izquierda y, a la vez, un espacio para que distintas fracciones debatieran en el camino de la unificación partidaria. Pero, a la vista del público potencial que el FIT ofrecía, se lanzaron a la construcción de una revista académica de manera de explotar ese nicho de mercado en favor de su prestigio personal. Así nace Archivos de Izquierda.

El libro recién publicado de Lucas Poy responde al mismo fenómeno. Todos los vicios de la producción académica (incluyendo el chupamediaje a los referentes consagrados del mundillo universitario y el macartismo a la izquierda) al servicio de la acumulación personal. Si bien su obra presenta aportes empíricos valiosos, gran parte de ellos se malogran encadenados a una interpretación construida mediante la constante pleitesía a la academia y por el ciego seguimiento de los prejuicios dependentistas del PO.

Bueno para twitter, ¿no lo suficientemente bueno para su libro?

El libro de Lucas Poy analiza las huelgas obreras en Buenos Aires entre 1888 y 1896 y la construcción partidaria, es decir la conformación del Partido Socialista y de los núcleos anarquistas, que tiene lugar en el mismo período. Por una cuestión de espacio, solo reseñaremos aquí su análisis de los conflictos gremiales y del proceso de formación de la clase obrera que, de todas formas, constituye el corazón del libro, tal como su título lo atestigua.

No podemos dejar de resaltar que Poy parcialmente reproduce una agenda de problemas hace tiempo desarrollada por RyR, a saber: la evolución de la industria y de las crisis económicas como procesos que cierran las posibilidades de ascenso social y habilitan el desarrollo de una conciencia obrera y, por ende, de formas de luchas asociadas a esta conciencia. Esta idea se encuentra ya en el artículo de Eduardo Sartelli “Celeste, blanco rojo. Democracia, nacionalismo y clase obrera en la crisis hegemónica”,1 así como en textos posteriores de RyR que desarrollan esta hipótesis explorando el impacto de la crisis de 1890 y del desarrollo de la manufactura y la gran industria en Argentina. El texto de Sartelli también plantea la preeminencia de la conciencia de clase sobre la conciencia étnica migrante, tópico que Poy retoma, pero de una manera más lavada. Llama sospechosamente la atención que este texto fundacional de Sartelli, que ha orientado a múltiples investigaciones posteriores, haya merecido un twit de Poy que en marzo de 2013 lo recomendó como “Un viejo buen artículo de Sartelli” y que, sin embargo, no sea mencionado en absoluto en su libro. ¿Será que para Poy el artículo de Sartelli es demasiado polémico lo que lo hace apto para twitter, pero inapropiado para su libro donde busca congraciarse con todo el campo académico, con la sola exclusión de Romero?

En el capítulo donde analiza las distintas corrientes historiográficas del campo, la producción de RyR no es mencionada, pese a tener cuatro libros publicados, más una multitud de artículos que abordan problemas directamente tratados en el libro (incluyendo análisis de la industria metalúrgica, construcción, confección, construcción de carruajes, agro, gráficos, curtiembres, calzado). Para Poy, RyR como corriente historiográfica no existe o, mejor dicho, no debería existir, y la combate de la manera más cobarde posible, censurándola, al no reconocerla siquiera como parte del campo historiográfico. En un contexto donde los historiadores que él no se cansa de citar sistemáticamente censuraron la producción de RyR, su actitud es realmente rastrera. Tres citas aisladas desperdigadas en el resto del texto –sin referencia al conjunto- no mitigan este acto, solo intentan infructuosamente camuflarlo.

Poy habla en términos de manufactura y gran industria (naturalmente sin indicar quien comenzó a analizar los orígenes de la industria argentina en estos términos…). También toma el problema de la relación entre la conciencia de clase y la conciencia étnica, aspecto que Sartelli desarrolla en profundidad en el texto ya citado al debatir una a una las tesis de Devoto quien sostenía que la conciencia étnica primaba por sobre la conciencia de clase. Poy retoma el problema, pero jamás amaga a mencionar a Sartelli. En cambio, encuentra la forma de citar aprobatoriamente a Devoto (pp. 45y 46). Naturalmente, todo autor por más reaccionario que sea tendrá alguna frase con la que uno pueda coincidir. Poy se ocupa de buscar esa frase, para citarla y luego presentar su obra como complementaria a la de Devoto, en vez de opuesta a ella. Al seleccionar como cita textual un fragmento frente al cual no necesita diferenciarse evita una discusión frontal con este autor. Sortea el choque con quienes sostienen la primacía de la solidaridad étnica frente a la de clase y se congracia con la academia. De paso, aprovecha esa censura de la que él mismo es partícipe para presentar como originales argumentos de “ese viejo buen artículo” que no conviene citar en lugares serios.

La diplomacia académica manda y Poy obedece. Salvo a Romero, no critica prácticamente a nadie. Es decir, solo se juega frente a alguien que ha perdido peso desplazado por una generación más joven (Suriano, Lobato, Rocchi, entre otros). En cambio, este nuevo establishment académico no recibe demasiados cuestionamientos. Llegado el caso, Poy cubre sus nombres con un manto de piedad. Al mencionar las injustas críticas de las que frecuentemente son objeto Diego Abad de Santillán, Jacinto Odonne, Sebastián Marotta en su carácter de historiadores militantes, se guarda decir que Suriano es uno de los principales artífices de ese ataque. De esa manera, no empaña su relación, por lo demás bien aceitada gracias a múltiples elogios.

Al referirse al debate sobre la existencia de la clase obrera, otra vez omite la producción de RyR. Concentra sus críticas en Romero, mientras que suaviza sus juicios sobre sus sucesores, a quienes les reconoce matices en su producción. Esos matices, si bien existen, de alguna manera pueden separar a un grupo de historiadores marcado por el clima menemista (Romero y cía), frente a otro más cercano al espíritu de los gobiernos del siglo XXI (Suriano y amigos). Su crítica a los primeros esconde en gran medida su contemporización con los segundos, no menos alejados que aquel de una mirada científica de la clase obrera argentina. Al igual que Romero, Suriano, Lobato y Falcón (sí, él también, pese a su pasado trotskista) tienden a negar el desarrollo de la conciencia de clase y a restar importancia a los grandes hitos de las luchas obreras. Pero, ese es el marco intelectual con el cual Poy dialoga amablemente y que parcial, pero sistemáticamente, reivindica.

Las particularidades de un país particular (al que nunca comparamos con otros)

Poy presenta el progresivo cierre de las posibilidades de ascenso social como un correlato del carácter dependiente del capitalismo argentino. En sus palabras, su preocupación es estudiar de qué manera se produce “la consolidación de una estructura capitalista dependiente que bloqueó las posibilidades de ascenso social de la población migrante” (p. XXXI). El cierre de los canales de ascenso de clase no guarda ninguna relación con un supuesto carácter dependiente argentino. Todo capitalismo a medida que se desarrolla bloquea esta posibilidad. En tanto la gran industria se apodera de más ramas industriales, menos espacio queda para emprender el ascenso social.

Para Poy, como la economía argentina se estructura en torno al agro, éste extendería su inestabilidad al conjunto del mercado laboral y, con ella, la incertidumbre sobre las posibilidades de subsistencia (p. 39). Es cierto que la estacionalidad de la producción agraria se transmite a actividades asociadas, centralmente todas las que se relacionan con el transporte de los bienes agrarios. Pero de ahí a suponer que los ciclos de producción agraria determinan la estacionalidad del conjunto del mercado laboral argentino hay un abismo. Poy, que no teme al ridículo, lo cruza sin pensarlo. Así, tras enunciar su tesis, intenta probarla citando un manifiesto de los obreros sastres (p. 39 y 40). No podría haber elegido peor ejemplo: la situación descripta carece de toda “peculiaridad”, producto del capitalismo “dependiente” argentino. Los sastres producen ropa de invierno y de verano, con un pico de trabajo antes del inicio de cada temporada, sufriendo de desempleo en el período intermedio. Esto ocurre en todo el mundo. La bibliografía internacional sobre trabajadores a domicilio lo atestigua. Sea en países de base agraria o en otros sumamente industrializados los trabajadores de la confección tienden a trabajar hasta la extenuación unos meses, para morirse de hambre el resto del año. Dudo que Poy no haya leído La situación de la clase obrera en Inglaterra, donde Engels se ocupa del problema en detalle, pero no hay peor ciego que quien tiene un dogma en la cabeza.

La estacionalidad de estas actividades tampoco es una excepción en términos históricos. Es un rasgo que sólo desaparece en coyunturas extremadamente favorables donde los trabajadores imponen la concentración de sus empleos en las fábricas y la contratación permanente (algo que mayormente sucede entre mediados de 1940 y mediados de 1960) o en sectores dedicados a la exportación (que trascienden las demandas estacionales locales apelando al mercado mundial), como ocurre hoy en China. Poy parece idealizar la vida obrera en Europa o Estados Unidos de fines de siglo diecinueve y creer que la incertidumbre sobre la susbsistencia fuera una particularidad de la Argentina desconocida en “países industriales”. En su explicación el problema no parece ser tanto el capitalismo en sí mismo, como el carácter agrario y supuestamente dependiente del capitalismo argentino en particular.

Para Poy, el agro también imprime al conjunto económico la primacía del trabajo descalificado y un bajo nivel tecnológico. Mediante una cita a otro autor, Poy nos cuenta que el núcleo agroexportador requería una fuerza de trabajo que se moviera entre distintas actividades “lo que imponía baja calificación y escaso utilización tecnológica a nivel industrial” (p. 18). Esto es un completo sinsentido. Cada industria tiene sus propios requerimientos de calificación y busca resolverlos a su manera, por ejemplo promoviendo la inmigración de obreros calificados o formando jóvenes en sus propios talleres.

Poy no se limita a repetir disparates. También aporta su granito de arena. Cree que esta movilidad y descalificación dictada por las necesidades del agro se constataría porque ocasionalmente algunos huelguistas pudieran migrar al campo en busca de empleo eventual. Que esto ocasionalmente ocurra no implica que, necesariamente, las tareas industriales que desempeñaban tuvieran la misma calificación que las rurales. Sería tan ilógico como creer que un ingeniero despedido de una fábrica convertido en taxista nunca estuvo calificado. Poy generaliza al conjunto de la clase obrera características propias de una fracción de la misma, la infantería ligera del capital, sector que Sartelli ha analizado al examinar el empleo rural y que Lucas haría bien en leer.2

Finalmente, si algunas tareas industriales están cada vez más descalificadas es por la lógica del desarrollo capitalista en la industria que fragmenta las tareas manuales (estadio manufacturero) para luego mecanizarlas (gran industria), descalificando la fuerza de trabajo en este proceso. Nótese que la cita que acríticamente Poy reproduce dice exactamente lo contrario: que en la Argentina había baja calificación y bajo desarrollo técnico (y todo ello por culpa del agro). Ahora, si hubiera poco desarrollo técnico, probablemente las calificaciones obreras serían más importantes, porque tendríamos un trabajo más artesanal. La cita que Poy transcribe aprobatoriamente es contradictoria y expresa el mito burgués según el cual a medida que el capitalismo se desarrolla y tecnifica ofrece a los obreros un trabajo más calificado (y no descalificación, rutina, alienación). Por el contrario, a lo largo de una serie de investigaciones, distintos compañeros de RyR hemos mostrado que también en la Argentina, a medida que las tareas se mecanizan, el trabajo obrero se descalifica.

Los argumentos del enemigo

Poy da por cierto que el proletariado rural, al igual que los trabajadores de actividades procesadoras de carne situadas fuera de la ciudad, no tuvo un papel importante en los orígenes del movimiento obrero y se lanza a especular sobre los motivos (p.18). Proclama la ausencia de formas de protesta que no ha buscado, reproduciendo el mito burgués de una pax pampeana, un agro libre de conflictos de clase. Hace tiempo que Sartelli ha demostrado que la ausencia de huelgas conocidas en el agro durante el siglo XX se había debido solo a la ausencia de investigaciones sobre el tema.3 Un nuevo estudio de RyR sobre los conflictos en los saladeros de Entre Ríos durante el siglo XIX muestra cuán errado está Poy. Para encontrar huelgas agrarias, solo hay que buscarlas.4

Otra debilidad del texto es su mirada sobre la crisis de 1890. Al igual que hoy Cristina, cree que la crisis financiera es una amenaza allende las fronteras nacionales y se trata solo de blindarse para impedir su ingreso. Poy parece creer que la crisis de 1890 es meramente financiera. Se refiere reiteradamente a ella como “crisis bursátil”, “colapso financiero”, “devaluación” (p. 43, pp. 47-48, p.110, p. 153). Hace tiempo que Ricardo Ortiz, explicó el carácter productivo de la crisis y mostró cómo está asociada a un proceso de concentración y centralización de capitales.5 La producción de RyR ha profundizado esa línea de interpretación y ha mostrado el desarrollo de la crisis en distintos sectores. La Argentina no está afuera de la economía capitalista, sino que forma parte de ella. De tal modo, la crisis se gesta en su interior al igual que en otros países. Las fuertes inversiones de las décadas de 1870 y 1880 también aquí impulsan una caída de la tasa de ganancia. Precisamente, porque la crisis no se importa de afuera, sus síntomas y consecuencias son visibles mucho antes de la devaluación. En ese sentido, las huelgas de finales de la década del ’80 son un síntoma de que la crisis capitalista se estaba gestando en la economía argentina y que ésta excedía un carácter exclusivamente financiero.

La socialdemocracia niega la existencia de la clase obrera argentina a fines de siglo XIX afirmando la presencia de un mosaico de situaciones diferentes a las del obrero asalariado, entre ellas formas de trabajo autónomo, cuasi artesanal. Generalmente equiparan trabajadores a domicilio con artesanos independientes. Hemos cuestionado esta idea, mostrando el proceso de proletarización que vivieron los trabajadores a domicilio, analizando la forma en que se les encargaba el trabajo o si eran o no dueños de los medios de producción.6 Poy desconoce estos aportes y prefiere reproducir acríticamente las estimaciones de la socialdemocracia planteando que en la década de 1880 un tercio de trabajadores eran autónomos, aunque crecientemente subordinados a las grandes fábricas (p. 15). Como hemos demostrado en nuestros estudios, ese eufemístico proceso de “subordinación” es en realidad un proceso de proletarización.

La definición de trabajador en relación de dependencia y autónomo ha sido siempre un terreno de disputa política. En la negociación del convenio laboral firmado por los gráficos en 1906, por ejemplo, los industriales proponían considerar a los destajistas como trabajadores “por su cuenta”.7Poy soslaya esta discusión política y reproduce acríticamente las afirmaciones socialdemócratas. ¿De qué sirve reivindicar las luchas de los trabajadores tercerizados de hoy, en los agradecimientos de un libro, si en el mismo se invisibiliza a los tercerizados del pasado? Con los criterios que Poy reproduce probablemente debiéramos considerar a los tercerizados del Roca como trabajadores autónomos crecientemente subordinados a las empresas ferroviarias.

Las huelgas, unidad y fractura de la clase obrera

Poy sobreestima el alcance de las huelgas que analiza. Es difícil hablar de una virtual huelga general en 1896 (p.312), cuando la medida no alcanza una acogida unánime dentro del sector que la originó, a saber los ferroviarios. La huelga que se inicia en talleres metalúrgicos del ferrocarril se expande al conjunto del sector metalúrgico, no así al propio sector ferroviario. Es decir, la huelga no llega adquirir el carácter de huelga por rama en la actividad que le da origen. Los trenes siguen circulando. Poy plantea que el caso de La Fraternidad, que nucleaba a foguistas y maquinistas, es decir, un gremio de trabajadores calificados que se niega a adherirse al paro y que no establece firmes lazos de solidaridad con otros sectores, marcaría la excepción y no la regla (p. 312). En el conjunto, para Poy las diferencias de calificación no incidirían en el desarrollo del movimiento obrero.

Es cierto que no hay gremios de oficio corporativo del tipo heredado de sociedades precapitalistas, y es posible que, por el momento de emergencia de la industria argentina que rápidamente pasa al estadio de manufactura y luego a la gran industria, las diferencias de calificaciones tengan menos peso del que tuvieron en otros países. Sin embargo la visión que presenta Poy se muestra en algún punto idealizada (se sobreestima la unidad alcanzada) y superficial.

Es falso que no existan esas diferencias. Es Poy quien resulta incapaz de verlas. Por ejemplo, dedica un acápite a la “gran huelga de zapateros” (p. 91-94). Poy parece considerarla una huelga general de la rama. Al describirla refiere a la participación de “trabajadores zapateros”, pero nunca precisa de qué sector de los trabajadores se trata. Sin embargo, las fuentes refieren a ella como la huelga de “los oficiales zapateros”. Es decir, de solo una fracción, la más calificada del gremio. Puede ser que en algún establecimiento la participación haya excedido ese núcleo, pero no parece ser ésa la norma. Incluso cuando la Fábrica Nacional del Calzado, la más importante del sector, finalmente se paraliza, La Prensa consigna, que los “oficiales zapateros” de esa firma se adhirieron a la huelga.8 La única mención a un grupo que excede los oficiales zapateros aparece cuando se informa que se editará un periódico destinado a oficiales zapateros, cortadores, etc.9 Pero no hay mención de que los cortadores participen de la huelga, mucho menos aparadores o aparadoras. La huelga aparece como un movimiento eminentemente masculino. Una fuente habla de que a ella adhieren 3000 oficiales zapateros, lo que de por si descarta la participación de las numerosas mujeres que se desempeñaban en la rama (en 1872 ya se habla de 4000 aparadoras en el país).10 Incluso, más tarde, durante la primera década de siglo XX predominarán las huelgas de un sector de la rama “oficiales zapateros”, “cortadores”, “maquinistas” frente a las del conjunto del gremio.

Siguiendo una moda académica, Poy defiende una visión thompsoniana de la clase obrera, según la cual la clase obrera solo existe una vez que se ha construido a si misma a través de las luchas. Por eso, Poy quiere ver de qué manera en las luchas se unifica la clase obrera, asumiendo que si este proceso no se diera no se habría conformado aún la clase obrera (lo cual es errado). Pero Poy observa el proceso desde arriba, a partir de ciertos eventos políticos que lo llevan a sobreestimar esa unidad de acción. De alguna manera, toma un atajo politicista a conclusiones thompsonianas.

El momento de la huelga es cuando la clase tiende a actuar más unificada, pero por debajo de esa acción política subsisten aun importantes fracturas que Poy no ve. Es más, esas fracturas inciden en el curso y la forma de las luchas que él mismo estudia, hecho que él soslaya (huelga de Oficialeszapateros) o minimiza (huelga grande de1896 y rol de los ferroviarios). Incluso, durante las primeras décadas del siglo veinte, veremos fracturas de género, étnicas, etarias y de calificaciones al interior del colectivo obrero. Esto generalmente se manifiesta en el carácter parcial que asumen muchos conflictos, pero también llega a casos más graves donde un sector se opone a la movilización de otro.11

En modo alguno esto quiere decir que no exista la clase obrera. Eso implicaría negar que existe un conjunto de personas explotado por el capital. La clase ya existe como clase en sí, como clase para el capital y se está dando sus primeros pasos en el proceso de constitución en clase para sí, al desarrollar sus primeras formas de conciencia. De hecho, en muchos aspectos el proceso de formación de la clase obrera argentina ha avanzado más de lo que Poy cree. Esto se manifiesta cuando se contempla el carácter obrero de muchos sectores que la historiografía socialdemócrata gusta considerar “autónomos” y cuando examinamos el proceso de conformación de clases sociales en el agro, así como las más tempranas manifestaciones de lucha del proletariado rural (cuya supuesta ausencia es motivo de especulación por parte de Poy). El impulso que da la crisis del ‘90 a este proceso es más radical que el que Poy supone (simple caída salarial posterior al quiebre bursátil y limitaciones de posibilidades de ascenso), pues implica también un proceso de proletarización de sectores de pequeña burguesía. De hecho, parte de la caída salarial contra la que luchan obreros se debe a cierto desempleo, producto de la afluencia de brazos por el cierre de pequeños talleres.

Un paso adelante, dos para atrás

La ciencia es una construcción colectiva. Poy realiza aportes a su desarrollo, pero al mismo tiempo retrocede en otros campos. Por una parte, presenta nueva información y describe sistemáticamente un ciclo de huelgas no analizado previamente como tal, esto es indudablemente una contribución al conocimiento (al igual que el estudio de otros aspectos políticos no abordados en esta nota). Sin embargo, por otra parte, Poy retrocede en varios frentes. Su análisis introduce varios equívocos, en gran medida asociados con su constante cita y reproducción de las tesis de la historiografía socialdemócrata y a la omisión de la bibliografía que RyR y otros autores produjeron para discutir esas ideas burguesas. Estos errores contrabandeados por su pleitesía a la academia, los podemos enumerar: 1. La negación de conflictividad obrera rural 2. La sobreestimación del peso de los trabajadores “autónomos” 3. La falsa asociación entre avances técnicos y trabajo más calificado 4. La concepción de la crisis del 90, como una mera crisis financiera. Otras fallas interpretativas pueden explicarse por una confluencia de este chupamedismo agudo con las debilidades del PO. Tal el caso de la errónea atribución de varios males del mercado de trabajo a peculiaridades de un capitalismo dependiente y no simplemente como rasgos del capitalismo.

Finalmente, la ciencia no puede avanzar sin un debate honesto. Ocultar las diferencias con quien no conviene pelearse es una actitud pusilánime que solo aporta a la confusión, al igual que el silenciamiento de los aportes de otros compañeros. Por ello, más allá de equivocaciones puntuales, el principal déficit del libro quizás sea privilegiar la diplomacia de los claustros por sobre la creación de conocimiento. Esta reproducción del modus operandi académico muestra los límites de la política intelectual del PO. Una cosa es ocupar un empleo en el sistema universitario o en los organismos científicos y otra muy diferente claudicar frente a la academia. El proceder de Poy muestra a las claras cuál es la única organización de izquierda comprometida con la producción de conocimiento científico. Censurada por derecha y por izquierda, RyR es la corriente maldita de la historiografía argentina, a quien por pacatería o mezquindad no osan reconocer ni discutir abiertamente.

Notas

1 Razón y Revolución, n. 2, 1996. http://goo.gl/07tyYC

2 Eduardo Sartelli: “Ríos de oro y gigantes de acero. Tecnología y clases sociales en la región pampeana”, en Razón y Revolución n. 3, invierno de 1997, http://goo.gl/NO1NFe

3 Ver capítulos de Sartelli en: Waldo Ansaldi (comp.): Conflictos obreros rurales pampeanos, 1900-1937, CEAL, 1993 y Sartelli, Eduardo, La sal de la tierra, tesis doctoral, FFyL, 2009.

4 Rodolfo Leyes: “La primera de todas. El descubrimiento de huelgas obreras en los saladeros entrerrianos”. El Aromo, n° 75, 12/2013, http://goo.gl/IXcJNB

5 Ortiz, R.: Historia económica de la Argentina, Plus ultra, Bs. As, 1987.

6 Kabat, Marina: Del taller a la fábrica. Proceso de trabajo, industria y clase obrera en la rama del calzado 1880-1940. Bs. aires, Ediciones RyR, 2005. M. Kabat y E. Sartelli: “¿Clase obrera o sectores populares? aportes teóricos y empíricos para una discusión necesaria”, Anuario CEICS, 2008. http://goo.gl/5DdZRR

7 Hobart Spalding. La clase trabajadora argentina. Documentos para su historia, Galerna, Buenos Aires, 1970, pp. 379-385.

8 La prensa, 11/11/92.

9 La Prensa, 16/11/92.

10 La cifra del número de huelguistas fue tomado de Dimas Helguera (citado en Kabat, op. cit. p. 184) el de aparadoras del “Informe del movimiento industrial de la Argentina entre 1874 y 1888”, citado en Kabat, op. cit., p.51. Sobre las huelgas de la primera década del S.XX, ídem, p. 185-188.

11 Además de en nuestro libro ya citado desarrollamos este problema en “Las mujeres en la industria argentina del calzado (1870-1940)” en M. Lagos, M. S. Fleitas y M. T. Bovi (comp.): A cien años del Informe de Bialet Massé. El trabajo en la Argentina del siglo XX y albores del XXI, UNIHR- UNJU, v. 2, 2007. Ver también Harari, Ianina: “Cuando estábamos divididos. Fragmentación y conflictos obreros en los orígenes de la industria del carruaje”, El Aromo, septiembre de 2005. http://goo.gl/s53VSE

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