¿A quién defiende el PCR? – Fernando Dachevsky

¿A quién defiende el PCR? Clase obrera, burguesía y retenciones agrarias

 

Fernando Dachevsky

Grupo de investigación de la Historia Económica Argentina – CEICS

Con el objetivo de apuntalar el superávit del 2008, el gobierno cierra el año aumentando las retenciones a las exportaciones. Las razones que lo llevaron a implementar estos aumentos son explicadas con mayor detalle en este número de El Aromo. Veremos aquí la crítica que el PCR hace de estas medidas.

La aplicación de este mecanismo no es una novedad de este gobierno en particular. La historia económica argentina es, en gran parte, la historia de las disputas por la apropiación de la renta agraria. Las retenciones implican una transferencia de renta de la tierra hacia el Estado. Ya sea la necesidad de su apropiación, como los consecuentes enfrentamientos con el agro, fueron elementos constantes en prácticamente todos los gobiernos argentinos. En ediciones anteriores de El Aromo, hemos mostrado cómo la Sociedad Rural Argentina llegó a calificar de marxista a la política económica de Onganía luego de que Krieger Vasena aplicase medidas de retención similares.1

El hecho de que las corporaciones agrarias critiquen los impuestos al agro no resulta novedoso ni llamativo. No obstante, que una organización que busca representar los intereses de la clase obrera, el Partido Comunista Revolucionario (PCR), se sienta afectado por las retenciones, resulta preocupante y merece una atención detallada. Veamos entonces qué defiende en este caso el maoísmo criollo.

La leyenda del labrador

En el semanario Hoy, Eugenio Gastiazoro expuso la postura del PCR acerca del nuevo esquema de retenciones.2

Allí sintetiza la visión del maoísmo argentino sobre la producción industrial en general y sobre el agro en particular. Gastiazoro empieza por denunciar lo que denomina el “afán antiindustrial” de las retenciones y sostiene: “Los aumentos afectaron más a los aceites y no discriminan si éstos se embarcan a granel o si se comercializan en envases de 5 litros. Así se favorece la exportación del grano sin procesar.”3

En este punto Gastiazoro acierta en un punto importante de la economía argentina. Efectivamente, las mercancías que no están directamente vinculadas a la producción agraria no le permitieron a la burguesía nacional ganar posiciones en el mercado mundial. Más aún, tampoco cumplieron con el anhelo liberal de sumar valor agregado a partir de las ventajas comparativas. Nuestra burguesía ni siquiera intenta envasar la soja que exporta. Sin embargo, el PCR equivoca la causa del problema y su solución. Para esta corriente, la causa que deriva en el escenario antes descrito son las retenciones. La solución, más estímulos económicos. En concreto: tasas de retención diferenciales. Vale aclarar que las retenciones no constituyen una medida expropiatoria. No se avanza sobre la propiedad privada ni sobre la ganancia capitalista. Tampoco comprometen la acumulación de capital. Las retenciones fueron históricamente, una forma de apropiación de una parte de la renta diferencial, que surge de la mayor productividad del agro argentino. Superficialmente, esta apropiación se habría potenciado luego de la devaluación del 2002. Decimos “superficialmente”, porque habría que evaluar en qué medida la devaluación no “devuelve” al agro lo que le quita por retenciones. La renta diferencial es, por lo tanto, objeto de disputa y aparece con la comercialización del grano o como ingreso extraordinario al vender el grano procesado en el mercado internacional. Ahora bien, Gastiazoro no sólo no advierte el carácter limitado que tienen las retenciones, sino que pide una mayor libertad de apropiación privada de la renta diferencial contenida en el aceite. Esto ya nos da la pauta de que lejos de intervenir con una posición que represente los intereses de la clase obrera, se suma a la discusión como vocero dentro de las fracciones de la burguesía que se disputan la distribución de la renta de la tierra. Luego de remarcar la necesidad de un esquema impositivo que aliente la industria nacional, señala lo que considera el principal problema de las retenciones: “Las retenciones aplicadas por igual a todo el campo, sin diferenciar entre los latifundistas y los pequeños y medianos productores, golpean con más fuerza a éstos que tienen costos muy superiores. Por ejemplo, un latifundista que compra semilla y químicos en grandes cantidades, puede ‘ahorrarse’ hasta un 20% de su precio”.4

Luego afirma que el nuevo esquema de retenciones: “no cambia el problema de fondo, que es el avance del latifundio en el campo y del monocultivo granario”.5 Según Gastiazoro, el problema se reduce a la existencia de grandes propiedades agrícolas que estarían frenando el avance del campo. Por esto último, sostiene que: “no se les puede llamar grandes productores sino que hay que llamarlos como son: grandes terratenientes y pools, grandes latifundistas”.6 Gastiazoro parte de reconocer dos lógicas distintas y opuestas en el agro: la del terrateniente latifundista y la del pequeño productor. Mientras el primero constituiría una rémora precapitalista (o algo parecido) apoyada en la especulación ligada a la apropiación de la renta, el segundo encarnaría las posibilidades de expansión capitalista. Sin embargo, esta oposición es falsa. La producción capitalista, en todas las ramas, requiere de la propiedad privada de los medios de producción. En ramas como la agraria (o la petrolera), esto supone el control sobre un lugar de trabajo específico cuyas cualidades no son reproductibles. Es decir, sobre la tierra. La producción capitalista en el agro genera, entonces, dos personificaciones dentro de la clase de apropiadores de plusvalía: el que monopoliza la tierra y el que pone el capital. En toda producción agraria capitalista estas dos personificaciones aparecen necesariamente para garantizar la apropiación privada del producto; aunque puedan estar encarnadas en una sola persona. En este sentido, la relación de arrendamiento, lejos de expresar una relación entre clases antagónicas, formaliza la unión entre el capital y la tierra. En este sentido, la existencia de grandes propiedades, lejos de ser un resabio de modos de producción anteriores, es resultado de la acumulación de capital en el agro. Es decir, es resultado de la lógica de concentración y centralización propia del capital, en donde el pequeño productor tiende a ser absorbido por otro más grande. Es que, como bien reconoce Gastiazoro con el ejemplo de las semillas, un pequeño productor trabaja con costos más altos que derivan exclusivamente del tamaño de su propiedad. Gastiazoro (y el PCR) no sólo defienden el capitalismo agrario, sino el más atrasado de todos.

La renta ¿de quién?

La relación entre terratenientes y capitalistas es una relación plenamente capitalista que garantiza el mantenimiento de la explotación de la fuerza de trabajo por el capital. Entonces, ¿por qué la clase obrera debiera encolumnarse detrás de los pequeños capitales? ¿Qué hace que un pequeño capital sea más progresivo que uno más grande? Según Gastiazoro, porque a los grandes “…no les preocupa el despoblamiento del campo ni que haya una producción diversificada para garantizar una buena alimentación del pueblo. Sólo quieren que haya más granos para exportar, sin importarles que desaparezcan las otras producciones.” Lo primero que puede decirse de una afirmación como ésta, es que al pequeño capital agrario tampoco le interesa la alimentación del pueblo.

Suponer que un productor de lechuga, produce porque le preocupa la alimentación del pueblo, es tan ingenuo como suponer que Shell produce nafta porque le interesa que el pueblo pueda salir a pasear el domingo en auto.7 Aquí Gastiazoro se está dejando llevar por la imagen que construyen las capas inferiores de la burguesía agraria de sí misma, en momentos de disputa por la renta. En su lucha contra otras fracciones burguesas, una fracción determinada es capaz de establecer lazos de solidaridad para enfrentar la competencia capitalista. Crea corporaciones, promueve la acción política conjunta y construye una ideología para legitimarse. Puede, incluso, presentar su lucha como afín a los intereses de la clase obrera para enfrentar a un supuesto enemigo común, llámese imperialismo o capital financiero. O, en el caso que nos ocupa, como una batalla de los que trabajan la tierra contra los grandes terratenientes. Sin embargo, existe una frontera de clase que separa a la clase obrera de la burguesía agraria y los terratenientes. Una vive de vender su fuerza de trabajo, mientras que los otros viven de su explotación. De hecho, si tomamos como referencia a los pequeños y medianos productores del sur santafesino, que participaron en la movilización rural promovida por el PCR8, podemos ver que no estamos hablando de pobres campesinos que viven de su trabajo. Por el contrario, son capitales exponentes de la burguesía nacional que se vio beneficiada por el boom sojero. Una hectárea en el sur de Santa Fe puede valer entre 5.000 y 14.000 dólares, dependiendo de si es para producción mixta o 100% agrícola.9

Esto significa, por ejemplo, que con una pequeña propiedad de 40 hectáreas, los pobres chacareros por los cuales la clase obrera debiera compadecerse, manejan capitales que pueden oscilar entre los 500 mil y el millón y medio de pesos. Cifra que no comprende el valor de los tractores y cosechadoras que protagonizaron la jornada de lucha anunciada…

Pequeño, pero burgués al fin

La burguesía agraria tiene intereses antagónicos a los de la clase obrera. Un claro ejemplo de esto lo constituye la devaluación del 2002. Promovida por la burguesía nacional, implicó una enorme transferencia de recursos hacia el capital nacional (incluido el agrario), a la vez que significó una confiscación para el salario de la clase obrera.

La apropiación de una pequeña porción de los ingresos de la burguesía agraria y los terratenientes, fue uno de los pilares que sostuvo el superávit fiscal durante los últimos cuatro años. Le permitió a Kirchner garantizar cierto régimen bonapartista, con mecanismos tendientes a evitar que la inflación estalle por completo (por ejemplo, con los subsidios a las empresas de servicios). La renta de la tierra constituye una porción de riqueza disputable sobre la cual debe avanzar la clase obrera. Lo que debería discutirse es el carácter de la propiedad de la tierra y las relaciones de producción. Esto es lo que el PCR se niega a discutir, colocándose, a la derecha de Kirchner, en el terreno burgués.10

 

Notas

1 Dachevsky, Fernando: “El marxismo de Onganía. Los enfrentamientos gobierno-Sociedad Rural Argentina, 1966-2006”, en El Aromo, nº 32. Octubre de 2007.

2 Gastiazoro, Eugenio: “El aumento de las retenciones. Un afán impositivo antiindustrial y antichacarero”, en

Hoy, nº 1192, noviembre de 2007.

3 Idem.

4 Ibidem.

5 Ibidem

6 Ibidem.

7 El caso más extremo de este antagonismo entre los pequeños y medianos productores y la clase obrera,

que da por tierra con las ilusiones campesinistas de Gastiazoro, es la actitud de los kulaks y otras fracciones menores en la URSS de los ’20, que llegaron a destruir todo y matar sus vacas antes de que fueran apropiadas por el Estado soviético.

8 “Contundente rechazo de los productores a la suba de retenciones”, en http://www.pcr.org.ar.

9 http://www.sisfox.com.ar/campos-en-venta/camposen-Santa-Fe.htm

10 Sobre el problema tratado aquí, recomendamos leer Sartelli, Eduardo: Entre la esencia y la apariencia: ¿Qué

es un chacarero? Artículo presentado en XVI Jornadas de Historia Económica, Quilmes, setiembre de 1998.

Disponible en www.ceics.org.ar

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