A la deriva. La situación de la clase obrera ocupada – Por Julia Egan

1Pasaron más de 120 días desde la asunción de Macri y los sindicatos siguen sin asomar la cabeza, más allá de alguna medida aislada de cualquier plan de lucha. A derecha e izquierda, las direcciones sindicales brillan por su ausencia. Mientras la burocracia ya acordó con Macri hace rato, la izquierda repite la tara que viene frenando su protagonismo y se divide en las disputas faccionales.

Por Julia Egan (TES-CEICS)

Desde la asunción de Macri, todo el arco de la burocracia sindical se alineó bajo el argumento de la “gobernabilidad”: habría que dejar pasar un tiempo prudencial para que el nuevo presidente mostrara los resultados de las medidas económicas. Aun cuando ya corrían 20 mil despidos estatales y otras decenas de miles del sector privado, Moyano se jactaba de que nunca había realizado un paro en los primeros 50 días de ningún gobierno. ATE, por su parte, tardó casi tres meses en llamar a un paro nacional de estatales, principal rama afectada por el ajuste, mientras que a la CTA le tomó un mes más evaluar la gravedad de la situación.

Pasaron más de 120 días desde la asunción de Macri y los sindicatos siguen sin asomar la cabeza, más allá de alguna medida aislada de cualquier plan de lucha. En esta nota, evaluaremos la situación actual de clase obrera ocupada en relación con los reclamos salariales, los despidos y las acciones para enfrentar el ataque del macrismo. Veremos que, a derecha e izquierda, las direcciones sindicales brillan por su ausencia. Mientras la burocracia ya acordó con Macri hace rato (con la entrega de los fondos de las obras sociales y aun después del desplante de Ganancias), la izquierda repite la tara que viene frenando su protagonismo y se divide en las disputas faccionales. En el medio, los trabajadores quedan cada vez más expuestos a una derrota que indudablemente dejará sus heridas.

Paseando tranquilamente detrás de la tortuga

Algunos sectores de la burocracia se empeñaron en generar expectativas respecto de los reclamos salariales. Mientras que Moyano anunciaba abiertamente su acuerdo con Macri, adelantando que su piso iba a ser del 28%, Barrionuevo se jugó con pedidos del 50%, Yasky del 40% y otros como Martínez (Construcción) y Schmidt (Transporte) vacilaban en un 30%. Sin embargo, la acuciante situación económica a la que son sometidos los trabajadores que hace años vienen perdiendo el poder adquisitivo del salario real, empujó al pedido de bonos de fin de año (ATE Buenos Aires, CICOP, AJB, APL, UOM, curtidores), sumas extraordinarias (comercio) o directamente sumas en concepto de adelanto de paritarias (bancarios, supervisores metalmecánicos), para apaciguar la situación.

Hasta el momento, se cerraron 23 acuerdos paritarios. De ellos, nueve son semestrales e incluyen a los gremios de estatales de Buenos Aires (UPCN y FEGEPPBA), Asociación Obrera Minera Argentina (AOMA), comercio (FAECYS), mecánicos (SMATA), judiciales (UEJN), Federación de la Carne, estaciones de servicio (FOESGRA), construcción (UOCRA) y los gráficos de Buenos Aires (Federación Gráfica Bonaerense). Mientras el aumento promedio de los acuerdos anuales alcanza el 32%, el de los semestrales es del 20,4%. Para estos últimos las situaciones son diversas: los estatales bonaerenses lograron apenas un 15% hasta julio, los playeros un 17% hasta septiembre, mecánicos 19%, trabajadores de frigoríficos 20%, judiciales 21%, todos en dos cuotas; por su parte, los gráficos un 25% en tres cuotas más una suma extraordinaria no remunerativa de $2.000 y los empleados de comercio un 23% más una suma no remunerativa igual, ambos en dos cuotas. En el caso de los mineros, recibieron un 22% entre febrero y julio, sin embargo su implementación varía según cada empresa. Este acuerdo constituye una estafa puesto que implica que si una empresa otorgó un aumento con vencimiento en el mes de marzo, el acuerdo paritario de este año se aplicará recién durante abril, sin retroactividad para los dos meses anteriores. Una tercera modalidad fue la de los docentes neuquinos, que arreglaron un 22% por cuatro meses. El problema que presentan estos acuerdos es que, una vez cumplido el plazo, los sindicatos deben demostrar el suficiente poder de imposición para lograr la reapertura de las paritarias y además un aumento acorde a las  necesidades del momento.

Un caso aparte lo constituyen aquellos gremios que habían firmado por más de un año, ya que respetaron el 27,8% anual impuesto por Cristina y se libraron a la suerte del proceso inflacionario de los últimos meses. La UTA heredó del año pasado un acuerdo vergonzoso, cuando firmaron aumentos a 18 meses y su última cuota implica hacer frente al aumento del costo de vida con tan solo 10,6% por seis meses. Algo similar sucedió con ferroviarios, que había acordado a 16 meses y la última cuota cuatrimestral implicó un aumento del 13,8%.

Si bien los acuerdos anualizados parecieran ser una mejor opción, tienen dos problemas. En primer lugar, el promedio de aumentos está inflado por la influencia de acuerdos docentes que superan el 30%. Y de aquí surge el segundo problema, que es que muchos de los sindicatos docentes provinciales presentan estos arreglos sin advertir que una parte de ellos corresponde a fondos nacionales como el Incentivo Docente (FONID), que son sumas no remunerativas, es decir, en negro. Por ejemplo, en el caso de los maestros santafesinos el acuerdo anunciado es del 35%, pero el aumento real al básico es del 27%, para los cordobeses el total es de 32,7% pero el real también del 27%, y para los bonaerenses, 34,6%, con un aumento real del 25%. Los sindicatos docentes no solo no lograron imponerse al techo impuesto por el macrismo sino que además reforzaron la estructura salarial que hace tiempo viene dañando el bolsillo de este sector.[1]

Esto debe sentar un precedente para las provincias que aún no cerraron sus acuerdos. Otros casos por encima del 30% son la administración pública de San Luis (40%), trabajadores de la salud de Tucumán (38%), estatales de Formosa (35%), panaderos (34%), municipales de Santa Fe (33%) y seguros (32%). Aun con estas cifras, no logran superar la inflación interanual que según diferentes estudios privados promedia el 35%; ni hablar de recuperar lo perdido tras la devaluación del 40%.

Haciendo la plancha

Como vimos, hasta los “mejores” acuerdos logrados resultan insuficientes. Aun así, los gremios que alcanzaron arreglos más beneficiosos son los que realizaron alguna medida de acción directa. Tal es el caso de los trabajadores de la salud de Tucumán, que atravesaron un mes con dos paros y asambleas hospitalarias, tras rechazar el ofrecimiento gubernamental de un 30%. También los docentes de Santa Fe que, con las deficiencias mencionadas, lograron superar en un punto la paritaria nacional, tras una movilización y un paro que impidió el inicio de clases. En la misma provincia, los trabajadores municipales realizaron dos paros provinciales de 48 horas y así pasaron del 28% ofrecido por el gobierno a un 33% de aumento.

Sin embargo, los logros se limitan a este panorama. Desde el primer paro de ATE a fines de febrero, se realizaron 148 acciones que involucraron paros (48%), marchas (18%), piquetes (18%), concentraciones (10%), jornadas de lucha, retención de tareas y acampes (9%). La mayoría de las acciones fueron realizadas por trabajadores estatales (71%), al igual que los paros (76%). De los reclamos vertidos en las medidas, el 48% estuvo relacionado con el pedido de aumento salarial o de apertura de paritarias, el 30% fue contra los despidos y el 22% con condiciones de trabajo. De las demandas de los paros, el 55% se relacionó con paritarias o salarios y el 24% con despidos. Los paros de estatales mostraron un movimiento muy similar, con un 57% de demandas por salarios y un 24% por despidos.

El detalle referente a los reclamos no es un dato menor, sino que nos estaría mostrando una menor preocupación por los despidos, a pesar de su magnitud, desplazándolos hacia el problema salarial. Si a esto le sumamos el bajo desempeño de las negociaciones paritarias y la alta fragmentación de la lucha (no hay paros generales y las medidas son sectoriales y escasas), se podría entender que la regimentación del movimiento obrero a partir de los despidos masivos estaría funcionando. En términos paritarios, lo que estaríamos viendo es una tendencia a seguir la línea impuesta por Macri, ya sea por los porcentajes acordados o por el tiempo de duración de los acuerdos, lo cual es todavía más peligroso, ya que no sabemos cuál será el panorama del mercado de trabajo hacia mediados o fin del año. De aumentar los despidos, aún los sindicatos más poderosos se verán imposibilitados a negociar la reapertura de paritarias o un porcentaje acorde al aumento del costo de vida. Aún falta ver qué pasa con camioneros, gastronómicos y metalúrgicos, que terminarán de dar el tono a la negociación, pero es poco probable que se desvíen del camino delineado.

Ni resistencia, ni aguante, ni lucha

Las direcciones sindicales burócratas parecen haber decidido esperar hasta que aclare. Con el dinero de las obras sociales y del fondo de desempleo, van a dejar que pase la tormenta, conservar sus estructuras y con ello una base que les permita trascender este gobierno. No hay otra explicación que justifique no haber movido un pelo por los casi 68 mil despidos en el sector privado en solo cuatro meses. Entre los estatales, UPCN va en la misma línea, mientras que ATE llama a un paro sin articulación alguna con un plan de lucha general para el sector.

Si esperábamos que los partidos de izquierda constituyeran un lugar de concentración de la lucha sindical, han fallado nuevamente, tal como lo hicieron con la experiencia del FIT. Más allá del pedido en el Congreso de impedir despidos, propuesta que comparten con el moyanismo, continúan con actitudes internistas mezquinas del estilo de no compartir siquiera una lista para elecciones gremiales, como sucedió en gráficos. Hace meses que insistimos con el llamado a un Congreso de trabajadores ocupados y desocupados (incluyendo a obreros cooperativizados, perceptores de planes sociales). Esto no es un capricho. Lo que está en juego es una nueva derrota histórica de la clase obrera. Si el bonapartismo hizo retroceder la conciencia y la organización forjada tras el Argentinazo, es trabajo de los revolucionarios sacar a la clase obrera de la pasividad, dejando de lado sus disputas faccionales y asumiendo con responsabilidad las tareas urgentes del momento.

Notas

[1]Véase Cubilla, Sandra: “Al borde”, en El Aromo n° 89. Disponible en http://goo.gl/a15i7x.

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